Dice el Salmo 83 (84): «Dichoso quien encuentra en ti su fuerza y decide en su corazón el santo viaje... Crece a lo largo del camino su vigor, hasta que comparece ante Dios en Sion» (vv. 6-8). Todos estamos comprometidos en hacer este viaje como comunidad eclesial. Una Iglesia sinodal es un pueblo que camina unido para pensar históricamente la teología. Nuestro Dios es un Dios que camina con nosotros en la historia que cambia, y juntos tratamos de descubrir sus huellas para poder proseguir nuestro camino.
Como pueblo de Dios, estamos llamados a leer sinodalmente los signos de los tiempos a la luz del Evangelio y a leer del mismo modo el Evangelio a la luz de los signos de los tiempos. Decía Pablo VI: «Una de las actitudes características de la Iglesia después del Concilio es la de una atención particular a la realidad humana, considerada históricamente, es decir, a los hechos, los sucesos y los fenómenos de nuestro tiempo». Y concluía que «el mundo, para nosotros, se vuelve libro»[1]. Yo diría que un libro que hay que leer y comprender con la pasión cristiana, que nos lleva a discernir el designio de Dios. Nuestra lectura del libro del mundo es diferente de la que hacen los políticos o los intelectuales, es una lectura hecha por los discípulos de Jesús iluminados por el Espíritu.
Esto dice el Santo Padre: «El Sínodo es la Iglesia que camina unida para leer la realidad con los ojos de la fe y con el corazón de Dios; es la Iglesia que se interroga sobre su fidelidad al depósito de la fe, que para ella no representa un museo que está ahí para contemplarlo ni tampoco solo para conservarlo, sino que es fuente viva en la cual la Iglesia bebe para saciar la sed e iluminar el depósito de la vida»[2]. El riesgo de muchos sínodos es la introspección que produce un libro más para las bibliotecas. En realidad, los documentos sin pathos, sin unción, no sirven para nada.
Acoger el ciclo próximo del Espíritu
Para poder realizar esta lectura, necesitamos al Espíritu Santo, aquel que «lo enseñará todo», «lo recordará todo» (cf. Jn 14, 26).
¡A este respecto, recientemente un sociólogo creyente italiano, Giuseppe De Rita, ha deseado incluso un sínodo sobre el Espíritu Santo! Como buen sociólogo, observa que en la sociedad hay una sed de espiritualidad. Encuentro muy estimulante el análisis que hace; análisis que se ha de leer cum grano salis: «Todo señala la necesidad de un cambio de paradigma porque en la era del Espíritu no queda espacio para una Iglesia "organizada". El sínodo, del que tanto se habla, corre el riesgo de responder a la lógica del Padre, o sea, jerárquico, para uso y consumo de los obispos, o del Hijo, en una fórmula "mixta", jerárquica pero abierta a lo social, abierta a las aportaciones de todos, desde los sindicatos a las monjas de clausura... pero esta también sería una fórmula vieja, insuficiente. [...] La cuestión hoy es acoger el ciclo próximo futuro del Espíritu, de la relación interior con Dios, de la apertura al misterio. Este es un ciclo mucho más laborioso porque no es filosófico, la dimensión aquí es la propia del misterio. El cristiano ahora está llamado a caminar hasta que llegue al monte Sion, y en medio no sabe qué encuentra; caminar en el desierto como habían hecho nuestros progenitores, pero sin referencias cotidianas, habituales...»[3].
Indudablemente, hoy la Iglesia está llamada a «acoger el ciclo próximo del Espíritu». El próximo sínodo de la Iglesia no será sobre el Espíritu Santo, pero indefectiblemente ha de ser una fuerte experiencia eclesial del Espíritu. Como ha observado el patriarca greco-ortodoxo Ignacio Hazim, «sin él [el Espíritu], la Iglesia es una simple organización, la autoridad un dominio y la misión es propaganda». Por su parte, el prof. Michele Masciarelli subraya que «sin él y sin su luz, la sinodalidad no se daría y la pretensión de realizarla acabaría siendo su contradicción: una babel sin fin, inconcluyente y quizá también fuente de laceraciones y sinsabores graves»[4].
Para una espiritualidad de la sinodalidad
A comienzos de julio de 2020, nuestra Secretaría General organizó un seminario sobre la espiritualidad de la sinodalidad. Invitamos a algunos institutos de vida consagrada y movimientos laicos, representación de la multiforme presencia del Espíritu en la Iglesia, para escuchar sus testimonios, en particular el que se refiere al discernimiento de los espíritus, convencidos de que ellos representan un enorme patrimonio espiritual que podrá enriquecer a los que quieren participar en este Sínodo.
La misma diversidad de tradiciones espirituales que encontramos en la Iglesia confirma que no existe una única forma de espiritualidad de la sinodalidad. Si la sinodalidad es ella misma una expresión de la vida de la Iglesia en todas las Iglesias, entonces podemos esperarnos ver que cada Iglesia encontrará la presencia y la potencia efectiva del Espíritu Santo reflejada en las circunstancias, en la historia y en las tradiciones de dicha Iglesia. Al mismo tiempo, es el único Espíritu, por lo cual habrá rasgos comunes a todos. De hecho, la sinodalidad misma encontrará expresión en la vida auténtica de la Iglesia local, pero estará marcada siempre por una orientación hacia nuestra vida común en el Cuerpo de Dios. No existe tensión, en cuanto tal, entre lo local y lo universal: uno solamente puede ser comprendido y vivido en relación con el otro; cada uno tiene su responsabilidad sobre el otro y es una preocupación real, práctica, nacida en el amor que trasciende el tiempo, el lugar y la nacionalidad. También esto es un signo de la vida del Espíritu Santo porque toda la Iglesia tiene la única misión de la salvación en Cristo y por medio de Cristo.
Todas las tradiciones que escuchamos en aquella ocasión reconocieron la centralidad del Espíritu Santo, sobre todo para su vida, el gobierno, el discernimiento y la misión. En un tema común a las pneumatologías contemporáneas de Oriente y de Occidente, está el sentido del Espíritu Santo, como «el desconocido más allá del Padre y del Hijo» (Hans Urs von Balthasar) o «como el paso infinito más allá de la diada» (Vladimir Lossky). Creo que aquí hemos tocado algo profundo, emocionante y estimulante: el Espíritu es aquel que nos conduce siempre más allá. ¡Más allá de nuestros prejuicios y miedos, más allá de nuestras resistencias y divisiones, más allá de nosotros mismos y de nuestra misma edad! «El más allá» es siempre Cristo y el Reino «oculto en el misterio». Todas nuestras tradiciones y movimientos nacen y se sostienen como respuesta a este «más allá». Es el más allá de sí mismo de Dios, no fuera del mundo, sino cada vez más profundamente dentro de él; al encuentro de Cristo resucitado y redentor y es la esperanza de todo tiempo.
Más allá de nuestras lógicas y de nuestros cálculos
Al comienzo del Sínodo de la Familia, en octubre de 2015, así como en otras ocasiones, el Santo Padre subrayaba con fuerza: «El Sínodo [...] es un espacio protegido, donde la Iglesia experimenta la acción del Espíritu Santo. En el Sínodo, el Espíritu habla mediante la lengua de todas las personas que se dejan guiar por el Dios que sorprende siempre, por el Dios que revela a los pequeños lo que esconde a los sabios e inteligentes, por el Dios que ha creado la ley y el sábado para el hombre y no al revés, por el Dios que deja las noventa y nueve ovejas para buscar la única oveja descarriada, por el Dios que es siempre más grande que nuestras lógicas y que nuestros cálculos. Pero recordemos que el Sínodo solo podrá ser un espacio de la acción del Espíritu Santo si nosotros, los participantes, nos revestimos de valentía apostólica, humildad evangélica y oración confiada»[5].
A los obispos del Sínodo de la Iglesia greco-católica de Ucrania Francisco les recordó que hay un peligro:
«Creer, hoy, que hacer camino sinodal o tener una actitud de sinodalidad quiera decir hacer una encuesta de opiniones, qué piensa este, este, este..., y luego hacer una reunión, ponerse de acuerdo... No, el Sínodo no es un ponerse de acuerdo como en la política: yo te doy esto, tú me das esto. No. Sínodo no es hacer encuestas sociológicas, como alguno cree: «Veamos, pidamos a un grupo de laicos que haga una encuesta, si tenemos que cambiar esto, esto, esto...». Ciertamente, vosotros tenéis que saber qué piensan vuestros laicos, pero no es una encuesta, es otra cosa. Si no está el Espíritu Santo, no hay Sínodo. Si no está presente el Espíritu Santo, no hay sinodalidad»[6].
Hace dos meses, a los miembros del Consejo Nacional de la Acción Católica Italiana, el papa Francisco explicó cuáles son los riesgos de quien no escucha al Espíritu Santo: «Una Iglesia del diálogo es una Iglesia sinodal, que se pone unida a la escucha del Espíritu y de la voz de Dios que nos llega mediante el grito de los pobres y de la tierra. En efecto, el camino sinodal no es tanto un plan que hay que programar y realizar, sino ante todo un estilo que encarnar. Y tenemos que ser precisos cuando hablamos de sinodalidad, de camino sinodal, de experiencia sinodal. No es un parlamento, la sinodalidad no es hacer el parlamento. La sinodalidad no es la sola discusión de los problemas, de diversas cosas que hay en la sociedad... Es más. La sinodalidad no es buscar una mayoría, un acuerdo sobre soluciones pastorales que hemos de hacer. Si hacemos solo esto no es sinodalidad; esto es un hermoso «parlamento católico», está bien, pero no es sinodalidad porque falta el Espíritu. Lo que hace que la discusión, el «parlamento», la búsqueda de las cosas sean sinodalidad es la presencia del Espíritu: la oración, el silencio, el discernimiento de todo aquello que nosotros compartimos. No puede haber sinodalidad sin el Espíritu, y no existe el Espíritu sin la oración»[7].
Lo que caracteriza el discernimiento eclesial
¡No hay camino sinodal sin un discernimiento eclesial! La espiritualidad sinodal incluye el discernimiento de los espíritus en común; es lo que hace a la comunidad «pueblo de Dios». Como subraya el Santo Padre, «una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha. Es una escucha recíproca, en la que cada uno tiene algo que aprender. El pueblo fiel, el colegio episcopal, el obispo de Roma: uno a la escucha de los otros; y todos a la escucha del Espíritu Santo, el "Espíritu de la verdad" (Jn 14, 17), para conocer lo que él "dice a las Iglesias" (Ap 2, 7)».
Las conclusiones sinodales no son decisiones fruto de un razonamiento conducido a partir de una buena información, sino que surgen de «sintonizarse» con la inspiración del Espíritu Santo. Por eso cuando falta el discernimiento en el proceso sinodal, seremos como una barca sin velas, una barca movida por las corrientes del mar; ¡la energía del viento (del Espíritu) se desaprovecha! «Sin la sabiduría del discernimiento, podemos transformarnos fácilmente en marionetas a merced de las tendencias del momento»[8]. «El discernimiento no es un eslogan publicitario, no es una técnica organizativa ni tampoco una moda de este pontificado, sino una actitud interior que radica en un acto de fe. El discernimiento es el método y al mismo tiempo el objetivo que nos proponemos: se funda en la convicción de que Dios está actuando en la historia del mundo, en los avatares de la vida, en las personas que encuentro y que me hablan. Por esto somos llamados a ponernos a la escucha de lo que el Espíritu nos sugiere, con modalidades y en direcciones a menudo imprevisibles»[9].
Una Iglesia que no tiene miedo: pueblo peregrino de Dios
Si la sinodalidad vive en este «más allá» del Espíritu Santo, entonces deberá ser una Iglesia que discierne; una Iglesia que no tiene miedo. Ella se vuelve realmente «pueblo peregrino de Dios» y sacramento universal de salvación, «luz para las naciones» y esperanza de la Humanidad, que también está en camino. De hecho, la Iglesia tiene la mayor libertad de todas porque puede vivir el abandono del Reino, «no pensar en el mañana» (Mt 6, 25). Esta no es ni complacencia ni ingenuidad, sino fe, porque la Iglesia sabe que no es una creación humana, sino la morada que Dios ha hecho.
Si el proceso sinodal no será antes que nada un camino espiritual centrado en la relación con Dios, ciertamente no podrá dar los frutos esperados. El Santo Padre Francisco en Evangelii gaudium, a propósito de la evangelización, recomienda estar «bien fundados en la oración, sin la cual toda acción corre el riesgo de permanecer vacía y el anuncio al final privado de alma» (n. 258). Y en otra ocasión insiste en que «los cambios en la Iglesia sin oración no son cambios de Iglesia, sino cambios de grupo. [...] Sin la luz de esta lámpara [la oración], no podríamos ver el camino para creer bien; no podríamos ver los rostros de los hermanos a quienes acercarnos y servir; no podríamos iluminar la sala donde encontrarnos en comunidad»[10].
En este paso del proceso sinodal os pido tener despierta para todos la atención a la dimensión espiritual del camino que estamos emprendiendo, para saber descubrir la acción de Dios en la vida de la Iglesia universal y de las Iglesias particulares. Sed para todos, como los levitas y los sacerdotes del Salmo, «ministros de la oración» que recuerdan a todos, en la alabanza y en la intercesión, que sin la comunión con Dios no puede haber comunión entre nosotros.
[1] Pablo VI, Audiencia general, 16 de abril de 1969.
[2] Francisco, Introducción al Sínodo para la familia 2015, 5 de octubre de 2015.
[3] Entrevista a Giuseppe De Rita, en L’Osservatore Romano, 27 de marzo de 2021.
[4] M. Masciarelli, «Alla scuola del Maestro interiore», en L’Osservatore Romano, 1 de septiembre de 2019.
[5] Francisco, Introducción al Sínodo para la familia 2015, cit.
[6] Id., A los obispos del Sínodo de la Iglesia greco-católica ucraniana, 2 de septiembre de 2019.
[7] Id., A los miembros del Consejo Nacional de la Acción Católica Italiana, 30 de abril de 2021.
[8] Exhortación apostólica postsinodal Christus vivit, n. 279; cf. Exhortación apostólica Gaudete et exsultate, n. 167.
[9] Francisco, Al comienzo del Sínodo dedicado a los jóvenes, 3 de octubre de 2018.
[10] Id., Catequesis sobre la oración n. 29: La Iglesia maestra de oración, 14 de abril de 2021.








