Desde que los cristianos empezaron a difundirse por todos los rincones de la tierra, la celebración de Navidad fue adquiriendo un carácter solemne. Con ella se rememora nada menos que el final de la separación entre la humanidad y la divinidad, algo así como el final del exilio de la criatura humana. De ahí que la noche del 24 de diciembre, la Nochebuena, sea toda una efusión de alegría.
A san Agustín, en siglo IV, le gustaba considerar la Navidad por su significado de paz: «Tal como creemos, esperamos y deseamos –decía– seremos gloria de Dios en lo más alto de los cielos a condición de que, mientras estamos en la tierra, procuremos la paz con buena voluntad». ¿Acaso no es este deseo de paz la intención que subyace cuando nos decimos «Feliz Navidad»?
Durante todos estos siglos la Iglesia, y luego las distintas Iglesias, aun en medio de persecuciones no ha cejado en su afán de proclamar que la muerte ha sido vencida, que las barreras entre los pueblos han caído y la convivencia puede ordenarse con un criterio de familia, actuando solidariamente. Pero nos cuesta creerlo. Y cuesta, probablemente, porque una avalancha de noticias negativas nos abruman por el egoísmo, mezquindad, bajeza, insolidaridad que reflejan. La «Luz de Belén» no acaba de iluminar el corazón de los hombres.
Pero esa Luz que emana desde el cielo quiere resolver el mal con el fin de que la tierra llegue a ser una morada digna para que Dios conviva con los hombres, el Padre con sus hijos. Y si Jesús está en medio de los hombres, aunque sea en un mísero establo, esto ya es un preludio del cielo.
El sentido de la Navidad ya lo dejó escrito san Pablo en su carta a Tito: «Cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres, él nos salvó... para que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos, en esperanza, de vida eterna».
En Nochebuena revive el deseo de unidad, que ese fue, y no otro, el fin supremo por el que nació Jesús. Vino para que todos fuésemos uno. Tratemos de no olvidarlo.
CN