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LA MIRADA DE LA SEMANA
Ana Moreno Manuel Toribio
La pregunta
PUBLICADO

16 de septiembre de 2024

En la película “Shakespeare enamorado”, de John Madden, la reina Isabel I de Inglaterra hace una pregunta proponiendo un reto: ¿puede el teatro mostrar la verdadera naturaleza del amor? Para saber si alguien lo consiguió se recomienda ver esta bella película tan espléndidamente ambientada, o si se prefiere, volver a leer Romeo y Julieta, donde incluso lo que los dos amantes sienten logra traspasar la propia muerte y se hace eterno.

Y ¿por qué hablamos de esto? Porque viendo el desarrollo que está teniendo la Inteligencia Artificial (IA), cabe preguntarse: ¿Puede la IA expresar los verdaderos sentimientos del ser humano?

La IA es sin duda un potente instrumento que está suponiendo un gran avance y ayuda para la Humanidad. A lo largo de la Historia se han sucedido hitos revolucionarios que han comportado, por un lado, un gran desarrollo, pero por otro, controversia porque no todo el mundo ha querido acogerse a las novedades: desde el uso del arado, que permitía reducir el esfuerzo y el tiempo a emplear en la tierra, hasta máquinas de la Revolución Industrial contra las cuales se creó el movimiento ludista.

La IA consigue analizar en muy poco tiempo una ingente cantidad de información y, a partir de ella, elaborar respuestas a los retos que le planteamos como lo haría una persona. Será importante, por tanto, que encuentre mucha información positiva y que sus respuestas favorezcan siempre los valores humanos.

Un ejemplo de esto es lo que una amiga nos contó sobre una persona que había preguntado a un programa de IA cómo tenía un cristiano que afrontar un diálogo con una persona no creyente sobre algún tema sensible. La respuesta fue bastante constructiva. Entre las estrategias que le proponía estaban la escucha activa, buscar puntos de encuentro, expresar los valores de forma clara y tranquila utilizando expresiones como “creo que…” en vez de hacer declaraciones acusatorias, reconocer la complejidad del tema, mantener la calma y el respeto, compartir historias personales, animar a reflexionar, saber retirarse respetuosamente si la conversación ya no es productiva. Casi al final decía, antes y después de afrontar el diálogo, como cristiano puede ser útil rezar para pedir la sabiduría, la compasión y la comprensión.

Muchas personas que quieren expresar en un poema o en una canción, lo que para ellos significa amar a otra persona, un lugar, recordar un tiempo pasado que fue mejor o crear las expectativas de un futuro esperanzador, de un mundo justo, en paz y respetuoso entre credos, razas, culturas diferentes, buscar un equilibrio entre el hombre y la naturaleza, una utopía realizable, no una mera ilusión, recurren a la inteligencia artificial porque se sienten bloqueados ante el papel en blanco y creen que no son capaces de escribir nada y esta les ofrece una respuesta, construye frases con más o menos armonía y sentido, incluso bellas, pero tenemos nuestras dudas de que realmente lo logre.

Hay un temblor de las palabras, una vibración del alma, un sonido imperceptible que grita desde nuestro interior y cuando nos damos cuenta percibimos la dimensión de lo escrito, de lo cantado. Son desgarros de nuestra piel interior, eléctricos zigzagueos por nuestras venas y nervios que solo se alcanzan en momentos sublimes y ahí creemos que la comparación no es posible. Como tampoco captar el dolor, hacer que el recitado o el canto encuentre un eco inesperado entre las paredes musculares o los intersticios que quedan libres entre nuestros tendones y huesos. Si la inteligencia artificial logra algún día sustituir al aire que respiramos, si es capaz de captar la ternura, la ligereza de una cadenciosa voz, la fuerza de una mirada; si consigue penetrar en nuestros corazones como lo hace el poeta con sus versos, el pintor con su pincel o aún más sencillo, si es capaz de transmitirnos la calma de una puesta de sol, cuando se pierde entre las montañas o cuando despierta desde el horizonte, el olor de la lluvia cuando empapa la tierra, el frescor del agua que humedece nuestro cuerpo o lo que un amante siente cuando arrebatado de sí mismo se transforma en otro, dos seres que se unen en una cópula espiritual y física para ser ya uno solo.

Si lo logra, nos descubrimos; aunque, quizás, lo dudamos. Desde el origen de los tiempos, el ser humano tiene aún muchas preguntas sin respuesta, pero desde siempre sabe que el amor es el motor de la vida y lo busca con ahínco de mil y una formas diferentes.

Eso no significa que la inteligencia artificial no pueda ser considerada como un instrumento más, otro descubrimiento, otro avance que nos facilita muchos aspectos de lo cotidiano, como lo han sido tantos otros a lo largo de la Historia.

Entonces, si le pides que describa la verdadera naturaleza del amor, puede que nos proporcione una rápida respuesta, pero nunca logrará transmitirnos lo que Romeo y Julieta sienten el uno por el otro, que les lleva, en medio del caos y la confusión, a dejarse arrastrar por una oscura senda con tal de permanecer unidos para siempre.

De hecho, parece que es más eficiente si al hacerle la pregunta le decimos frases como: “A ver si eres capaz de… “. Esto mejor que pedírselo por favor. A fin de cuentas, es una máquina que, por ahora, no demuestra tener sentimientos.

34 91 725 95 30

Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura