En primavera se recogen los espárragos silvestres y es un dilema determinar qué medida deben tener para poderlo cortar. No hay normas, pero existe el acuerdo tácito de no hacerlo cuando apenas sobresale del suelo. Y nadie habla de centímetros, pero se aplica la regla de «lo suficiente»: para cortar el espárrago tiene que sobresalir lo suficiente.
¿Cuál será la razón de esta norma ética, que podríamos aplicar a las setas, a la pesca, a los pastos y a los bienes comunes? Quizá sea el simple interés personal: dentro de unos días habrán crecido y la recolección será mejor. Ahora bien, nadie me garantiza que no venga otro y se los lleve. O sea que el egoísmo por sí solo no lo justifica.
Si me siento miembro de una comunidad y a ello le doy valor, podré dejar que crezca el espárrago porque quien lo vaya a recoger es alguien que me importa, pues forma parte de un «nosotros» en el cual estoy incluido. Podremos salvar el planeta y muchos bienes comunes que se están deteriorando (el agua potable, la pesca…) si tomamos conciencia de un bien común más grande y concreto que el privado.
Los espárragos crecerán mientras se conserve su hábitat, lo cual exige una actitud menos depredadora por parte del hombre. Que brote un espárrago es una acción colectiva del entorno que lo alberga y la comunidad que lo rodea. Si no dejamos que crezcan los brotes, llegará el día en que ya no queden. El hábitat ya no los generará.
Generar y generosidad son palabras gemelas. La vida requiere generosidad, pero cuando lo único que nos impulsa es el interés personal, entonces se apaga la capacidad de generar por falta de generosidad. Hay que aprender a dejar que los brotes crezcan, educando nuestro instinto depredador a la lógica del interés mayor. Y cuando nos topemos con un buen espárrago maduro, pensemos que alguien lo ha dejado crecer.
CN