Se habla mucho de la salud mental de los jóvenes, del alto índice de depresión y ansiedad que sufren. Los datos son sorprendentemente globales en el mundo desarrollado, en particular en la llamada generación Z.
Que si la pandemia, que si el uso masivo de teléfonos inteligentes, que han desplazado otras actividades beneficiosas, como el aire libre, la lectura y la interacción real con los demás. Por no hablar del desfase entre las expectativas del mundo virtual y la realidad, las malas perspectivas de futuro y el bajo nivel de tolerancia ante la frustración. Un tema complejo que está a la orden del día.
A menudo me asalta el típico prejuicio de ver a los jóvenes de hoy todos cortados por el mismo patrón. Desde mi perspectiva, con unas cuantas décadas a las espaldas, tiendo a pensar que darles la vida demasiado resuelta hace a los jóvenes cada vez más irreflexivos y despreocupados de la realidad.
Una experiencia personal contradice esta opinión. En mi casa se alojan muchos jóvenes de mi familia de paso por Madrid, y las tertulias nocturnas se alargan a veces hasta las tantas, ¡superinteresantes! A menudo surgen temas profundos, y descubro una apertura y transparencia que mi generación no tenía.
Hoy estamos a un clic de encontrar información sobre cualquier tema y recetas para todo. Más difícil es pararse a pensar y tomar conciencia del mundo que nos rodea y del lugar que ocupamos en él.
Precisamente sobre esto he leído un pequeño libro de filosofía muy práctico: La letra pequeña de la libertad. Es un acompañamiento para animar a hacerse preguntas:
¿quién soy?,
¿quién puedo ser?,
¿cómo actuar para ser lo que quiero ser?,
¿qué limita y qué condiciona mi libertad?,
¿en qué medida influyen los demás en mí?
Se dice que mi libertad termina donde empieza la del otro. El autor del libro dice otra cosa: que «mi libertad empieza donde empieza la libertad del otro». Quizás el quid está en el nosotros.
Y ahí entran en juego conceptos como la relación, la diferencia, la reciprocidad, la corporeidad, la responsabilidad y el amor.
Quien se anime a leerlo no encontrará muchas respuestas, pero sí una especie de mapa del tesoro que anima a aventurarse, y un capítulo final inspirador: porque «la vida es un camino en busca de preguntas fundamentales».








