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Francisco de los pobres, de la paz... y de las sorpresas
PUBLICADO

23 de abril de 2025

El papa que vino de lejos y se ha ido aún más lejos. Un pontificado complejo, de apertura y Evangelio, de contraste con la violencia y la guerra y de cercanía a los más pequeños

Había dicho, nada más ser elegido papa, que había venido de los confines de la tierra. Pero ha logrado hacer que los límites de la Iglesia sean aún más amplios de lo que eran antes. Pensemos en Tomás de Aquino, que sostenía que la Iglesia es tan vasta como la humanidad por la que Cristo murió en la cruz. El papa Francisco encarnó esta verdad teológica.

Si se pudieran hacer investigaciones profundas y sinceras sobre el pontificado que concluyó ayer a las 7:35 de la mañana, se vería cómo la popularidad del papa se debe, en efecto, particularmente, a la natural simpatía y empatía que ha despertado en los que no van a la iglesia. Su atención a los siete mil millones de seres humanos que no son católicos ha sido la nota peculiar de su pontificado, que ha durado desde el 13 de marzo de 2013 hasta el 21 de abril de 2025, doce años muy densos y no previsibles.

Evidentemente, se ha interesado por el mundo católico, por los más de mil millones de cristianos vinculados a Roma, y mucho, pero prestando especial atención al "pueblo de Dios", más a los simples fieles que al clero, más a los testigos de Cristo que a los portadores de cualquier título. En esto, el papa Francisco será recordado como el papa católico más que católico. Es decir, siguiendo la etimología, universal.

Hombre de sorpresas, fue el papa Francisco - Jorge Mario Bergoglio, de origen piamontés, nacido el 17 de diciembre de 1936 en Buenos Aires- desde la primera parte de su pontificado, cuando se negó a vivir en los "palacios sagrados". Era un hombre de grandes dotes comunicativas, como demostró por ejemplo durante el drama del Covid, cuando quiso hacerse presente al mundo e invitar a todos a rezar atravesando una Plaza de San Pedro desierta, único transeúnte terrestre, símbolo del ser humano que se encuentra despojado de todo su poder, a merced de la enfermedad, que invoca a su Dios. Fue un hombre de sorpresas hasta el final, hasta el día de Pascua, cuando quiso estar presente en su plaza y donde recibió al vicepresidente estadounidense Vance, a pesar de que se conocían sus diferencias con la actual presidencia estadounidense.

Un hombre de los pobres y de los pequeños como San Francisco de Asís, cierto, pero también un hombre que hablaba de tú al poder, en este digno discípulo de San Ignacio de Loyola. En sus viajes no quería que se incluyeran demasiados momentos de protocolo en los programas, evitando las cenas de gala, obligando a obispos y nuncios a sustituirlos por almuerzos baratos en el comedor de turno. Y haciendo esto hacía política, indicando a los poderosos el verdadero objetivo que les concernía, el de la justicia y la paz.

El Papa Francisco estaba en deuda por su pensamiento con esa corriente sudamericana definida como la "teología del pueblo", que no debe confundirse con la más conocida "teología de la liberación". Le interesaba la fe popular, más que la fe militante teñida de política. Esta tendencia suya se pudo comprobar en los nombramientos episcopales y cardenales: siempre favoreció a los sacerdotes cercanos al pueblo sobre los hombres que es preocupaban de las apariencias. Y ha querido subvertir todas las tradiciones de "carrera eclesiástica" que habían madurado a lo largo de los siglos en la Iglesia: las sedes cardinales tradicionales se han convertido así en simples sedes episcopales, siendo elevadas a la púrpura solo en contadas ocasiones.

El papa Francisco ha pasado por crisis históricas, incluso en la Iglesia. Sobre todo, la progresiva desafección por parte de una gran parte de los fieles de las prácticas religiosas, especialmente en el universo euroatlántico. Prestó especial atención a la "planetización" de la Iglesia católica, elevando a la púrpura a los prelados titulares de diócesis muy alejadas del centro de la catolicidad, como ciertas islas del Pacífico, o remotas tierras asiáticas. No hay que olvidar tampoco los grandes desafíos del catolicismo, como el cisma aventado en la Iglesia en Alemania y en el norte de Europa, así como la gravísima crisis de los abusos cometidos por hombres y mujeres de la Iglesia, o la difícil reconciliación de los principios éticos de tantas comunidades del hemisferio sur y del hemisferio norte. También la reforma de la Curia Romana no ha estado exenta de momentos delicados, entre ellos la cuestión de la justicia vaticana.

En estas crisis, muy pragmáticamente, el papa Francisco ha optado por "navegar a la vista", posponiendo los temas problemáticos (como en el último sínodo) sin romper nunca, tratando de mantener un equilibrio que en cierto modo parecía imposible. Otros temas delicados: el de los movimientos nacidos en torno al Concilio Vaticano II; la de la convivencia con un "papa emérito"; o incluso el de la sinodalidad, o si se prefiere de la Iglesia-comunión, un proceso ya iniciado por sus predecesores.

El papa Bergoglio también se ha referido a la progresiva intensificación de los vientos de guerra, acuñando al comienzo de su pontificado una expresión que se ha vuelto universalmente utilizada: "La Tercera Guerra Mundial a trozos". Trató de insertarse en los procesos de tregua y pacificación, con mayor o menor éxito. Pero ha "gritado" paz, siempre y de todos modos.

Pero, sobre todo, este Papa será recordado por su continua referencia al Evangelio, a la Palabra que hay que vivir, a la necesidad de que los cristianos demuestren que forman parte del seguimiento de Cristo con obras y no con títulos. Creo que este paso adelante en la dimensión evangélica es ahora definitivo: el sucesor, sea quien sea, no podrá volver atrás.

Fuente: Città Nuova

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Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura