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LA MIRADA DE LA SEMANA
Ana Rubio
¿Navidad en bañador?
PUBLICADO

08 de diciembre de 2025

Este año, y con el otoño tan tardío, o más bien inexistente, que hemos tenido en el sur, y como ya hace algunas semanas comentaban en otro artículo mis compañeros, teníamos la sensación de seguir viviendo en un verano eterno. Días de manga corta en pleno noviembre, noches que no invitan a sacar el edredón y una sensación constante de que el calendario va por un lado y el clima por otro.¿Quizás el cambio climático y sus efectos? ¿Quizás ese cambio progresivo del clima que va dándose silenciosamente a lo largo de los años? No tengo claro cuál es el motivo exacto, pero sí tengo claro que no estamos preparados psicológicamente para ello. Nos cuesta asimilar que lo “normal” ya no es lo que era, y que lo que antes nos sorprendía ahora comienza a convertirse en costumbre.

 Por otro lado, y completamente a contracorriente del clima, están las “temporadas” en las tiendas, que cambian según su calendario fijado y no según la realidad que vivimos. Y es ahí donde aparece esa desconexión absurda: ¿si se me rompen las chanclas en septiembre, tengo que esperar a abril del próximo año para encontrar unas nuevas? ¿Alguien quiere comprar un abrigo o un jersey con casi 40° a la sombra? Las grandes multinacionales siguen un ciclo fijo que ya no encaja con la vida real, como si el planeta no les hubiera avisado suficientes veces de que sus ritmos ya no coinciden con los nuestros, pero todo sea por consumir.

 Y si hablamos de consumismo, no podemos evitar pensar en Navidad: esa época que, cada año, empieza antes. Luces, alumbrados, decoración, villancicos en bucle… Todo enfocado a recordarnos o a empujarnos hacia lo que parece ser “lo importante” de estas fechas: comprar, comprar y comprar.

 Haciendo una búsqueda rápida, y con ayuda de nuestra amiga la IA, en mi ciudad, en los últimos 15 años el alumbrado navideño se ha adelantado unos 10 días, que podríamos resumir como diez días más de estímulos para gastar. Y eso sin contar que las tiendas ya llevaban llenas de elfos, Papá Noeles y nieve falsa unas semanas, antes siquiera de que podamos guardar la ropa de verano.

 Todo esto, la alteración del clima y el adelanto constante de la Navidad, me hace pensar que quizá dentro de unos años terminemos inaugurando la Navidad desde la piscina, con un roscón flotando en una colchoneta inflable. Y aunque la imagen pueda resultar cómica, también da un poco de vértigo.

 Porque al final, entre tanto clima que no cuadra y tanta compra anticipada, corremos el riesgo de olvidar lo esencial de estas fechas. No olvidemos qué celebramos, que poco tiene que ver con luces encendidas en noviembre ni con colas infinitas en los centros comerciales. La Navidad, al menos la mía, se sostiene en cosas pequeñas: una mesa compartida, una llamada a tiempo, una tarde sin prisa, un gesto amable. Todo aquello que no se compra.

 Así qué, en medio del ruido, del calor inesperado y de los escaparates que nos gritan que compremos, hagamos el esfuerzo consciente de volver a lo que de verdad importa. Porque la Navidad no debería empezar cuando se encienden las luces, sino cuando encendemos un poco de calma en nuestra vida, para que así renazca un año más el Amor entre nosotros.

34 91 725 95 30

Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura