Dicen que un buen vino lo es por la forma en que envejece. Los seres humanos vivimos un proceso dinámico de crecimiento, de niños a jóvenes, adultos, nos hacemos mayores, y nuestro destino es envejecer para llegar al final de una vida plena. En ese cambio continuo somos siempre la misma persona, pero siempre diferentes. Cada transición vital genera sensación de crisis, pues algo queda atrás y se abre un periodo desconocido. Crisis en chino se escribe con dos palabras: peligro y oportunidad. Peligro de lo que se puede perder, pero también ocasión para descubrir algo nuevo.
Envejecer es un regalo. Chiara Lubich dice que “se vive una sola vez y, si la vida es un don, cuanto más larga sea, más grande es el don. Una vida larga sirve para desarrollar en las almas la prudencia, la sabiduría, la experiencia para sí y para muchos”[1]. Esa es la clave, llegar a la vejez supone una gran experiencia, pero no solo para uno mismo, sino como don para otros. La sabiduría no es algo intelectual, es un poso espiritual que da sentido a la vida y la muerte, a la relación con los demás. Es lo que da sabor a un buen vino, que solo se saborea cuando se abre y se consume. Jose Luis Cabezas, profesor de psicología y gerontología de la universidad de Granada, explica que “los barcos están más seguros y tranquilos en el puerto, pero es que no fueron hechos para eso… como nosotros”. A cualquier edad, en cualquier situación, la vida tiene sentido siempre que se abra a los demás, saliendo de sí mismo, ofreciendo lo que somos.
Hacerse mayor, envejecer es un paso más en el crecimiento como personas. Pero hemos de cambiar nuestra forma de pensar lo valioso de la vida. Las fuerzas físicas van menguando, surgen enfermedades, los sentidos se nublan, dejamos de ser productivos, hay quien se siente una carga, la memoria flaquea. ¿En qué crecemos, pues, si todo parece apagarse?
Igino Giordani escribe: ”La vejez es un recodo crítico, decisivo. Señala la etapa de preparación al encuentro con el Todo, con el Eterno, con la Belleza: el encuentro con el calor de la juventud que no muere. Es un periodo de evolución, que llamamos involución; de progreso, que llamamos regresión; de juventud del espíritu, que llamamos senilidad. El malestar físico y moral indica trepidación por el aproximarse de Dios. Te acostumbras a tener coloquios con el cielo"[2]. Es tiempo de crecer en la dimensión espiritual, la única que no decrece, sino que sigue siempre una curva ascendente.
No puedo olvidar la mirada y la sonrisa inundada de paz de personas queridas en su vejez, dando la mejor de sus lecciones, con una dependencia creciente en todas las dimensiones, pero una capacidad de amar superior. Ese es el reto que la vida pone a quien recibe el don de hacerse muy mayor, que no viejo. Dar sentido a la vida siendo amor para los demás, eso es saber envejecer.








