Pablo Alcolea tiene 36 años y es docente. Fiel usuario de Twitter, nos descubre el valor de las redes como herramienta de comunicación política y analiza cómo solemos interactuar en ellas.
Las redes sociales se han convertido en un pilar esencial de comunicación, algo que partidos y candidatos han tenido que asumir. Si antes Facebook o Twitter eran propias de movimientos sociales, ahora no hay aspirante a un escaño o responsable de un partido que no haga un uso mínimo de alguna de estas plataformas.
En mi caso, Twitter me sirve para expresarme y también para aumentar el flujo de información y de diversidad de opiniones sobre los temas que me interesan, la política entre ellos. Los perfiles de los grupos parlamentarios y de sus representantes me han servido para conocer de primera mano su posición sobre la actualidad y los enlaces a artículos en las versiones digitales de los distintos medios de comunicación han contribuido a la formación de una opinión propia sobre los asuntos que saltan a la palestra.
Internet dejó de ser un espacio de exposición de ideas para convertirse en el lugar donde los ciudadanos pueden contrastar las propias a través del intercambio directo. En política, el valor añadido de estos canales viene dado por un perfil concreto de sus usuarios: jóvenes estudiantes o profesionales que tradicionalmente han engordado el porcentaje de los desinteresados en las encuestas de intención de voto y en quienes las nuevas formaciones han puesto sus principales esfuerzos. Las redes sociales han resultado ser un instrumento beneficioso para la ciudadanía al acercar la opinión de la calle a los oídos de los gobernantes. Se han convertido en una vía directa que compromete y recuerda el compromiso de quien lo firma, democratizando aún más la democracia.
Pero la cordial interacción entre usuarios en determinados hashtags se torna ocasionalmente desagradable; la actitud de algunas personas no es conciliadora ni se presta al diálogo respetuoso, a la dialéctica. No son pocos los casos en los que se tiende al insulto o a las argumentaciones basadas en atacar al contrario, que casi siempre van cargadas de visceralidad y de falta de información. Se observa la falta de asertividad y la ligereza sobre la que se vierten opiniones. Es fácil caer en ello, pero no depende de las propias redes, porque quien es maleducado o malpensado en la vida real, lo será también en internet. Ellas siempre serán lo que nosotros queramos que sean.