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Santidad y consagrados: el pulso de la situación
PUBLICADO

06 de febrero de 2023

Hora de volver al Evangelio

Siguiendo la estela del Concilio, de la exhortación postsinodal Vita consecrata y del magisterio del papa Francisco ¿cómo percibe la situación de los consagrados y de las consagradas, con sus luces y sus sombras?

Es innegable que seguirá disminuyendo significativamente el número de consagrados y de consagradas. Europa se enfrenta al gran problema del envejecimiento y a la falta de nuevas vocaciones, un problema que ha empezado a hacerse sentir también en América Latina. En otros lugares, hay mucha vitalidad, pero a veces esta vitalidad va acompañada de problemas que tienen que ver con una evangelización que hay que profundizar y perfeccionar.

De todas maneras hay que reconocer que entre los consagrados hay mucha vida. No hay que olvidar esto. A menudo se encuentran y trabajan en los lugares más difíciles, con riesgos para la salud, por la falta de alimentos, por enfermedades y problemas sociales, y siguen adelante y se gastan con creatividad al servicio de los demás en medio de todas estas dificultades y peligros. Impresiona. Desde este punto de vista, muchos consagrados y muchas congregaciones están viviendo un momento de vitalidad, un momento muy hermoso.

La principal ahora para la vida consagrada es volver, ante todo, a vivir el bautismo: nosotros tenemos un Evangelio que es para todos y no solo para algunos. ¡Esto lo cambia todo! Quiero decir: también el sacerdote y también el obispo deben pensar que, si no viven el Evangelio, están fuera del camino. 

 Lo que nos pide el Concilio

Por tanto, es el momento de volver al Evangelio, y esto es lo primero que el Concilio nos pide: ser discípulos de Jesús. Se debe formar, sin duda, la cabeza, pero deberá estar en primer plano sobre todo la vida. No se trata de ser «perfectos» para enseñar a los «imperfectos». Es necesario acompañar, caminar lado a lado, buscar el camino juntos... Si yo no amo, si no sirvo, si no estoy cerca de todos, sin discriminar, si no estoy abierto a todas las culturas, no existimos. Para muchos es difícil hacer esto.

Un segundo subrayado del Concilio es el de los carismas, definidos como un don desde arriba. El carisma aflora en el fundador y en la primera comunidad de compañeros del fundador. Por eso es necesario la fidelidad al origen, pero la fidelidad a lo esencial, no fijándose en lo que es pasajero y secundario. Y es necesario mirar el carisma en el momento actual, no solo en el momento del fundador. Debemos recuperar lo que los fundadores han vivido, pero aplicarlo en el momento presente con los rasgos de nuestro tiempo.

 Algunas cuestiones cruciales

¿Podría indicar algunos ámbitos que merecen especial atención?

Hay que reconocer que hay frutos nuevos en nuestro tiempo: hay mucha más participación, hay mucha más fraternidad. Hay un cambio en el concepto de autoridad, y esto es muy importante, porque no habrá verdadera fraternidad mientras los superiores sean «superiores» según el viejo estilo. Ellos están llamados a ser hermanos y hermanas, padres y madres, pero no más. ¿Por qué? Porque, según el Evangelio, deben ocupar el último lugar, el del servicio a los hermanos y hermanas.

Y también está la cuestión de la relación hombre-mujer. Siempre hemos visto en esto un peligro para la vida consagrada, pero no es así. Dios no creó al hombre o a la mujer aisladamente. Debemos llegar a una nueva síntesis en la relación hombre-mujer, y esto se ve claramente en las comunidades. 

Ciertamente, no todo está garantizado, porque también en el nombre de Jesús pueden abrirse camino el poder y el dominio. En definitiva, cuando el modo de manifestarse de Jesús en la comunidad es el mando sobre los demás, estamos fuera de lugar. El modo de vivir esta síntesis entre autoridad y participación / fraternidad no es la anarquía sino la sabiduría. Este es un campo en el que estamos a la búsqueda.

Esta investigación toma un alcance más amplio si se piensa en las confederaciones nacionales y continentales de los consagrados/as como, por ejemplo, la CLAR en América Latina. Nos movemos ahora en la dirección de la fraternidad y hay una gran búsqueda al respecto. Hay una búsqueda profunda de ayuda, de ser felices, de caminar juntos. Esto está sucediendo, está sucediendo. Ciertamente, se trata de organismos que tienen un carácter también institucional, pero todos buscan tener un alma y que esta alma no sea el dualismo, el contraste, la tensión sino la comunión. La soledad en la que algunos están cayendo requiere atención.

 El ideal de la santidad: vencer la trampa del voluntarismo

¿Sigue de moda, en su opinión, entre los consagrados y las consagradas el ideal de la santidad?

Yo creo que sí, pero hay un aspecto que cuesta mucho trabajo y es el paso de la experiencia personal de Dios a la experiencia también comunitaria. Esta dimensión tiene que crecer todavía. Se apunta a esto, pero todavía no se sabe bien cómo hacerlo. No se puede confiar esto solo a un psicólogo o a un sociólogo. Deberíamos hacer emerger la dimensión teologal de esta relación que nos hace hacer la experiencia de Jesús entre nosotros, y después de ser testigos, por contagio, no por ideas. Una atracción que no intenta convencer desde el exterior, sino que testimonia y así atrae.

Uno de los pasos que hay que hacer respecto a la santidad es también este: pasar del voluntarismo –la santidad como conquista con los propios esfuerzos– a la experiencia de la vida de Dios que se nos ofrece como don, como un don que trato de acoger y transmitir. Ciertamente, se necesita el dominio de uno mismo, pero un dominio que no es simplemente dominio de mi voluntad. Yo, con mis únicas fuerzas, nunca seré capaz de sacrificarme como Jesús, sin embargo, soy capaz de amar como Jesús nos amó porque el Espíritu Santo nos ayuda dándonos su amor y haciéndonos capaces de amar como él. 

Esto nos remite a la Trinidad y también al misterio de la Encarnación y al acontecimiento de la Pascua. No hay otro camino. Es allí donde podemos alcanzar la vida de Dios. Es necesario respetar la antigua orientación ascética que a muchos ha servido de guía, pero hay que tener presente que el voluntarismo lleva a uno mismo, no a los demás. Es necesario hacer este paso para ser amor con los demás, como hizo Jesús.

Obstáculos para una vida santa y santificante

Desde su perspectiva, ¿cuáles son los obstáculos para una vida santa y santificante? 

Acabamos de hablar de uno de ellos: el voluntarismo. Otro me parece la dificultad actual de decir sí para siempre. Se proclama formalmente, con palabras, pero en realidad no se concibe como un «para siempre». Yo digo mi «sí» para siempre, pero debajo hay una condición oculta que no expreso, sin embargo, está ahí: «mientras sea feliz». Entonces, cuando ya no encuentro la felicidad, me voy. ¿Por qué? «Porque quiero encontrar lo que Dios quiere de mí, y sé que él quiere mi felicidad», dicen. Esta es una dificultad que encontramos en muchos. Son 2.500 personas al año que abandonan la vida consagrada. ¡Eso es algo impresionante! El papa habla de una verdadera hemorragia. En casi todos aparece esto: «Ya no me encuentro en mi casa, ya no me encuentro en mi ideal». También está el problema afectivo, pero no siempre es la primera causa. 

En todo esto, en el fondo, hay una búsqueda positiva: se quiere recuperar la dimensión humana en la vida consagrada. Yo necesito afecto, una relación en la que se complementen el aspecto masculino y el femenino, necesito sentirme «en casa», poder decir con confianza lo que hay en mi corazón. Estas exigencias no deben juzgarse sumariamente como falta de espíritu de sacrificio, sino que a menudo revelan una falta de amor evangélico en las relaciones. Se trata de una búsqueda en sí positiva, pero marcada por un no ir hasta el final. El contacto con el dolor, con el conflicto a veces favorece la desorientación. Pero el seguimiento de Jesús no puede prescindir de la cruz, de un siempre nuevo «morir» y «resucitar».

Ciertamente, se trata de caminos espirituales, y la espiritualidad es indispensable, pero es necesario que sea auténtica. Algunos ya no se encuentran en el modo de vida llevado hasta ahora y, llegados a un cierto momento, dicen: «No resisto más y me voy». También los Institutos que han tenido tantos bienes, tantas estructuras de formación, tanta protección social, empiezan a ver que estas cosas ya no se sostienen. 

Las consagradas, además, subrayan un aspecto particular: después de la pandemia y con las actuales guerras, hablan de la vulnerabilidad. Me parece un concepto interesante, signo de una nueva conciencia: nosotros, que buscamos un camino de consagración, somos más conscientes del hecho de que somos vulnerables, no somos una especie superior. Es importante compartir esto en la vida de comunidad, tener el valor de no hablar solo de las victorias, sino también de nuestro ser débiles, pequeños, etc.

 Una mirada a la vida y a la acción del Dicasterio

¿Quiere decirnos una palabra sobre cómo esta búsqueda de una santidad comunitaria se concreta en la vida de su Dicasterio?

Tratamos de seguir las orientaciones que nos vienen del Evangelio y del papa Francisco. Por ejemplo, el de no acentuar la brecha entre la «autoridad» y los demás. Hemos crecido mucho en esto. Si hay un problema importante, nos sentamos y hablamos y vemos lo que podemos hacer. Tratando de no adoptar un estilo piramidal sino fraternal, y así se frustra la tentación de querer hacer carrera. Nos ayudamos mucho mutuamente en los respectivos trabajos, implicando a los demás, incluido el prefecto y el arzobispo secretario del Dicasterio. 

Hemos creado también un grupo WhatsApp entre los que trabajan en el Dicasterio, y así nos saludamos por la mañana, deseamos un buen día, recordamos el onomástico o el cumpleaños de uno u otro... Todo esto con simplicidad. Así cada día, cuando rezamos el Ángelus o el Regina Coeli a las 12, se reza por esa persona. En esa ocasión saludamos también a quienes están de paso en el Dicasterio. Saludamos, por ejemplo, a una niña de nueve años, hija de uno de nuestros colaboradores, que venía por primera vez y estaba muy contenta con la fiesta que le hicimos. Lo mismo cuando alguien o alguien se enferma, quizás gravemente. Tratamos de interesarnos, de estar cerca, todos los días. Esta vida de «familia» entra cada vez más: una vida juntos, no solo un trabajo juntos.

También nos dijimos que no basta con tratar los «casos» que nos llegan, debemos amar a las personas que tienen esos problemas. A veces, cuando tenemos la impresión de que la documentación recibida no es suficiente para entender la situación, llamamos a las personas involucradas para comprender mejor las cosas. Hubo algunas experiencias muy interesantes. Hacemos todo lo posible para que los que se dirigen a nosotros se sientan acogidos y no juzgados.

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Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura