Todavía recuerdo el lugar donde don Silvano Cola, sacerdote patrólogo y psicólogo de gran perspicacia cultural que en estas semanas habría cumplido 95 años, nos habló de la necesidad de superar la mentalidad dual. Estaba en una especie de albergue juvenil en las montañas del Valais en Suiza, en la segunda mitad de los años 80. Conversando con este gran experto en historia, conocedor de la cultura y testigo del carisma de la unidad estábamos allí un puñado de sacerdotes y seminaristas.
Personalmente, era sacerdote desde hace solo unos años. El discurso que nos hacía don Silvano me fascinaba por la luz que emanaba y por los vastos horizontes que abría, pero al mismo tiempo me inquietaba. No estaba en mis categorías mentales forjadas por una clásica formación doctrinal católica y mucho menos en la típica propensión de los jóvenes de aquellos años para quienes el blanco es blanco y el negro es negro: ¡ningún compromiso! A distancia de décadas y con la experiencia de una vida, hoy me es más fácil captar la sabiduría, la profundidad y la verdad de ese discurso. Y mucho más en el contexto de un mundo y de una Iglesia en la que proliferan las polarizaciones y se descarta, se descalifica, se condena al otro en nombre de la propia «verdad».
El argumento de don Silvano tenía no solo evidentes motivaciones históricas ‒basta pensar en la continua sucesión de guerras sangrientas y batallas ideológicas‒ sino también sólidos fundamentos teológicos, que eran esencialmente dos. El primero: Dios Padre, que es el Absoluto, el Todo, custodia en sí al Otro (el Hijo) y en el amor crea también el espacio para otro «fuera» de sí (la creación). Y el segundo: el Hijo, hecho hombre, en el momento de la pasión desciende hasta los infiernos del pecado para llevar el Amor y así realiza una reconciliación universal. Queda, por supuesto, el espacio para la libertad humana que puede también no abrirse y no acoger este don ‒y aquí está todo el drama de la historia‒ pero si están así las cosas, una mentalidad dual y no inclusiva revela todo su límite y, en definitiva, su falta de fundamento.
El hecho de que a todos los niveles ‒desde los más macroscópicos como la política y la visión de la Iglesia que tenemos hasta las relaciones cotidianas‒ seguimos sin entendernos, no incluirnos y a menudo polarizarnos, muestra que todavía no hemos comprendido que estamos hechos para acoger y custodiar dentro de nosotros al otro en su diversidad, para dejarnos trabajar y enriquecer, y que como cristianos estamos llamados a inclinarnos con amor también sobre lo que es (o parece) desviado y a hacernos cargo de ello.
Sin duda, se trata de una revolución mental, antropológica, categórica y conductual, de una siempre nueva «conversión» de nuestro modo de ser, pensar y actuar que sigue desafiándonos. El papa Francisco, el obispo de Roma «elegido del fin del mundo»[1], desde hace diez años sigue invitándonos y acompañándonos en esta revolución y conversión que comienza por nosotros y por lo hemos vivido para convertirse después también en la reforma de la Iglesia que habían solicitado los cardenales antes del cónclave.
Se trata de abrirse a la polaridad y pluriformidad de lo real para no caer en las polarizaciones y aprender que, en la lógica de los procesos, las inevitables tensiones pueden volverse generativas.
Es sobre este tema sobre el que gira el enfoque del presente número de Ekklesia, con particular atención al tema tan actual de la interculturalidad y con una mirada también a la aportación del pensamiento oriental que podrá favorecer expresiones culturales del cristianismo en buena parte aún por explorar. Obviamente, se podría dirigir la mirada también a otros universos culturales, como por ejemplo la cosmovisión de los indios o la sabiduría africana.
Se entiende por sí mismo que este número de Ekklesia no puede agotar el amplio tema de las polarizaciones y de la intercultura. Somos conscientes del límite, pero esperamos que estas páginas puedan al menos abrir algunas pistas y ofrecer puntos de reflexión que luego se traduzcan en modos de actuar.
En conclusión, un guiño existencial. No pocas veces la diversidad nos desconcierta y nos molesta, a veces nos hiere. Acogida con humildad, sin embargo, nos hace un servicio enorme: rompe la cáscara del ego y nos abre más allá de nosotros mismos. Y entonces nos movemos en otro nivel: no en el de la simple ‒y con demasiada frecuencia fría‒ confrontación de las ideas y de las soluciones teóricas, sino en el de la relación en el espacio abierto del amor en la que sopla el Espíritu y que por eso se convierte en generativa, capaz de verdadera innovación.
[1] Francisco, Primer saludo, 13 de marzo de 2013.








