Igino Giordani, diputado y director del periódico Quotidiano, se entrevistó con el papa Pío XII, quien le dijo: “¿qué ha escrito usted? Dicen que es un revolucionario”. A lo que Giordani respondió: “Un verdadero cristiano es, por fuerza, revolucionario: ¿no quiere cambiar el mundo? Solo que su revolución es beneficiosa, construye, no destruye; trae amor, no odio, y rehace la sociedad solidaria”[i]. Este mensaje no es sólo para políticos, sino para toda persona que trata de vivir con coherencia sus convicciones a favor de la fraternidad. Es una llamada de atención a nuestra forma de actuar.
En estos tiempos nos sentimos impotentes ante las barbaridades que seres humanos con poder son capaces de hacer para destruir a otros que no ven como iguales, enviando a jóvenes a matar a otros jóvenes, fanáticos que asesinan a quien creen enemigo, o bombardean niños y escuelas. La guerra nunca ha dado la victoria “a quien tiene razón sino a quien tiene cañones, no a la justicia sino a la violencia”[ii]. Y creemos que son otros los que tienen que actuar, los políticos, los gobernantes. Y sin duda hemos de exigirles que dirijan sus esfuerzos al diálogo, a la diplomacia, a la búsqueda de la paz… y no se enreden tanto en guerras internas, descalificaciones, intereses o luchas de poder.
En su encíclica Dilexit nos, el Papa Francisco “viendo cómo se suceden nuevas guerras, con la complicidad, tolerancia o indiferencia de otros países, o con meras luchas de poder en torno a intereses parciales, podemos pensar que la sociedad mundial está perdiendo el corazón”[iii]. Y hace toda una reflexión sobre el significado del corazón “sede del amor… si allí reina el amor una persona alcanza su identidad de modo pleno y luminoso, porque cada ser humano ha sido creado ante todo para el amor, está hecho en sus fibras más íntimas para amar y ser amado”[iv].
Me ha sorprendido que el Papa, en un periodo histórico en el que vuelven los miedos y las dictaduras que desencadenaron una segunda guerra mundial, escriba sobre el corazón. Lo que está pidiendo es un cambio de mentalidad. Nuestra revolución debe nacer desde dentro de cada uno. Nadie es insignificante, anciano, marginado, migrante, vulnerable, nadie está excluido de su responsabilidad de construir la paz y la fraternidad. En pequeñas dosis, sin hacer ruido, con el amor que todos tenemos en nuestros corazones, y que desde la fe sabemos que no depende de nuestras fuerzas. Pero sí de nuestra voluntad, ya que tenemos la libertad de amar u odiar. En su discurso tras el Sínodo de la Sinodalidad destaca que “en este tiempo de guerras, debemos ser testigos de paz, aprendiendo a dar forma real a la convivencia de las diferencias”.
Se nos invita a ser no solo espectadores sino protagonistas de nuestra pequeña historia, sembrando nuestras relaciones de ese verdadero amor que brota del corazón, creando unidad donde hay diversidad. Esa es una revolución silenciosa pero eficaz e imprescindible para cambiar el rumbo de la historia presente.
[i] Giordani, Igino. Memorias de un cristiano ingenuo. Ed Ciudad Nueva. Madrid 1983, Pag 103.
[ii] Ibid., pág. 45.
[iii] Papa Francisco. Carta Encíclica Dilexit Nos, 22.
[iv] Ibid., 21








