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LA MIRADA DE LA SEMANA
Beatriz Márquez
Tiempo para pensar
PUBLICADO

07 de julio de 2025

¿Ha aprendido mi alumnado a pensar?

Al fin de curso, después de haber acabado las pruebas de acceso a la universidad y todas las evaluaciones, los profesores se enfrentan a una pregunta: ¿Ha aprendido algo mi alumnado? Y en el caso de los profesores de filosofía, pienso que la pregunta se torna aún más incómoda: ¿Han aprendido mis alumnos a pensar?

Antes de contestar a esta pregunta, sería preciso encuadrarla en un marco contextual. ¿Existen las condiciones de posibilidad precisas para que se dé el pensamiento? Y antes de poder responder a esta, no queda otra que definir el término principal.


Pensamiento: más allá del simple conocimiento

El pensamiento es algo muy diferente del simple conocimiento. Pienso que el ser humano ha construido aquello que llamamos conocimiento persiguiendo una finalidad práctica, pero huyendo al mismo tiempo de un sentimiento de miedo. Ese miedo se produce por la inseguridad, se nos presenta como una pequeña brecha en aquello que creíamos verdadero, y va aumentando a un ritmo que no podemos controlar, hasta que nuestra sensación de vértigo es aterradora. Este miedo es paralizador, y es, por tanto, un límite. Cuando conseguimos eliminarlo nos volvemos libres, ligeros, creativos.

Según Nietzsche, el instinto del miedo nos impulsa al conocimiento, porque lo conocido significa aquello a lo que estamos acostumbrados. Piensa que la búsqueda de una ciencia objetiva, que comienza con la reducción del mundo a una idea por parte de Platón, responde solo a una ansiada sensación de seguridad y de descanso. La propuesta nietzscheana ante esto es dejar de prestar atención a la costumbre que nos infunde seguridad para centrarnos en lo ajeno.

Encuentro en el aforismo 355 de "La gaya ciencia" una introducción, aunque sin mentarla, de la definición del pensar, definiéndolo, como he hecho al principio, como algo casi opuesto al conocer. El pensamiento no puede darse sin la duda, sin la sospecha, sin sentirse incómodo o perdido. Esta sensación se impone directamente sobre nuestras creencias, que a su vez constituyen nuestra identidad. Quien no duda de sí mismo no piensa realmente. Es natural que tengamos miedo de pensar. Definiríamos así el pensamiento como la búsqueda incierta de lo extraño, con una mirada abierta a lo que sea que se pueda encontrar.


¿Existen las condiciones para el pensar en nuestra educación?

Una vez definido el término, abordemos la segunda pregunta: ¿Existen las condiciones de posibilidad para el pensar?

Detengámonos ahora en observar cuáles sean estas condiciones. Me parece que todos podemos aceptar que la definición del pensar coincide con algo que podríamos etiquetar de muy complicado, pero ¿es imposible? Sí sería imposible, si no se tiene consciencia de lo difícil de la empresa. Una persona consciente de esta complicación, teniendo en cuenta que hay que realizar un ejercicio que se aleja de todo lo normalmente practicado, sabe que esto requiere de tiempo.

Pienso entonces que esta segunda pregunta solo se contestará enunciando una nueva: ¿hay en los programas educativos tiempo para pensar?

Esta pregunta es mucho más sencilla de resolver. Basta con observar cuántos años se le otorga a materias que pueden aportar un conocimiento comprobable, como es el caso de matemáticas, historia, las lenguas… y los años que se le dedican a la filosofía. No sólo se refleja en los años, sino en las horas semanales, mientras que filosofía son tres horas semanales en segundo de bachillerato, historia son cuatro, y en selectividad se equiparan y se da a elegir entre una u otra. ¿Es que la historia de la filosofía es más corta que la historia de España? El motivo de esta elección se explica de una manera muy sencilla, y pienso que, llegados a este punto, será claro para todos: en nuestra educación se apuesta por ese conocimiento seguro, en lugar de por la inseguridad del pensamiento.


Vivir con o sin pensamiento: una cuestión profunda

Por último, sólo nos queda preguntarnos si esto es erróneo, o, por el contrario, es una buena inversión. Esta respuesta es mucho más difícil de hallar. El pensamiento incierto no es garante de nada, ya que no sabemos qué podemos esperar, de manera que no es posible medir el éxito, la fama o el rendimiento económico que este nos va a aportar a nivel social. En consecuencia, no se invierte en él, tan sólo de una manera tan laxa que no es realmente posible desarrollarlo.

¿Podemos, entonces, vivir sin pensamiento? Hay que puntualizar dos cosas aquí. En primer lugar, la sensibilidad de algunas personas les permite sumergirse en las dimensiones más abstractas, creativas y autónomas de la razón o incluso la intuición humana, por lo que no salen de las enseñanzas medias o superiores sin haber aprendido a pensar. En segundo lugar, piensa Kant que es inherente a la naturaleza humana buscar algo más allá de la experiencia, que sobrepase el límite de lo comprobable, y que responda a nuestros anhelos más profundos. Quizá no se pueda vivir sin pensamiento, no porque no podamos adaptarnos al medio y sobrevivir, sino porque, teniendo en cuenta que no estamos hechos para ser unidimensionales, no tendríamos la capacidad de cultivar el resto de nuestras dimensiones sin el pensamiento, y nos sentiríamos vacíos.

He querido hacer una defensa de la importancia de pensar, pero entiendo que no es posible que todos la compartan sin discusión, ya que he ido más allá de lo sabido, intentando señalar otros lugares que ni conocemos ni imaginamos con claridad. Por ello, en lugar de terminar de demostrar mi tesis, lo cual no puedo, sembraré una duda, para que se comience a pensar. Hace una semana, en un seminario, escuché a Antonio María Baggio resolver este asunto de una manera que me resultó brillante, por lo simple que parecía: El conocimiento al que llamamos ciencia, el objetivo y demostrable no es más que un instrumento de medida utilizado por el hombre, pero todo aquello que no podemos medir con nuestro instrumento, aunque no nos proporcione seguridad, no deberíamos ignorarlo sin más. El universo es mucho más vasto, al igual que la mente humana, y tiene mucho aún sin explorar, probablemente por ese miedo que menciona Nietzsche, ¿es por ello menos digno de interés? ¿deja, por tanto, de despertarnos curiosidad?

34 91 725 95 30

Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura