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EN POCAS PALABRAS
Lorena Baudry
Tu yo migrante
PUBLICADO

22 de junio de 2026

Hay una forma silenciosa de quedarse: repetir los mismos caminos, hablar con las mismas palabras, pensar las mismas ideas como si fueran definitivas. Y hay otra forma —más incómoda, más viva— de habitar el mundo: migrar, aunque sea unos centímetros, aunque sea por dentro.

Migrar el yo no significa irse lejos. A veces basta con cruzar la calle que nunca cruzas.

Piensa en algo simple: eliges siempre la misma mesa en el café. Sabes cómo cae la luz, conoces el sonido de fondo, incluso el gesto automático de pedir lo de siempre. Un día te sientas en otra mesa. No ha cambiado nada… y, sin embargo, cambia todo. Ves a la gente desde otro ángulo, escuchas conversaciones que antes no existían, te sientes ligeramente fuera de lugar. Esa pequeña incomodidad es el inicio: tu yo se ha movido.

Migrar es permitirte ese desplazamiento.

También ocurre en las conversaciones. Hablar con alguien distinto —no mejor ni peor, solo distinto— puede desordenarte por dentro. Quizá alguien que no piensa como tú, o alguien que vive de una manera que nunca te habías planteado. En lugar de defender tu posición como si fuera territorio, te quedas un poco más. Escuchas sin preparar la respuesta. De pronto, algo se abre: no has perdido tu identidad, pero ya no es exactamente la misma. Has acampado, aunque sea un rato, en otro paisaje mental.

La curiosidad funciona como una tienda de campaña: no es una casa permanente, pero te permite habitar lo desconocido sin necesidad de poseerlo.

Hay migraciones aún más pequeñas. Cambiar la ruta al trabajo. Entrar en una tienda en la que nunca entrarías. Leer un libro que no «elegirías normalmente». Cocinar algo que no sabes pronunciar bien. Son gestos mínimos, casi invisibles, pero tienen una fuerza particular: rompen la ilusión de que ya lo conoces todo de tu propio mundo.

Y en esa grieta aparece algo importante: te vuelves más permeable.

Migrar el yo, a nivel profundo, es aceptar que no estás terminado. Que lo que eres no es un punto fijo, sino un territorio en movimiento. Y que el espacio común —ese lugar donde te encuentras con otros— no está dado de antemano: se construye cada vez que decides no encerrarte del todo en lo conocido.

No se trata de abandonar lo que eres, sino de no convertirlo en una frontera.

Quizá la invitación no es «cambiar de vida», sino algo más sencillo y más radical: desplazarte un poco, lo suficiente para que la curiosidad pueda acampar.

Porque cuando lo haces, aunque sea por una noche, ya no vuelves exactamente al mismo lugar.

Revista
Este artículo sale publicado en el número 10 de la revista LAR, puedes suscribirte y recibirlo en tu casa y ver el pdf
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Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura