Cuando adultos y jóvenes dialogan sin máscaras, desde la vulnerabilidad compartida.
Hace unos meses, en una universidad de México, viví una experiencia intensa: un taller de diálogo entre 50 profesores y 50 estudiantes. El taller duró dos días, que fueron muy intensos. Al principio, todos se miraban con recelo. Los jóvenes se sentían juzgados. Los profesores, por su parte, acostumbrados a la cátedra, se sentían incómodos al participar en un diálogo directo.
Lo primero que hicimos fue crear un espacio seguro, con reglas compartidas: escuchar sin juzgar, libertad de expresión, confidencialidad. Luego pedimos a cada uno que escribiera en una tarjeta su pregunta existencial: lo que realmente les inquietaba en lo más profundo. Cuando leí en voz alta estas preguntas, delante de todos, me llamaron la atención dos cosas.
La primera: a muchos adultos les costaba despojarse de su papel. Sus preguntas solían referirse a la función educativa, sin llegar al yo más íntimo: «¿Cómo puedo transmitir ciertos valores?», o «¿Cómo ayudarles a ser más resilientes?». Los jóvenes, en cambio, eran más directos, más conectados con sus emociones y sus inquietudes profundas.
La segunda cosa que me llamó la atención es que, una vez eliminadas las preguntas más «profesionales», las restantes eran sorprendentemente similares entre las diferentes generaciones: «¿Puedo amar para siempre?», o «¿Soy suficiente?», o incluso «¿Cuál es el sentido de mi vida?». Esa sintonía conmovió a todos. Un chico dijo: «Me gustaría abrazar al público: he descubierto que los adultos también tienen miedos y preguntas, igual que nosotros». A partir de ese momento, la desconfianza se disipó. Se creó una nueva solidaridad: todos se sintieron en el mismo barco.
De esta experiencia se desprenden dos lecciones para el diálogo con los jóvenes. Primera lección: se necesita un espacio seguro, donde puedan expresarse y ser escuchados sin temor a ser juzgados. Esto nunca se puede dar por sentado. Segunda lección: los jóvenes escuchan a quienes no se colocan en un escalón superior, sino que se muestran capaces de dar y también de recibir. Si sienten que el adulto no puede enriquecerse con ellos, difícilmente se abrirán de verdad. Sin una cierta reciprocidad, el diálogo nace muerto. O ni siquiera nace.
Es cierto lo que decía Pablo VI: hoy en día no se necesitan tanto maestros como testigos. Y solo quien es testigo puede ser realmente maestro. Para serlo, los adultos debemos bajar del escalón de la superioridad. Esto no significa renunciar a nuestras convicciones, sino reconocer que no son absolutas. Significa, ante todo, aceptarnos vulnerables. Todos estamos, siempre, en camino.








