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Renuncia, conversión, testimonio

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El 28 de febrero a las 20:00 horas Benedicto XVI ha dejado vacante la sede de Pedro.
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El 28 de febrero a las 20:00 horas Benedicto XVI ha dejado vacante la sede de Pedro. A la sorpresa e incredulidad por su renuncia, se sucedieron la gratitud y la admiración por este Papa, así como la conciencia de que algo histórico ha sucedido que marcará la vida de la Iglesia en adelante. «He venido para servir y no para ser servido», se puede decir de la vida de Benedicto XVI, cuya decisión atestigua su gran magnanimidad, desprendimiento y humildad. Esta actitud suya contrasta con el actual escenario político en el que vive España. ¿Cómo es posible que en una sociedad como la actual se dé el grado de corrupción y de ausencia de ética que manifiestan los casos de que vamos teniendo conocimiento en estos meses y que cada día aumentan? A la luz de estos hechos, es legítimo preguntarse: ¿Es posible una política sin corrupción, que sea realmente servicio? No parece exagerado el auspicio que en su día hiciera Igino Giordani, periodista, escritor, padre de familia y miembro del Parlamento italiano: un político debería seguir los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia para no tener otro deseo que el de servir a todos los hombres y mujeres, para servir sólo al bien común. De esta forma, corazón, voluntad y manos estarían limpias de verdad, haciendo que cualquier traza de egoísmo se incinerase en el fuego de la fraternidad. En su homilía del pasado Miércoles de Ceniza, Benedicto XVI decía: «…muchos están dispuestos a "rasgarse las vestiduras" ante escándalos e injusticias –cometidas naturalmente por otros–, pero pocos parecen dispuestos a actuar sobre el propio “corazónâ€, sobre la propia conciencia y sobre las propias intenciones, dejando que el Señor transforme, renueve y convierta». Sí, no tenemos sólo que escandalizarnos sino implicarnos personalmente, dejando que Jesús convierta nuestro corazón. Somos cada uno de nosotros la materia prima para que la regeneración de la vida política se produzca, para que la humanidad llegue de verdad a ser una auténtica familia. A ello dedicó su vida Chiara Lubich, a quien en este número queremos recordar de manera especial en el quinto aniversario de su fallecimiento. El testimonio luminoso que nos legó no deja de asombrarnos y de agrandarse. Chiara recibió un carisma para todo el pueblo cristiano y para toda la humanidad –el carisma de la unidad–, un don que compartió a manos llenas con cuantos la conocieron. Pero no sólo. De ese carisma también ha nacido una familia, la familia de los Focolares, que ha generado la «cultura de la unidad», que ofrece una luz nueva a toda la Iglesia y a toda la humanidad. Chiara, además, nos ha dejado un ejemplo de vida, una vida sumergida en la más alta contemplación y, al mismo tiempo, mezclada con todos, hombre entre los hombres. Esto es lo más fascinante de nuestro tiempo, como de todos los tiempos, lo más divino y lo más humano.



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