“Mira, es necesario que, como sea, hagamos algo de nuestra vida. No lo que otros ven y admiran, sino el esfuerzo supremo que consiste en insuflarle el infinito”.
¿Cuántas personas dudan de si han elegido bien su camino? ¿Cuántos afirman haberse equivocado? Y, más importante aún, ¿Cuántos creen que ya lo han conseguido todo?
La situación actual de muchos jóvenes, especialmente de aquellos que se sienten perdidos, es la de una búsqueda frenética, ansiosa y, en ocasiones, desesperanzada sobre quiénes quieren llegar a ser.
En un mar de identidades, una inmensidad de posibilidades los inunda, aunque aún no hayan tenido tiempo de encontrar esa brújula que pueda guiarlos. Una necesidad se impone sobre ellos: ¡Responde a la pregunta! ¿Quién eres?
Pero, siendo sinceros, ¿quién podría, tenga la edad que tenga, responder satisfactoriamente? Este proceso inquisitivo acerca de la propia identidad está bien arraigado en nuestra cultura, y comienza desde muy temprana edad, cuando se les pregunta a los niños: ¿qué quieres ser de mayor?
Y esta pregunta, que en un principio se responde como un juego, desde la imaginación, poco a poco va convirtiéndose en un imperativo. Cuando los distintos sueños y fantasías sobre el futuro tienen que pasar por el filtro de la realidad, transformándose en un determinante en nuestra vida, se nos anuncia que debemos crecer y responsabilizarnos: ha llegado el momento de elegir.
Primero, se presentará en forma de materias optativas en los institutos, posteriormente se materializará en una larga lista de grados universitarios o ciclos formativos. A esto le siguen los posgrados, cursos de especialización y culmina con las -ya mucho menos numerosas- ofertas de trabajo.
Llegados a este punto, corremos un gran peligro. Tendemos a pensar que nuestra identidad ya está construida y nuestro proyecto vital bien encauzado. Ya hemos hecho aquello que queríamos hacer de mayores, hemos cumplido. Solo un anhelo como el que Mounier manifiesta en la cita con la que se inicia el artículo, podría sacarnos de nuestro error.
El peligro no es un joven con dudas, sino aquel que piensa que no tiene ninguna. Decía Sócrates que no hay mayor ignorante que aquel que no sabe que ignora. Cuando ya creemos haber hecho todo es cuando realmente se impone la pregunta: ¿qué voy a hacer de mi vida? Esta pregunta es la razón de ser de las personas. Pensaba Sartre que no estamos hechos para seguir ningún camino, sino que el mero hecho de vivir es un gran ejercicio de la creatividad, y que cada uno tiene que elegir en cada momento, desde su plena libertad, lo que va a hacer. Esta libertad esconde una responsabilidad, y es el gran peso que llevamos sobre los hombros.
Hay una frase que me llama especialmente la atención del Evangelio y esta es cuando dice que no debemos agobiarnos por las distintas cosas que tenemos que hacer. El agobio, el peso y la ansiedad ante aquello que es propio de la vida humana parece quitarle completamente el sentido. Decidir quién voy a ser conlleva responsabilidad, valentía e incluso felicidad.
La pregunta será entonces, no ya “qué quiero ser”, sino ¿qué puede ser tan valioso que me acerque al infinito? ¿Cómo puede ser algo así realizable? Y, por último, hay que admirar la paradoja que se esconde en la cita de Mounier: ¿Cómo encontrar lo infinito en algo que es limitado en el tiempo? Esta es la advertencia que nos dejó Chiara Lubich: tenemos una sola vida. Debemos encontrar algo en lo que merezca la pena gastar todo nuestro tiempo.








