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Por el bien común

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No hay que escandalizarse si a veces nos hacemos la pregunta más lógica que se puede hacer uno en estos tiempos de crisis económica pero también moral: «¿Por qué lo hago?».
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No hay que escandalizarse si a veces nos hacemos la pregunta más lógica que se puede hacer uno en estos tiempos de crisis económica pero también moral: «¿Por qué lo hago?». Esta pregunta puede referirse a muchas cosas: ¿Por qué tengo que pagar todos, lo que se dice todos los impuestos? ¿Por qué no puedo “copiar y pegar†mi tesis de licenciatura? ¿Por qué tengo que ceder mi asiento en el autobús? ¿Por qué tengo que tirar los papeles en la papelera? ¿Por qué tengo que respetar el semáforo en rojo cuando no hay coches a la vista? ¿Por qué tengo que perder tiempo en separar la basura? ¿Por qué no puedo aparcar en doble fila (total, vuelvo en un minuto…)? ¿Por qué no puedo llevarme resmas de papel de la oficina? ¿Por qué…? ¡Levante la mano quien no se haya hecho nunca una de las preguntas anteriores! Preguntarse por qué no quiere decir ceder a la tentación. Lo importante es darse la respuesta correcta, y eso depende, ante todo, de las convicciones –cuanto más profundas y arraigadas, más eficaces–. El grado de “civilización†de un pueblo se puede medir también por la capacidad de su gente de responder a ésas y a muchas otras preguntas teniendo en cuenta el bien común (y los bienes comunes). Vale, pero si a nuestro alrededor nadie más respeta el bien común, ¿por qué tengo que hacerlo yo? «Hay que ser hermanos, pero no “primosâ€Â», diría la cultura popular. En la convivencia civil, la reciprocidad es ciertamente importante. Si veo, por ejemplo, que en mi bloque todos mis vecinos separan la basura, eso me anima a separarla yo también. Si por el contrario, nadie lo hace, yo también me siento menos motivado. En las páginas de nuestra revista venimos hablando hace tiempo de un modo más o menos explícito de «reciprocidad incondicional», es decir, la de quien realiza un gesto por el bien común aunque nadie más lo haga. ¿Masoquismo? No. ¡Identidad fuerte! Mi decisión por el bien común no necesita la reciprocidad; me estimula a la acción positiva aunque sea yo el único que la realice. Hoy en día, los que se comportan así son considerados “pequeños héroesâ€, aunque tal vez sean sólo honestos. Muchas veces los gestos de estas personas son contagiosos; nuestras páginas están llenas de estos ejemplos. Sin embargo, la satisfacción plena, la “felicidad social†se alcanza sólo cuando estas conductas son compartidas. La realización plena de nuestra identidad común se produce sólo en ese caso. La crisis actual puede estimularnos a alcanzar este objetivo común empezando nosotros, como pequeños héroes. Tal vez sólo así consigamos salir de la crisis y alcanzar nuestra felicidad personal en el proceso. Es lo que deseamos a cada uno de nuestros lectores en este año que comienza. CN



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