Para definir «estado de inocencia», el diccionario de la RAE remite a la Biblia, recordando la condición en que Dios creó a Adán y Eva «en la gracia original». Después de la tentación, estos personajes «se dieron cuenta de que estaban desnudos» y tomaron la medida de cubrirse con hojas de higuera (o de parra, según las versiones). La tentadora serpiente los había seducido con un interesante «se os abrirán los ojos (…) y conoceréis el bien y el mal». El cambio parece estar en haber adquirido «conocimiento».
Dicho muy someramente, «perder la inocencia» vendría a ser un aumento del bagaje cognitivo con información que «complica» la existencia. Empezamos con el desencanto infantil de desacreditar al Ratoncito Pérez y a los Reyes Magos, seguimos con los sinsabores de la adolescencia y la juventud, y ya de adultos nos topamos con desconcertantes sorpresas propias y escándalos ajenos que endurecen nuestra sensibilidad: este colega de trabajo que defrauda al fisco, ese amigo acusado de acoso, aquel político corrupto al que voté una vez… La lista sería larga.
Con hojas de higuera, o de parra, vamos cubriendo estas vergüenzas con la esperanza de que las «medidas» amortigüen el impacto. En algunos casos la cuestión es de dimensiones sociales y entonces sí que se nos complica la existencia, porque haremos cola en los accesos al aeropuerto por culpa del terrorismo, en los controles de alcoholemia para disminuir accidentes de tráfico, o en el ministerio de justicia para pedir un «certificado por delitos de naturaleza sexual», y muchas más.
¿Podemos recuperar la inocencia? Según Elsa Punset, experta en inteligencia emocional, estamos programados para sobrevivir y siempre buscamos medidas defensivas. El justo equilibrio para no morir de aburrimiento está en no sufrir excesivos controles ni permitirse demasiadas emociones. Y como es cuestión de entrenamiento, aprovechemos las vacaciones. Pedir perdón, reanudar relaciones, vivir las «obras de misericordia», en suma, nos devolverá algo de inocencia.
CN