Es ciertamente instructivo leer atentamente el Instrumentum laboris (IL) preparado con vistas a la segunda sesión de la Asamblea sinodal. De hecho, se compromete a perfilar con claridad y coherencia en la práctica eclesial la cuestión central en torno a la cual girará el trabajo: «cómo la identidad del Pueblo de Dios sinodal en misión puede concretarse en las relaciones, caminos y lugares en los que se desarrolla la vida de la Iglesia?» (Intr.).
La cuestión, por tanto, no es, en última instancia, la teórica sobre «qué» significa ser una Iglesia sinodal, sino la práctica sobre «cómo» relacionarse y actuar para llegar a ser en realidad lo que la comunidad cristiana es por gracia y, así, está llamada a mostrarse y actuar. Y este es ya un fruto que ha madurado en el desarrollo del proceso sinodal. El IL lo registra subrayando que «entre los logros del proceso llevado a cabo hasta ahora podemos ciertamente incluir el haber experimentado y aprendido un método para abordar las cuestiones juntos, en el diálogo y el discernimiento» (Intr.): un método –se especifica– definido y ejercido, con amplio consenso y éxito ponderado, como una conversación en el Espíritu Santo.
Presencia del Espíritu en la historia de hoy
En realidad, la amplia convergencia en el compromiso de asumir la práctica de la conversación en el Espíritu no solo es ciertamente significativa, sino que resulta decisiva para articular una respuesta pertinente y eficaz a la pregunta de «cómo» ser una Iglesia sinodal en misión. Porque se trata ‒a partir de la experiencia vivida‒ de captar y poner en práctica el significado evangélico y las expresiones performativas de este método. Solo así un verdadero espíritu sinodal y una correlativa cultura sinodal podrán configurar de manera realista y profunda ‒revelando perspectivas inesperadas‒ la vida de la Iglesia al servicio del advenimiento del Reino de Dios.
Y esto en el momento decisivo de nuestra historia: desafiante y dramático, pero al mismo tiempo ‒lo decimos con fe y esperanza en solidaridad con todos los que sufren, buscan y lloran‒ promisorio de luz, justicia, paz. Si no se da este estallido de novedad, incipiente y tentativo cuanto se quiera, pero eficaz y profético, nos quedamos en el nivel de las buenas, pero finalmente ineficaces intenciones idealistas.
El IL, recogiendo cuidadosamente y ordenando inteligentemente las indicaciones y orientaciones surgidas hasta ahora, resuena como un eco reflexivo y apreciable de la invitación formulada hace ya diez años por el papa Francisco: «Sed mujeres y hombres de comunión, haceos presentes con valentía», donde hay diferencias y tensiones, y sed signos creíbles de la presencia del Espíritu que infunde la pasión en los corazones para que todos sean uno (cf. Jn 17,21). Vivid la mística del encuentro: «La capacidad de sentir, de escuchar a los demás. La capacidad de buscar juntos el camino, el método», dejándoos iluminar por la relación de amor que transcurre entre las tres Divinas Personas (cf. 1 Jn 4, 8) como modelo de toda relación interpersonal» (Carta Apostólica a todos los consagrados con ocasión del Año de la vida consagrada, 28 de noviembre de 2014).
La identidad mística, dinámica y comunitaria del Pueblo de Dios
¿Invitación descabellada ‒o al menos excesiva y finalmente utópica‒ la de Francisco de proponer un método para las relaciones vivas, dentro de la comunidad eclesial y en diálogo con todos, a partir del lugar de vida inédito y exigente del que Jesús mismo es la puerta (cf. Jn 10, 7) y el camino (cf. Jn 14, 6): el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo?
En realidad, este es el «misterio» de Dios en el que la Iglesia está involucrada por gracia y del cual –enseña el Vaticano II– ella es, en Jesús, el «sacramento» para todos: el «signo» y el «instrumento» que es «de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Lumen gentium, 1). No en vano el no. 1 del IL dice: «Del Bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo surge la identidad mística, dinámica y comunitaria del Pueblo de Dios, orientada hacia la plenitud de vida en la que el Señor Jesús nos precede y la misión de invitar a cada hombre y a cada mujer a acoger gratuitamente el don de la salvación (cf. Mt 28, 18-19). En el bautismo, Jesús nos reviste de sí mismo, comparte con nosotros su identidad y su misión (cf. Gal 3, 27)» (la cursiva es nuestra). Desencadenándose desde aquí una dinámica de compartir la vida de Jesús que alcanza su plenitud en la participación, a través de la Eucaristía, en su cuerpo y sangre. Así, la liturgia – «la culminación hacia la que tiende la acción de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de la que emana todo su vigor» (Sacrosanctum Concilium, 10) – es a la vez «fuente de la vida sinodal de la Iglesia y prototipo de todo acontecimiento sinodal, haciendo aparecer "como en un espejo" el misterio de la Trinidad (1 Co 13, 12; cf. Dei Verbum, 7)» ( EN 25).
Sí, la identidad de la Iglesia es ante todo una identidad mística. Porque tiene sus raíces en lo que el apóstol Pablo describe como el gran mystérion: el plan de ágape infinito y universal que brota del corazón del Padre, se manifiesta al mundo «en la plenitud de los tiempos» en el Hijo unigénito hecho carne y se comunica en el don «sin medida» del Espíritu Santo, invitándonos e introduciéndonos en la comunión de libertad y de alegría con Dios y en él entre nosotros, personas humanas y todas las criaturas (cf. DV 2; IL 23). Esta es la identidad en la que se expresa la misión de la Iglesia: la comunicación del don extraordinario e inagotable del que ya vive, en una verdadera anticipación que exige su cumplimiento.
Y precisamente por ser mística, es decir, arraigada y expresión del misterio de Dios en Jesús, la identidad del Pueblo de Dios es dinámica y comunitaria: camina y crece en la historia y se realiza concretamente, en el claroscuro de las cosas humanas, a través de las relaciones y prácticas que vivimos, como comunidad cristiana y con todos. Porque «una Iglesia sinodal es una Iglesia relacional, en la que las dinámicas interpersonales forman el tejido de la vida de una comunidad en misión, en un contexto de complejidad creciente» (IL Parte II, Intr.). Se trata, pues, de activar «una reciprocidad relacional dinámica» entre todos y a todos los niveles (IL 13): porque, en definitiva, «en este mundo todo está conectado y marcado por un deseo del otro que nunca disminuye. Todo es una llamada a la relación» (Concl.).
La Iglesia es, por definición, sýnodos marcada por un «cómo» específico.
Ahora bien, si la Iglesia es ‒en Cristo y, para él, en la Trinidad‒ este «nosotros» profético, este «sujeto histórico y comunitario» (cf. IL 3) que está llamado a dar testimonio y transmitir el designio de la comunión de Dios y de todos en él, se hace evidente que la forma y el estilo de su vida que es misión están llamados a expresar el misterio por el que vive y que es destinado a vehicular. Por eso la ekklesía (la asamblea de los discípulos de Jesús) es por definición sýnodos (su caminar juntos) marcado por un méthodos específico: es decir, por un «cómo» específico para orientarse y avanzar por el camino que deben recorrer, a la luz del Evangelio, con y para toda la humanidad.
Cuando hablamos del método de conversación en el Espíritu queremos referirnos en primer lugar, y de manera específica, precisamente a esto. No se trata de «una estrategia de gestión, sino de una práctica que hay que vivir y celebrar con gratitud»: porque en la Iglesia se trata de un don inmenso y gratuito que hay que acoger y gestionar con responsabilidad para el bien de todos (IL 20). En esto consiste la primera y fundamental conversión que se pide a unos y a otros, a todos, como Iglesia, para realizar con determinación, confianza, paciencia y perseverancia, para aprender a salvaguardar y expresar en nuestras relaciones, en el discernimiento de situaciones, en la asunción de responsabilidades y decisiones, y en su ejecución, el modo de pensar y actuar de Jesús, como exhorta el apóstol Pablo a la comunidad de Filipos (cf. Fil 2,1ss).
El IL lo define como «una conversión relacional, que reorienta las prioridades y la acción de cada uno, en particular de aquellos que tienen la tarea de animar las relaciones al servicio de la unidad, en la concreción de un intercambio de dones que libera y enriquece a todos» (Parte I, Intr.). Luego lo describe de manera densa y detallada, en el n. 62:
«El discernimiento comunitario no es una técnica organizativa, sino una práctica exigente que cualifica la vida y la misión de la Iglesia vivida en Cristo y en el Espíritu Santo. Por eso debe realizarse siempre con la conciencia y el deseo de estar reunidos en el nombre del Señor Jesús (cf. Mt 18, 20) escuchando la voz del Espíritu Santo. Como prometió Jesús, solo el Espíritu Santo puede guiar a la Iglesia por el camino hacia la plenitud de verdad (cf. Juan 16,13) y de vida, para ser donada a un mundo sediento de sentido. Aquí radica el método con el que el Pueblo de Dios vive su camino de anuncio y testimonio del Evangelio. Por tanto, es prioritario aprender a practicar a todos los niveles ese arte evangélico que permitió a la comunidad apostólica de Jerusalén sellar el resultado del primer evento sinodal en la historia de la Iglesia con las palabras: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros» (Hechos 15, 28). En este espíritu debemos volver a entender y reorientar la práctica de la vida sinodal misionera de la Iglesia en lugares, organizaciones y eventos concretos».
Importancia de los procedimientos concretos y específicos
Habiendo dejado esto claro –y teniendo en cuenta que la mera adquisición de esta conciencia requiere un verdadero salto de calidad y un compromiso que ciertamente no termina de la noche a la mañana– son necesarias dos aclaraciones. La primera: familiarizarse ‒por parte de todos‒ en el ejercicio de este método requiere no solo la conversión del corazón, de la mente y del estilo de vida, sino, precisamente por esto, una adecuada formación continua. No en vano el IL, interpretando la petición surgida «con mayor fuerza y universalidad en todas las fases del proceso sinodal» (n. 51), se centra de manera oportuna y detallada en la necesidad, las formas, los criterios de «una formación integral y compartida» (cf. nn. 51 - 5 7). Subrayando, entre otras cosas, que el primer desafío es un conocimiento más profundo del modo en que el Espíritu actúa en la Iglesia y la guía en la historia (IL 52); y que «la finalidad de la formación en la perspectiva de la sinodalidad misionera es que haya testigos, hombres y mujeres capaces de asumir la misión de la Iglesia en corresponsabilidad y cooperación con la fuerza del Espíritu» (IL 55).
La segunda: si el método en su raíz exquisitamente teologal (es decir, arraigado, en el seguimiento de Jesús, en Dios Trinidad) de la conversación en el Espíritu describe cómo habitar el lugar de ser y caminar de la Iglesia, entonces debe ser expresado a través de procedimientos concretos y específicos dependiendo de las situaciones y cuestiones que cada vez, en la vida concreta de la comunidad, se van afrontando. En otras palabras: el cómo del discernimiento sinodal debe hacerse «con los pies en la tierra», es decir, dentro de un contexto concreto, cuyas complejidades y peculiaridades deben ser conocidas lo mejor posible» (IL 64; sobre los «lugares» de la misión eclesial, cf. nn. 80-83). Se trata, pues, de aprovechar las competencias que poseen los diferentes miembros del Cuerpo de Cristo en la pluralidad de sus vocaciones, carismas y ministerios, que son absolutamente necesarios (y providenciales: ¡porque dones del Espíritu!) con el fin de un análisis puntual de los temas y su pertinente discernimiento. Habilidades, evidentemente, que serán –según los casos– de carácter teológico, social o administrativo...
Lo esencial es que «las opciones procesales concretas, en su variedad, deben ser coherentes con las necesidades de la metodología teológica subyacente» (n. 63): porque «la competencia técnica y científica no tiene la última palabra –significaría caer en una deriva tecnocrática‒ sino «dar una base concreta al camino ético y espiritual que sigue» (LS 15)» (n. 64).
María: modelo viviente y guía generativa
Es en esta lógica, es decir, en el compromiso de combinar con rigor y libertad de espíritu la dimensión teológica con la procedimental del «método» sinodal, en la que el IL comienza a presentar a María , «con su presencia orante en el corazón de la comunidad apostólica en el Cenáculo (cf. Hechos 1, 14)», como «modelo vivo y guía generativa de una auténtica espiritualidad sinodal: en la escucha perseverante y responsable de la Palabra y en el discernimiento meditativo de los acontecimientos (cf. Lucas 1, 26-38; 2, 19.51), en la apertura generosa a la acción del Espíritu Santo (cf. Lucas 1, 35), en compartir la acción de gracias por la obra del Señor (cf. Lucas 1, 39-56) y en el servicio concreto y puntual a todos y cada uno (cf. Juan 2, 1-12) que Jesús encomendó a su maternal cuidado (cf. Jn 19, 25-27)» (IL 59).
El «camino» de María ‒primera discípula del Hijo y, en él, Madre de su Cuerpo vivo, la Iglesia‒ es icónicamente y concretamente el método a seguir. Por supuesto: las ricas indicaciones ofrecidas por el IL solo esbozan un mapa de orientación ideal. El desafío ‒el decisivo‒ será captar la verdad en fidelidad al Evangelio y expresar concretamente sus formas, ritmos, experiencia creativa, en fidelidad a la historia, en el aquí y ahora de la vida y de la misión de la comunidad cristiana. Así, solo así, la Iglesia sirve al advenimiento del Reino de Dios.








