Con este adjetivo se podría resumir lo que estamos experimentando durante el largo proceso que empezó tras las últimas elecciones generales. No es banalidad comparar la situación con las apreturas de un corsé, pues «corsé» es también «limitación o constricción impuesta a una forma de actuar».
Las comparaciones son siempre traicioneras; se corre el riesgo de quedarse en el elemento metafórico y olvidar su referente. Pero vamos a intentarlo. La «constricción» en este caso es el reglamento establecido para formar gobierno, que impone un determinado procedimiento. Y así nos va. Han transcurrido más de tres meses desde el 20 de diciembre y seguimos con un gobierno en funciones. No es de extrañar, pues, que muchos se pregunten: ¿No habrá otra forma menos complicada para formar gobierno?
No preocupan tanto esos 130 millones que al parecer nos costarán unas nuevas elecciones, que también, sino el clima de incertidumbre que genera «el momento histórico» (primera vez que un candidato no logra la investidura). Y mientras, durante todo este tiempo asistimos a un espectáculo, a veces vergonzoso, en cuyo guión prima más impedir que alguien gobierne (y el que está en funciones aprovecha la coyuntura) que poner de nuevo en marcha el aparato legislativo.
Volviendo al metafórico corsé, bien se puede aplicar al estado general de la cosa pública en España. El corsé ciñe e incomoda una parte del cuerpo, pero lo sufre el cuerpo entero hasta que la cabeza decida que ha llegado el momento de quitarlo. Algo así le pasa a nuestro «cuerpo social», cuando alguna de sus partes reclama un cambio de traje porque el que tiene se ha quedado pequeño. El sentido común aconsejaría hacerle unos ajustes.
Con un parlamento tan plural y de representatividad numéricamente relevante, quizás como nunca, está claro que las cosas han cambiado. Lo que no ha cambiado es esa rancia rivalidad del «quítate tú que me pongo yo». Y esta es la primera «ballena» del corsé que habría que eliminar.