Una de las palabras más usadas. No aparecerá en los glosarios de términos frecuentes en las redes sociales, pero abusamos de ella, especialmente en la escena política. Y muchas veces con intención, presuponiendo que, al dialogar, el otro está obligado a entender mis evidentes argumentos, olvidando que en la comunicación intervienen otros elementos. Sin ir muy lejos, ya que mencionamos la escena política, en la sesión inaugural del Congreso vimos gestos, atuendos y modos que a muchos sorprendieron y otros criticaron. Se salían de lo habitual y por eso mismo eran una novedad en el diálogo.
Muchos pensadores se han detenido en analizar las características del diálogo para que sea fructífero, pero seguimos sin entendernos. Simplemente porque no aceptamos ni toleramos los argumentos del otro. Y al decir argumentos entiéndase también actitudes, gestos, maneras, tradiciones, inquietudes... Todo un reto en la era de las migraciones que nos toca vivir.
Chiara Lubich, reconocida «maestra del diálogo», en un contexto interreligioso decía que «el diálogo es imposible para quien no sabe amar». Y amar implica «dejar de lado nuestros pensamientos, afectos y deseos para escuchar al otro». «Es morir espiritualmente para entrar en el otro, entenderlo, servirlo». Y cuando tal actitud se vuelve recíproca, entonces surge el diálogo. Cabe preguntarse si algún día la humanidad cruzará esa meta.
Un hilo de esperanza lo aportan los teólogos cuando trazan en pocas líneas la evolución cultural del cristianismo. Fabio Ciardi afirma que el primer milenio se caracterizó por cierto individualismo en la búsqueda de relación con Dios, de ahí aquel huir «al desierto» para centrarse en «Amarás al Señor, tu Dios». Durante el segundo milenio se puso de relieve el segundo mandamiento, «Amarás al prójimo como a ti mismo», y proliferaron las congregaciones dedicadas a socorrer a los menesterosos. Por último, el tercer milenio parece orientarse hacia la reciprocidad, subrayando el mandato nuevo de Jesús: «Amaos unos a otros como yo os he amado». Hoy, pues, estaríamos en una condición espiritual y cultural que favorece el diálogo.