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20 de octubre de 2011. Un fecha para recordar

�ngel Bartol

«La paz no se escribe con letras de sangre, sino con la inteligencia y el corazón» (Juan Pablo II)*.
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El comunicado de ETA anunciando un «cese definitivo de su actividad armada» nos abre una puerta a la esperanza para una convivencia sin violencia, tan ansiada y perseguida, que tantas víctimas ha causado en estos 43 años de terrorismo. Este «compromiso claro, firme y definitivo» hace suponer que, efectivamente, estamos ante el final de una época marcada por la violencia, el sufrimiento y la desesperanza. Se trata de un comunicado importante, el más importante emitido por ETA en toda su historia, y esperemos que sea el penúltimo, pues el último sería el anuncio de su total disolución, asumiendo que las opciones políticas se defienden con la fuerza de las ideas, de la razón, y también del corazón. En este sentido, una cierta dosis de prudencia siempre es necesaria. Este anuncio, a renglón seguido del emitido tres días antes por los miembros de la llamada Conferencia de Paz de San Sebastián, recoge simétricamente su planteamiento, o también se puede decir que los cinco puntos del comunicado de la Conferencia anticipaban el escenario que ETA ofrecería en su comunicado, como si fuese un prólogo pactado y consensuado. Sabemos que en estos meses se ha llevado a cabo una intensa actividad entre los presos de ETA, plebiscitando la opción del abandono definitivo de las armas y recogiendo un mayoritario apoyo para que esta opción pudiese ser permanente y verificable. Este sentir es prácticamente unánime tanto en la sociedad vasca como en toda la sociedad española. Si hoy se ha llegado a este comunicado, es mérito y responsabilidad de todos los que han trabajado por la paz durante años y los que siguen y seguirán haciéndolo. La paz no es un sueño, es una necesidad; no es algo ajeno y externo, sino que anida en el corazón de cada hombre y mujer, forma parte de su ADN. Pero una paz basada no sólo en la no-violencia, sino en la fraternidad, en ese sentimiento que nos hace vernos todos miembros de una única familia, más allá del color, de la raza, de la religión o creencia, de la cultura o la opción sociopolítica. Me decía hace algunos años un amigo del País Vasco, curtido en mil “batallas� de la política de a pie del pueblo vasco: «Si la fraternidad no es posible en nuestra sociedad, entonces no hay esperanza, porque todo el resto, las demás opciones, ya las hemos probado y hemos fracasado». No todo se resuelve con el anuncio de ETA a un mes de las próximas elecciones generales, pero sí abre un nuevo capítulo de la convivencia entre los distintos pueblos de España. Una convivencia que se debe basar en el respeto a la identidad de cada pueblo, en las legítimas opciones orientadas hacia la búsqueda del bien común. Vivimos sumergidos en una crisis global que a todos afecta y a los más necesitados de forma particular. También la fraternidad es la respuesta a esta crisis que, si no se resuelve de forma satisfactoria, es y será fuente de nuevos conflictos. Hoy celebramos que una nueva puerta a la esperanza se abre con nuevas perspectivas. Aprovechémosla, afianzándola en una paz que se basa en la justicia y se escribe con la inteligencia y el corazón. *Discurso de Juan Pablo II al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (9 de enero de 1995).



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