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Terrorismo y religión son antinómicos

Pascual Ferrara


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El pasado 9 de enero, en su tradicional discurso de comienzos de año a los representantes del cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, Benedicto XVI tocó una serie de temas de gran alcance: crisis financiera internacional, los procesos políticos que han recorrido y sacudido el norte de �frica y Oriente Próximo, los jóvenes, el papel de la instrucción, y la libertad religiosa, amenazada en varias zonas del planeta. En varias partes del mundo se está dando un fenómeno denominado postsecularismo, que consiste en una nueva irrupción de la dimensión religiosa en la vida pública nacional de muchos países, y esto tras un período en que el secularismo había penetrado en todos los campos de la vida civil. Paralelamente, se vuelve a plantear el papel de la religión a nivel internacional y transnacional en la relación entre los pueblos. En este contexto, la libertad religiosa adquiere una gran importancia. Por eso es bueno que el Papa haga hincapié en que ésta es una libertad fundamental. Es más, se trata de un derecho humano en cierto modo previo a otros derechos. Ante los fenómenos que intentan reprimir esta libertad, a menudo nos encontramos con ideologías o gobiernos con determinadas agendas políticas que se apropian de la religión encerrándola en una especie de prisión. El terrorismo y la religión son estructuralmente antinómicos. No se puede siquiera suponer que exista una justificación para el terrorismo basado en motivos religiosos. Por el contrario, todas las grandes religiones aspiran a la fraternidad universal y, por lo tanto, a una familia humana universal. Ante determinados actos de terrorismo es preciso indagar las razones instrumentales, a menudo políticas, que algunas ideologías aducen para dar justificaciones religiosas a actos que no tienen nada de religioso. Es preciso ser conscientes también de que la naturaleza del terrorismo es variada y, aunque nunca es justificable, a menudo es la punta de un iceberg que en muchas sociedades esconde un rechazo de la globalización: algunos se sienten impotentes para resistir la influencia cultural de Occidente y reaccionan de forma violenta. Esto tampoco tiene nada que ver con la religión. La Ilustración alimentó la gran ilusión de eliminar la religión de las relaciones internacionales. Tal vez con razón, pues Europa fue testigo de guerras que aunque obedecían a luchas de poder y se basaban en la nueva soberanía de los Estados, a veces se justificaron con motivos religiosos. Por eso siempre se ha mirado a la religión con recelo en el campo de las relaciones internacionales. Pero las cosas han cambiado. Si tomamos en consideración lo que acontece en el campo de la gobernanza internacional, cuando se habla de bienes públicos globales o cuando se señala que formamos parte de un único ecosistema, nos damos cuenta de que muchas religiones pueden contribuir a incrementar ese sentido de pertenencia común y, por lo tanto, también una conciencia social mundial más fuerte. De hecho, con ocasión de las grandes cumbres como las del G-8 y el G-20, hay líderes religiosos que estudian la agenda y ofrecen también su punto de vista sobre temas de gran importancia para la gobernanza global. Éste es un fenómeno que habría que observar con atención y animar.



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