Hay dos meses que ocupan una posición central en nuestros almanaques vitales: mayo y junio; son decisivos para poder vivir el resto del año, como hay decisiones que se toman en un determinado momento, por ejemplo, amar a otra persona.
Dejemos atrás junio, que últimamente con el cambio climático, casi no existe pues lo secuestran los rigores de un estío cada vez más temprano e inclemente.
Pero mayo es diferente, para los cristianos es un mes de fiesta, el mes de la Virgen María, para ellos maternidad plena y gozosa; también en muchos lugares, por ejemplo, en Andalucía, el de las Cruces, donde en torno al principal símbolo de esta creencia religiosa, la Cruz en la que Cristo entregó su vida por la redención de los hombres, se canta y se baila. Atrás quedó la Semana Santa, el eco desgarrado de la saeta en primaverales noches que aún son frescas, la agonía de todo ser humano al verse reflejado en el sacrificio de uno de los suyos, un hombre, hijo de Dios para muchos, para otros una de esas personas llamadas a marcar un significado a una vida que por sí misma sería absurda si no tuviera un sentido, el amor recíproco aunque a veces nos empeñemos en lo contrario.
Mayo ya no es abril, el de procesiones de Cristos sangrantes y Vírgenes dolorosas llenas de lágrimas. Ahora, es un tiempo distinto, de fiesta, de alegría, de sentir muy cerca la gloria.
Ahí están las llamadas fiestas de los mayos, con orígenes que se remontan a la pagana prehistoria, cuando también pudo tener su sentido sacro. Festejan el cambio de las estaciones, que tras los fríos invernales y la lluvia cada vez más necesaria y que generosa nos ha llegado hace poco, las gentes salen al campo y a las plazas de los pueblos y ciudades, y se desprenden de las ropas de abrigo y de todo lo que les estorbe.
Muy pronto habrá que recoger las cosechas, así desde más de dos mil años hasta ahora. No cambiamos tanto.
Los mayos, fiesta que hoy día se sigue celebrando, eran troncos adornados de flores que se ofrecían, en primer lugar a la Virgen, y después a las mozas.
Por toda la Península Ibérica, tanto Portugal como España, los jóvenes compiten, al menos hasta hace poco lo hacían, por trepar a un tronco para coger una prenda que puede ser una flor o un lazo, un pañuelo, algo simbólico, mientras que las mozas divertidas veían con nerviosismo si aquel por el que suspiraban, era el afortunado en cogerlo el primero.
En Córdoba, ciudad de destino a la que hay que venir por lo menos una vez en la vida igual que se va a Santiago, Roma, La Meca o Jerusalén, son treinta y un días de fiesta continua.
Primero, las cruces, herederas de los mayos en los que el tronco se cambió por el símbolo cristiano de la cruz. Engalanadas y bellas, orgullo de los barrios, que compiten por un premio aunque a veces el mismo sea simplemente montarlas. Y en torno a ellas el baile por sevillanas, las tapas con los amigos y la familia y una copa de vino de estas benditas viñas. Sí, Cristo murió en la cruz, pero resucitó y con su ejemplo nos dice que el penar dura poco, que espera un paraíso eterno para el que quiera seguirle y para el que piense de otra forma, la paz y el descanso que tampoco es poca cosa.
Después los patios, solo los que hemos vivido en ellos desde nuestra más tierna infancia, sabemos lo que significa nacer entre macetas y flores, las sombras de un limonero o una parra, el olor a azahar de los naranjos o de la dama de noche, jazmines que nunca faltan. Y la luz, la luz que tienen los patios es algo misterioso y único, azules de azules cielos que con la cal se hacen paredes blancas, noches de estrellas y lunas que son sugerentes y calman. Rincones para estar solo, con la lectura de un libro y luego, cuando toque, con las familias extensas, que no son solo padres e hijos, sino abuelos y vecinos. Y los animales que conviven con nosotros, insectos entre las flores para ellas tan necesarios, los de compañía, perros y gatos y hasta las lagartijas que en los días calurosos buscan el sol de la vida para cuando toque esconderse y dormir en los cortos inviernos.
En los patios, en su más primigenio origen, herencia mora o hebrea, semítica siempre, que los cristianos adaptaron como propia, se produce el milagro de la naturaleza. ¿Conseguiremos conservar su esencia sin caer en la tentación de hacer de ellos un mero espectáculo para turistas? Pero muchos dirán que de algo hay que vivir…
Y por último, Córdoba despide mayo con la feria, que en el Sur dura más de una semana y que ya no son mercado de ganados y bestias, ni de objetos diversos como nos cuenta la Historia sino un espacio utópico, ilusión de los niños por cacharritos y tómbolas, fuegos artificiales y para jóvenes y mayores baile y diversión en las casetas efímeras. Parece que por unos días, esté prohibido estar triste.
Mayo, que no se nos pierda, que hay que vivirlo con todas sus consecuencias.








