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LA MIRADA DE LA SEMANA
Antonio Rejano
No fue solo un discurso
PUBLICADO

29 de junio de 2026

Una lectura en clave de unidad de la visita de León XIV al Congreso de los Diputados

El pasado 8 de junio, el papa León XIV se convirtió en el primer pontífice de la historia en dirigirse, desde su tribuna, a los representantes de la nación española. Ni siquiera san Juan Pablo II, en sus visitas de los años ochenta y noventa, llegó a pisar el hemiciclo del Congreso. Que esto haya sucedido ahora no es solo un dato protocolario: es también una señal de los tiempos, y merece ser leído, sobre todo, en lo que tiene de positivo.

El propio papa quiso despejar cualquier ambigüedad desde el primer momento: «Vengo ante todos ustedes como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica». No como un jefe de Estado que reclama un espacio de poder, sino como un pastor que se acerca para servir. Esa distinción explica también por qué un gesto así puede darse hoy sin reabrir viejas heridas entre el altar y el trono: la Iglesia, recordó León XIV, «camina con la humanidad», comparte sus esperanzas y sus heridas, y es precisamente desde esa conciencia de servicio —y no de imposición— desde donde puede hablar con libertad a quienes legislan, «respetando la misión propia de las instituciones».

Vivimos, sin duda, una época de fragmentación: certezas que se diluyen, vínculos que se debilitan, un ruido constante que dificulta el encuentro. Pero es, a la vez, un tiempo de búsqueda intensa de sentido. Quizá sea precisamente esa doble condición —crisis y búsqueda al mismo tiempo— la que abre la puerta a que una palabra como esta encuentre oídos dispuestos a escuchar. Cuando más arrecia la dispersión, más se necesita —y más se agradece— una llamada a la unidad.

Y esa llamada fue el corazón del discurso. El lema del pontificado de León XIV, In Illo Uno Unum —«en Aquel que es Uno, somos uno»— no fue una fórmula decorativa, sino la clave de lectura de todo lo demás. Citando el propio lema de la Unión Europea, in varietate concordia, el papa recordó que «la unidad verdadera no uniforma, sino que cohesiona en la diversidad», haciendo de las culturas y sensibilidades distintas «una ocasión de enriquecimiento mutuo». Pocas frases podrían resonar con más fuerza en una publicación que lleva la unidad en su propio carisma.

De ahí se desprende también una invitación muy concreta para la vida pública: cuidar el lenguaje. León XIV pidió a quienes ejercen responsabilidad pública el deber de «desarmar el lenguaje», recordando que «las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos». Y añadió una frase que merece quedar grabada: «la firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación». En el fondo, es una propuesta de convivencia: que la legítima pluralidad de posiciones no degenere en descalificación permanente del otro, sino que sepa convertirse, cuando es posible, «en decisión compartida».

El papa quiso además anclar este mensaje en la propia memoria histórica de España, presentada no como motivo de división, sino como patrimonio común. Recordó cómo la Escuela de Salamanca, y de manera particular fray Francisco de Vitoria, contribuyó hace quinientos años a sentar las bases del derecho internacional moderno, al sostener que «todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes», incluso frente al poder o la fuerza. Aquel anhelo, subrayó, «sigue hablando también hoy», recordando que ninguna mayoría puede pasar por encima de lo que pertenece a todos.

Sobre esa base, el discurso desplegó una visión de la dignidad humana que vale «desde su concepción hasta su ocaso natural», con un cuidado especial hacia los más vulnerables, los enfermos y quienes viven entregados al amor de los demás. Pidió también que toda política migratoria parta de las personas concretas, ofreciendo «vías seguras y legales» y una acogida fiel a su dignidad, en vez de limitarse a gestionar flujos. Y, en el plano internacional, frente a quienes ven en el rearme casi la única salida ante un mundo frágil, propuso otro camino: una seguridad que «nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional» —más lento, sin duda, pero el único que de verdad construye—.

Hubo, también, un momento de honda belleza simbólica. León XIV se fijó en un detalle arquitectónico del propio Salón de Sesiones: la claridad que cae desde el lucernario situado en lo alto de la sala. Esa luz, dijo, recuerda que también la política necesita reconocer «una medida que la precede y la supera». Una imagen sencilla, pero que resume bien el espíritu de toda la intervención: no imponer desde fuera, sino iluminar desde dentro.

El resultado fue una de las ovaciones más largas y transversales que se recuerdan en aquel hemiciclo. Más allá de las lecturas que cada uno quiera hacer, ahí queda un dato significativo: una palabra que no buscaba ganar un bando, sino tender un puente, fue capaz de unir, al menos por un instante, a quienes habitualmente solo se miran desde la distancia.

Tal vez ese sea, después de todo, el fruto más propio de un carisma como el que anima estas páginas: creer que la unidad, lejos de ser una utopía ingenua, sigue siendo la noticia más necesaria —y más realista— para nuestro tiempo.

34 91 725 95 30

Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura