Enrique Cambón ha sido profesor en varias instituciones latinoamericanas y europeas, y autor de numerosas publicaciones, entre ellas un ensayo titulado, Un Dios ausente que perturba y provoca (Effatà Ed. 2019). Le pedimos a Cambón que hablara de la hipótesis central de este trabajo para nuestros lectores de Ekklesia.
Hay tantos caminos para llegar a Dios como personas en la tierra. Así escribía J. Maritain en un libro suyo sobre la «búsqueda de Dios». Esto, que se aplica a las personas individuales, también se aplica a la historia humana. Cada época tiene su modo de concebir a Dios con acentos, crisis y búsqueda de nuevas respuestas adecuadas a los tiempos.
¿Cuáles podrían ser las características de nuestro tiempo que hacen que ciertas imágenes de Dios queden obsoletas? ¿Y qué aspectos, incluso no desarrollados hasta ahora, pueden contribuir hoy a hacer posible la fe en el Dios cristiano?
Una pareja de profesores, queridos amigos, muy comprometidos con el cristianismo evangélico en América Latina, en un cierto momento sintieron que su experiencia y sus convicciones, a pesar de lo que tenían de válido, ya no respondían completamente a sus necesidades en el mundo actual. No había tenido noticias de ellos en meses. Hasta que me las arreglé para saludarlos y preguntarles cómo estaban. Su respuesta fue: «Va muy mal. Estamos lejos de la Iglesia. Estamos en un período de escepticismo. No se debe a algo en particular que nos haya pasado, sino a una serie de cosas en las que hemos estado pensando. Estamos cuestionando todo, a partir de la misma existencia de Dios. Vivimos en un mundo en el que Dios no se manifiesta. Aparte de la fe y el testimonio de la Iglesia, no hay signos de Dios en ninguna parte. Nuestra experiencia en estos años ha sido la de un Dios que no escucha las oraciones y que en los momentos de mayor necesidad simplemente no está allí, no responde. Sentimos una soledad cósmica. Entonces, ¿qué motivo racional, qué justificación tenemos para creer en Dios?».
No me sorprendió lo que estaban viviendo. Contiene sintéticamente las dos realidades que en mi opinión están en el origen de la decadencia precipitada de buena parte del cristianismo, sobre todo en Occidente. La primera es la necesidad de repensar, como a lo largo de toda la historia, la vivencia y la presentación de las realidades de la fe de un modo más adecuado a las exigencias del propio tiempo. La segunda es lo que ellos llaman «la misma existencia de Dios».
No nos ocuparemos de la primera. No solo porque es imposible hacerlo en un artículo breve, sino también porque aumentan constantemente las experiencias y publicaciones al respecto. Es el segundo supuesto el que nos interesa principalmente en este momento. En primer lugar, porque allí se encuentra la raíz de toda duda de fe y, además, porque es un tema que hoy se presenta con preguntas que a menudo no encuentran respuestas del todo exhaustivas. El mensaje de esos amigos contiene temas que desafían al creyente de hoy. Creer hoy pienso que implica tratar de responder a esos desafíos existenciales e intelectuales de la manera más seria posible.
¿Realmente se vive hoy una «noche» de Dios?
Los testimonios podrían ser innumerables. Cada vez más se convierten en un signo de los tiempos ineludibles. Crece el número de personas no solo a las que la dimensión religiosa no interesa y para las que no forma parte de su vida, sino también de quienes «no logran» creer aunque lo deseen. Menciono algunos ejemplos emblemáticos.
Un delicioso librito de una escritora italiana hace decir a un personaje de su breve novela, dirigiéndose a Dios: «No es necesario que seas evidente, no cambia nada para mí»[1].
En la película Silence de Martin Scorsese, que habla del cristianismo en Japón en el siglo XVII, con sus persecuciones, torturas, etc., el joven jesuita que es uno de los personajes centrales, mientras está encarcelado, consciente de las torturas que se infligen en ese momento a los cristianos, exclama dentro de sí con relación a Dios: «He luchado toda la vida con tu silencio». No me ha parecido solamente la afirmación angustiosa de un creyente, sino expresión de un grito que sube al Cielo cada vez más claramente en este tiempo que vive la Humanidad. De hecho, para poder citarlo con precisión, fui a buscar la frase en la novela de los años 60 del escritor católico japonés Shusaku Endo de la que se ha sacado la película. No está. ¡No es por nada por lo que sintieron la necesidad de añadirla hoy!
Otro testimonio, entre los muchas posibles, es el de un conocido periodista e intelectual, Indro Montanelli, que decía, ya cerca de los 90 años y sin recibir respuesta: «Daría años de mi vida por tener fe»[2].
En la historia siempre ha existido el ateísmo. No por último, a causa del «silencio», de la «ausencia», de la «no intervención» clara y potente de Dios en los dolores y tragedias humanas. Solo que hoy se perciben estas realidades con una fuerza que supera, en intensidad y lucidez, la forma en que se sentían en el pasado. Por eso creo que la prueba para la fe ya no es tanto el ateísmo como lo que se ha llamado la «noche de Dios», vivida hoy, y quizás cada vez más en el futuro, a nivel epocal y planetario.
El Dios Uno y Trino es la respuesta cristiana, la única sostenible, a la situación del ateísmo actual[3]
¿En qué sentido es «debido» al Dios Uno y Trino de la fe cristiana el hecho de que sea «un Dios oculto» (Is 45, 15), que se pueda sentir «como ausente», que «permita el mal y el sufrimiento», que «no intervenga» ante las tragedias de la humanidad, que la mayoría de las veces parece que «no escucha» nuestras oraciones?
Para responder habría que sintetizar en pocas palabras en qué consiste sustancialmente la vida unitrinitaria en Dios. Hay muchas formas de hacerlo. Una podría ser la siguiente. Dios, como nos lo hace descubrir la fe cristiana, es Amor. Por eso no sorprende que en él haya relaciones y pluralidad. El amor exige para ser tal, tres realidades: el amante, el amado y el amor. La plenitud de una relación de amor está hecha de don, acogida, reciprocidad. Es comprensible que en los textos de teología se encuentren descripciones de la vida íntima de Dios de este tipo: el Padre es la fuente eterna del Amor; el Hijo es en la Trinidad eterna acogida del Amor que vuelve al Padre con gratitud infinita; el Espíritu Santo es el vínculo de Amor entre el Amante y el Amado. Cuando decimos que en Dios se encuentran tres Personas que son Uno, estamos diciendo que Dios es Amor entregándose en tres formas diferentes: es tres veces él mismo haciendo que el otro sea. Así expresó un conocido teólogo la vida íntima de Dios: «Es el don de sí, como única modalidad de ser»[4].
Si entendiéramos esto, no debería escandalizarnos el modo de actuar de Dios con respecto a la historia humana y al cosmos. Aprovechar el porqué de su modo de relacionarse con cada uno de nosotros y con toda la historia humana equivale a dejar que Dios sea realmente Dios. De este modo, lo que constituye para muchos el mayor tropiezo para la fe se puede transformar incluso en el indicio más fuerte de su existencia. ¿Y qué hay de su «omnipotencia»? Es una omnipotencia de Amor, que se manifiesta, libremente, con un «estilo trinitario».
Si Dios es Amor, es comprensible que se relacione en su interior, y por lo tanto hacia la Humanidad, siendo él mismo haciendo que el otro sea verdaderamente él mismo y por lo tanto responsable y libre. Un Dios «intervencionista» ante toda dificultad humana, que nos «obligue» con su evidencia, que no nos respete hasta el fondo, porque en realidad es él quien lo ha decretado todo desde siempre y es él quien tiene en sus manos las riendas de la historia humana; que no dejara espacio a la libertad humana y, por tanto, a su posibilidad de amar a su vez en reciprocidad; un Dios que «negociase» (te doy la vida eterna si vives como yo digo); que, cuando nos equivocamos, necesita ser «pagado» con nuestros sufrimientos; que no permite que su interlocutor (el ser humano) pueda ser un verdadero constructor de su propio destino... no sería Amor, ni creíble ni plausible.
Por eso descubrimos cada vez más a Dios como aquel que estimula, sostiene, espera con paciencia infinita, lleno de misericordia porque sabe como nadie como cómo estamos hechos (fue él quien nos creó así), que no se impone ni se sustituye a nosotros, sino que deja espacio, más bien «se anula», corriendo todos los riesgos que implica la libertad humana, para que podamos amar como él ama.
Por un Dios así, nos podemos jugar la vida. Entre las dos posibilidades ‒razonar y comprometerse a negar a Dios (con todas las consecuencias incluso negativas que pueda implicar) o hacerlo para encontrar una comprensión de Dios más razonable, más creíble‒ muchas personas prefieren hoy arriesgar y apostar inteligentemente por esta última.
Su «ausencia» y su «silencio» están diciendo a la humanidad: yo no te obligo con mi evidencia innegable, no te «chantajeo» con la promesa de una eternidad dichosa si eres capaz de vivir de cierto modo y cumplir ciertas reglas, no te «utilizo» para aumentar mi gloria. En una palabra: «Yo te amo».
¿Puede tal concepción producir oscuridad?
Si creo así, sin evidencias, sin «pruebas», sin seguridades absolutas, sin milagros y experiencias místicas aplastantes, sin «sentir» a Dios, esa fe, que se expresa amando desinteresadamente a cada prójimo, ¿puede caminar el creyente mano a mano con la oscuridad? Si así sucediera, ¿sería posible sentir la unión con Dios en medio de la «noche» que produce la impresión de su ausencia?
Respondo expresando no solo la experiencia personal de muchas personas, sino también de escritos poco comunes donde se hacen afirmaciones de este tipo: «Es posible ser tocados por Dios y vivir su cercanía también en medio de las tinieblas y del sufrimiento que provoca la sensación de su ausencia»[5]. La existencia humana, y con mayor razón la del creyente, está llamada a vivir hasta el fondo, con todos sus sufrimientos y maravillas, «las aventuras de la libertad»[6].
A la luz de lo que hemos intentado expresar, se puede intuir el significado, a primera vista paradójico, de afirmaciones de Simone Weil como estas: «Dios puede estar presente en la creación solo en la forma del ausente». Y también: «La ausencia de Dios es el más maravilloso testimonio del amor de Dios»[7].
[1] L. Ravera, Il dio zitto, Nottetempo, Roma 2006.
[2] En C.M. Martini - U. Eco, In cosa crede chi non crede?, Liberal, Roma 1997, p. III.
[3] Cf. W. Kasper, Il Dio di Gesù Cristo, Queriniana, Brescia 20119, p. 418, passim.
[4] A. Manaranche, Il monoteismo cristiano, Queriniana, Brescia 1988, p. 210.
[5] B. Welte, La luce del nulla. Sulla possibilità di una nuova esperienza religiosa, Queriniana, Brescia 2023 (3a. edic.).
[6] G. Giorello, Le avventure della libertà, publicado en la colección I Saggi del Corriere della Sera, Milán, n. 6 (2021).
[7] S. Weil, L’ombra e la grazia, Rusconi, Milano 19963, pp. 117, 114.








