«Todo tiene su tiempo: Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; … tiempo de amar, y tiempo de odiar; tiempo de guerra, y tiempo de paz»[i]. Esas frases escritas hace 2300 años que leemos en la Biblia, se pueden aplicar al momento histórico que vivimos, como ha ocurrido muchas otras veces en la humanidad. Parece que toca tiempo de morir, matar, destruir, llorar, odiar, tiempo de guerra…
Es imprevisible lo que puede ocurrir en el futuro próximo, pues algunos poderosos amenazan al mundo entero en una escalada bélica que parece conducir a un abismo. Tras la invasión de Ucrania y la destrucción de Gaza, el conflicto se extiende por Oriente Próximo, dejando a un lado la legalidad y las normas de convivencia entre países, por encima de los representantes elegidos por los pueblos, mostrando la cara más oscura del ser humano. Hemos de ser realistas, el siglo pasado ya demostró que la locura es contagiosa, y el desprecio por los que se considera diferentes llega a límites de inhumanidad insospechados. No podemos ignorar el peligro y encerrarnos en nuestra aparente seguridad: nadie va a quedar al margen del sufrimiento que se generaliza.
En etapas de incertidumbre ante el futuro crece el miedo, la angustia, la impotencia. Es imprescindible no dejarnos atrapar por los sentimientos sino pensar seriamente cuál es el pequeño papel que cada uno desempeña para construir una sociedad más justa, para dejar un legado de esperanza a nuestros hijos y nietos. Hemos de pararnos a reflexionar sobre el sentido que damos cada uno a nuestra vida. Una vida que con el paso de los años se siente más corta, y nos interpela si hemos hecho lo que debíamos.
Vivir es un regalo, una oportunidad, un crecimiento continuo. No por envejecer se deja de aprender. Mantener la capacidad de asombro, expresar la gratitud por lo ya vivido, dejarnos impregnar por los pequeños detalles cotidianos donde el cariño y el amor de los cercanos suavizan el alma rasgada. Encontrar esa tarea que solo yo puedo hacer, por sencilla que sea, levantarse cada día con la conciencia de que hoy es único, que no se repetirá, que en el presente es donde realmente vivimos, pues el pasado ya queda escrito, y en el futuro puede suceder cualquier cosa.
Parece que hablamos de dos mundos distintos, el gran mundo que provoca guerras y sufrimiento, y nuestro pequeño mundo donde podemos seguir creciendo en paz. Son dos visiones del tiempo, tiempo de odiar o tiempo de amar. Ambos mundos están interconectados. Si el gran mundo influye en nuestra vida cotidiana, quiero creer que el pequeño mundo que construimos cada uno también influirá en esa humanidad que aspiramos a ver unida.
Todo tiene su tiempo: es tiempo de nacer de nuevo, de curar, de edificar, de reír, de amar, tiempo de crear la paz. Eran tiempos de guerra cuando Chiara Lubich y sus compañeras iniciaron un vasto movimiento que promueve la fraternidad universal, como hijos de un único Padre[ii]. Al inicio de este siglo XXI decía: «El desafío más importante que tiene el mundo tras el 11 de septiembre de 2001 consiste en descubrir y vivir la fraternidad universal»[iii]. Quizás este tiempo actual sea el germen de algo nuevo y más grande, que nos conduzca a transformar este sufrimiento en conciencia de que somos una única humanidad.
Eso exige compromiso, no es sencillo, es un desafío enorme. No nos dejemos atrapar por el desánimo y el desconcierto. Tenemos algo que dar, algo que hacer, algo que decir, para mantener la esperanza. Incluso aunque nos rechacen, aunque esté en jaque nuestra propia vida. Será un buen motivo para completar cada día, en este presente en crisis, y seguir creciendo hacia el sentido para el que cada uno ha nacido.
[i] Qo 3, 1-8 [ii] LUBICH, Chiara; GIORDANI, Igino. Eran tiempos de guerra… Ed. Ciudad Nueva, Madrid, 2009. [iii] https://www.focolare.org/es/chiara-lubich-actualidad-leer-el-propio-tiempo/








