El profesor costarricense Norman Marín Calderón, doctor en Filología y editor, aborda en un ensayo la figura literaria del «esperpento», creada en el siglo pasado por el escritor y periodista gallego Ramón María del Valle-Inclán.
Así lo define: «Es una técnica literaria [...] la cual se distingue por examinar una deformación sistemática de la realidad, acentuando sus atributos grotescos e incoherentes donde los animales y las cosas se humanizan mientras que los seres humanos se animalizan. Los personajes del ciclo esperpéntico son seres segregados, lóbregos y deformes, [...] poseen, empero, la perspicacia del bufón. El autor esperpéntico funge así como un demiurgo que interviene en la situación caótica, la puebla de lo grotesco y la estructura como un trastorno». Y añade Marín: «Constituye una forma de vislumbrar el mundo y desenmascarar la realidad».
Esta forma literaria de observar la realidad me trae a la mente otros ámbitos del arte que también «desenmascaran» la realidad, incluso la más trágica, mediante irónicos recursos tangenciales, a veces hasta sarcásticos y crueles, que buscan despertar en el receptor del mensaje algún tipo de reacción, ya sea a favor o en contra del personaje «esperpentizado». No sé, pero por ejemplo muchos ninots de las fallas valencianas o muchas alusiones en las murgas de los carnavales gaditanos tienen cierto sabor esperpéntico.
Lo que quizás sea más sorprendente es cuánto ha invadido esta «técnica literaria» la narrativa periodística, cuando no la crónica histórica. Aquí me ahorro los ejemplos que me sugieren mis neuronas para no herir sensibilidades ni señalar a nadie, no sea que me denuncien por difamador. Ahora bien, si uno está al tanto de la trastienda informativa, fácilmente identificará esperpentos por aquí y por allá. O sea, «animales que se humanizan» y «seres humanos que se animalizan». Y esto admite grados.
Hay un caso que, por tan manido, no creo que hiera a nadie: ¿Cómo se llamaba el famoso novio de la señora Ayuso? Ya saben, ese que lleva tanto tiempo siendo investigado por presuntos delitos fiscales. Casi todos los días aparece en los informativos y con frecuencia se omite su nombre, sustituido por la muletilla: «la pareja de Ayuso». ¿Acaso no tiene nombre propio este señor? Literariamente hablando, Alberto González ha quedado «cosificado» en mera publicidad de su pareja. Esto también es un esperpento. Quiero decir: no él, ni tampoco ella (¡Dios me libre!), pero sí la forma de informar sobre el asunto.








