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Esperar, recibir, valorar

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Pesebres de todos los tamaños y formas en numerosos rincones del planeta invitándonos a contemplar una belleza simple y profunda. ¡Cuánto transmite esta imagen! Serenidad, ternura, intimidad…
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Pesebres de todos los tamaños y formas en numerosos rincones del planeta invitándonos a contemplar una belleza simple y profunda. ¡Cuánto transmite esta imagen! Serenidad, ternura, intimidad… Sobre todo emana un intenso sentido de familia. Nos recuerda que lo que somos, con nuestros valores, logros e ilusiones, se lo debemos al entorno de vínculos cercanos que nos construyen y a la vez construimos día a día. Incluso nuestros tropiezos, fracasos y dolores, ¿podríamos haberlos superado sin su acompañamiento? Pero además de contemplarlo, el pesebre invita a “habitarloâ€, a vivir las actitudes que lo conforman y que trascienden las particularidades de cada época y lugar. Señalamos tres capaces de regenerar la familia, y por ende la sociedad. Habitar el pesebre nos predispone a esperar. Esperar el nacimiento del niño no es una espera exenta de dificultades, pero no se frena ante los obstáculos, por la convicción de que vale la pena invertir tiempo en lo que vendrá. Es una espera que dota de significado a la esperanza, porque desafía toda incertidumbre y confía en algo que todavía está en gestación. Erich Fromm nos ilustra al respecto: «Tener esperanza significa (…) estar atento en todo momento a lo que todavía no nace, pero sin llegar a desesperarse si el nacimiento no ocurre en el lapso de nuestra vida. (...) Aquellos cuya esperanza es débil pugnan por la comodidad o por la violencia, mientras que aquellos cuya esperanza es fuerte ven y fomentan todos los signos de la vida y están preparados en todo momento para ayudar al advenimiento de lo que se halla en condiciones de nacer». Esperar, creer en el hijo, en la hermana, en el alumno es el mayor estímulo que podemos brindarles para que desplieguen sus potencialidades. ¿Cuántos de nuestros logros se deben a lo que otros esperaron de nosotros? Habitar el pesebre nos alienta a recibir. No sólo al niño, sino a todos los que van a visitarlo con sus dones, todos diferentes y valiosos. Recibir es apertura de corazón, y en la familia es donde primero se experimenta esta capacidad. Nadie nace si no es recibido. Recibir es una actitud indispensable para superar el individualismo de nuestra sociedad. Implica aceptar diferencias, escuchar razones, y abrirse a cada uno. ¿Quién no se ha sentido extraño alguna vez en su propia familia y no por eso menos recibido? ¿Qué madre o padre no ha sufrido por la insólita decisión de un hijo? Sentirse recibido es la clave para aprender a perdonar y predispone al diálogo, actitud necesaria para resolver los conflictos. Habitar el pesebre nos enseña a valorar. Hay en él muy pocas cosas materiales; su valor está en la vida que llega y en los vínculos que genera. Precisamente el valor de la vida se experimenta por primera vez en la familia. Sentirnos valorados por lo que somos, y no por lo que tenemos o hacemos, es fundamental para poder valorar y querer a otros. ¿Cuántas veces, ocupados en mil cosas, no nos detenemos a valorar ese juego tan divertido de los hijos, esa charla en la mesa, ese trabajo bien hecho? Habitar el pesebre es el primer paso para habitar la humanidad. Nos permite comprender que la familia humana es más que los lazos sanguíneos y que lo que se aprende tiene un efecto transformador en la sociedad. Nos brinda estrategias para llevar el sentido de familia a la oficina, a la escuela y a cada uno de los ambientes que habitamos. A los cristianos la Navidad nos recuerda que Jesús se hizo hombre, que habitó la humanidad asumiendo su condición y que le procuró la categoría de familia al anunciar que somos hijos del mismo Padre, hermanos unos de otros. Es nuestro deseo que esta Navidad habitemos el pesebre, que nos encuentre dispuestos a esperar, recibir y valorar a cada uno que pase a nuestro lado. ¡Y que sea así la más feliz! CN



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