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Actitud positiva ante el mundo

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El próximo 12 de octubre se cumplirán 50 años de la apertura del Concilio Vaticano II.
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El próximo 12 de octubre se cumplirán 50 años de la apertura del Concilio Vaticano II. Iniciado por una inspiración profética de Juan XXIII, en el curso de cuatro sesiones se desarrolló en él una autoconciencia cada vez mayor de la Iglesia, pueblo de Dios y comunidad de hermanos, pero no replegada sobre sí misma, sino integrada en el mundo. ¿Y dónde nos encontramos después de estos 50 años? Un test significativo son las dos iniciativas de Benedicto XVI que tendrán lugar este mes: el sínodo de los obispos sobre «La nueva evangelización para la transmisión de la fe» y la apertura del Año de la Fe, precisamente el 12 de octubre. Estas iniciativas muestran sin lugar a dudas que Benedicto XVI está preocupado por «la profunda crisis de fe que afecta a muchas personas» (La puerta de la fe, 2). Un mal generalizado que atenaza a los países occidentales de antigua tradición cristiana, pero que empieza a atacar también a algunas Iglesias jóvenes. Entonces, ¿el balance del Concilio es negativo, como algunos de sus críticos han defendido siempre invocando la vuelta a las seguridades dogmáticas del pasado y a la oposición al mundo, en manos del enemigo? ¿Estaba equivocado, pues, Juan Pablo II cuando lo definió como la mayor gracia de la que se ha beneficiado la Iglesia en el siglo XX? ¿De dónde le viene entonces su preocupación a Benedicto XVI? El Instrumentum laboris del sínodo de los obispos, es decir, su agenda, fruto de un amplio trabajo de consulta a todos los niveles, expone lúcida y valientemente la situación de la Iglesia ante su misión evangelizadora a partir de la constatación de la «apostasía silenciosa» de muchos fieles, situación que reclama una nueva evangelización. La actitud de fondo de este documento, que analiza los “escenarios� actuales que presentan un reto a la fe, es honesta y positiva: «En este cuadro, la nueva evangelización desea resonar como una llamada, una pregunta hecha por la Iglesia a sí misma, para que recoja sus energías espirituales y se comprometa en este nuevo clima cultural a hacer propuestas concretas, reconociendo también el bien que hay dentro de esos nuevos escenarios» (49). En el fondo, la Iglesia hoy se encuentra ante una compleja serie de elementos que en parte dependen de ella (la debilidad de la fe de los creyentes, la burocratización de las estructuras eclesiales, la pérdida de dinamismo y espíritu misionero...) y en parte son expresión de una sociedad en rápida evolución (secularización, mentalidad hedonista y consumista, relativismo, desigualdades sociales, manipulación científica, etc.). Por eso, es muy estimulante ver que Benedicto XVI reacciona ante estos retos con una actitud de confianza en Dios y en las energías escondidas en el corazón de los cristianos: «también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe» (La puerta de la fe, 7).



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