«A los pobres siempre los tendréis con vosotros» (Mc 14, 7). Hasta Jesucristo parece dar por sentado que la pobreza es normal. En su tiempo, «los descartados de la sociedad eran ayudados con el diezmo y los remanentes de la recogida del grano. Pero la gran parte del pueblo permanecía pobre», recordaba el papa Francisco en un encuentro de Economía de Comunión (EdC) en 2017. Hoy los Estados (y la sociedad civil) activan instrumentos más eficaces, mediante los impuestos, redistribuyendo la riqueza.
Sabemos que erradicar el hambre y la pobreza extremas hoy sería teóricamente posible, porque, al menos desde hace unos 10 años, la agricultura mundial produce suficientes alimentos para todos los habitantes del planeta. Pero esto no sucede por egoísmos colectivos y por un sistema económico que, centrado en el crecimiento ilimitado y en la maximización de los beneficios, fomenta la codicia y la concentración de la riqueza en pocas y potentes manos. Es un modelo económico que produce personas «descartadas» a las que luego «asiste». «La EdC, si quiere ser fiel a su carisma –indicaba Francisco–, no debe solamente cuidar a las víctimas, sino construir un sistema donde las víctimas sean cada vez menos». «Mientras la economía produzca (...) una sola persona descartada, la comunión no se realiza todavía». Muchos están de acuerdo. La economía social, civil, ética, prioriza estructuralmente a la persona, la ecología y la equidad sobre la maximización del beneficio. Aquí se ubican, entre otros, la EdC, el Movimiento Laudato Si’ (pág. 46) y The Economy of Francesco (p.39). Los movimientos postcapitalistas, en cambio, propugnan reformas en la asignación y distribución de recursos financieros, fiscales y laborales.
Estas realidades pueden parecer consolatorias, incapaces de amenazar la centralidad del dinero y el egoísmo. Pero creemos en la resistencia irreductible a lo que parecería un destino fatídico, en lo personal (p. 30), en lo comunitario (p. 14) y en lo cultural (pp. 28, 34, 37 y 62). Hoy está claro que la pobreza es multidimensional y debe abordarse integralmente (p. 16); que es pobre también quien carece de relaciones humanas de calidad (p. 28) y que no funcionan las ayudas paternalistas, sino el compartir en un plano de igualdad (26). Desgracias familiares, guerra, calamidades, crimen organizado, corrupción, injusticias, falta de trabajo digno… No son tantos quienes pueden considerarse libres del riesgo de pobreza. Menos todavía –datos en mano– si son migrantes extranjeros.
Nos inspiran quienes han puesto en práctica esta visión y valores (32 y 12), pues no podemos desentendernos de los necesitados que tenemos al lado.
Para los cristianos es cuestión de identidad. Lo dice el papa León: «Muchas veces me pregunto por qué, aun cuando las Sagradas Escrituras son tan precisas a propósito de los pobres, muchos continúan pensando que pueden excluirlos de sus prioridades» (Dilexi Te, n. 23). Quienes comparten la vida con los pobres saben que de ellos se aprende (p. 26), por ejemplo el valor de cosas intangibles... y de la solidaridad, que la Navidad cercana nos lleva a redescubrir.








