El ser humano valora la libertad casi por encima de todo, pero de una manera distinta del resto del reino animal. La evolución, según piensa Henri Bergson, ha buscado siempre la conciencia, consiguiendo que esta se diera en diferentes especies, pero la conciencia humana supera el simple “darse cuenta” de lo que ocurre, pasando a entender que hay un sujeto a quien le ocurre. El humano reflexiona acerca de lo que llega a conocer sobre la realidad, por tanto no le basta con ser libre, necesita también comprender la libertad. Mucho han reflexionado los filósofos acerca de este término, pero Jean Paul Sartre ha sido quien la ha equiparado por completo a la responsabilidad. Así, establecerá que la primera medida del existencialismo es hacer al hombre enteramente responsable de lo que es. Ante las posibilidades infinitas, solo una será la elegida, y somos del todo responsables de esta elección.
Ahora sí, la diferencia que existe entre libertad y responsabilidad es que la segunda no puede darse si no se comprende. ¿Cómo definir entonces la responsabilidad? Si seguimos los razonamientos sartrianos, podemos llegar a entenderla como una condena. El ser humano se ve obligado a elegir en cada ocasión, incluso cuando decide no elegir, y arrastra el peso de sus acciones. Sartre, aunque ateo, desearía tener a un Dios con quien compartir la culpa. Pero aquel también ofrece una interpretación más positiva y activa de la responsabilidad, y es justamente la que considero más útil. El filósofo francés nos invita a participar política y socialmente, realizando nuestros ideales en primera persona, encarnándolos, comprometiéndonos. Afirmará que somos nosotros mismos quienes transformamos la sociedad.
El ideal no debe nunca confundirse con la ideología. Mientras esta tiene una connotación habitualmente negativa, aquel debe estar presente en cada ser humano, como una perfección a la que nunca llegamos pero que siempre nos esforzamos por implantar. Yo entiendo el ideal como algo que admiramos por encima de todo, que da sentido a nuestra vida y que tiene un peso en nuestras decisiones individuales, además de en el plano político. Interpreto que cuando Sartre nos invita a encarnarlos nos está incitando a responsabilizarnos de ellos. Quien no se haga cargo de ello no solo traiciona su ideal, y esto creo que es claro. Darle la espalda a las propias convicciones, aquellas que tienen tal peso como para definirnos como personas, es traicionarse a uno mismo.
Llegando al centro de esta reflexión, retomo la pregunta por la responsabilidad, ya que aún queda por señalar la problemática social que la acompaña. Aristóteles, uno de los primeros en teorizar acerca de la justicia política y el bien común, entendió que el hombre era un animal político. El estagirita vivió en un contexto en que el ciudadano venía antes que el individuo, donde los triunfos militares se debían a que el hoplita (guerrero) volvía a casa con su escudo o sobre él. No puede ignorarse que la noción de responsabilidad pierde sentido a medida que se diluye esta concepción de uno mismo como ciudadano y se sustituye el bien común por la justicia individual. No por ello se comete un mal moral, pero sí un descuido del deber político, que tanto Aristóteles como Sartre nos recuerdan que tenemos.
Los proyectos sociales, aquellos que trabajan por los ideales, recaen únicamente sobre las personas que los componen. La pregunta ya no sería si entendemos qué significa la responsabilidad, sino si, en nuestro contexto, somos capaces de ponerla en práctica en toda su radicalidad, con todo su sentido. Sin embargo, y esta es la parte más delicada, si cada persona es enteramente responsable de lo que es, y si elige comprometerse libremente con una causa, es igualmente responsable de la misma, y no puede transferirse esta responsabilidad al grupo esperando que se diluya. No queda ya más que preguntar: ¿entendemos nuestra responsabilidad respecto de nuestros ideales?








