En este instante hago una pausa, respiro hondo y dejo que cada palabra llegue a lo más profundo de mi ser. Pongo a un lado las inquietudes y los problemas que me rodean, para reconocer en mí algo que es más grande que yo mismo. Soy yo quien lee, quien vive, quien sufre, quien ama… pero lo soy en la medida que no me miro a mí sino a quien se cruza en mi camino, con quien convivo, o trabajo, o pasa a mi lado. El ser humano se convierte en persona al relacionarse con otros seres, al reconocer que “yo soy porque tú eres” como dice la filosofía ubuntu. Y juntos formamos un nosotros que es más grande que cada uno por separado. Es el amor lo que hace posible esta transformación, esta evolución hacia algo más complejo, más perfecto, más unido.
En el desarrollo del niño y el adolescente se atraviesan etapas en las que el amor se centra en uno mismo, es parte del crecimiento, algo natural. Primero se descubre la individualidad, y poco a poco encuentra su lugar en la familia, en el entorno, los amigos, la sociedad. El amor egoísta da paso a un amor a los cercanos y conocidos. Luego a la comunidad de la que se forma parte. Y con los años y el desarrollo de la conciencia moral se alcanza la capacidad de amar a los desconocidos, a cada otro ser humano por el hecho de serlo. Reconocemos al otro como igual, con la misma dignidad, tenga la situación social, raza o creencia que tenga. El amor pasa a ser nuestra forma de vivir y se abre a toda la humanidad.
Esta experiencia está al alcance de cada persona, pero requiere algo fundamental. La voluntad: voluntad de ocuparme del otro, de cambiar la dirección del amor en vez de hacia mi interés, hacia el suyo, de atender y cuidar a quien lo necesita. Es una elección que cada persona se ve obligada a tomar continuamente en la vida cotidiana. Como decía Gandhi, “tú y yo somos una sola cosa, no puedo hacerte mal sin herirme a mí mismo”. Yo decido cómo quiero vivir, qué busco, qué deseo hacer con mi vida. "La puerta de la felicidad se abre hacia afuera" decía Viktor Frankl. Es una aspiración natural, pero no se consigue persiguiéndola, sino que brota como consecuencia de tratar de hacer felices a los demás.
Esta sabiduría ancestral parece haberse olvidado en el mundo actual donde predomina el interés personal sobre el comunitario, la violencia sobre la justicia, la imposición sobre el diálogo, el fanatismo sobre la tolerancia. Asistimos cada día a atrocidades de dirigentes que han acumulado mucho poder y han elegido el egoísmo extremo, han secuestrado a sus ciudadanos e imponen el terror, la venganza, la muerte, despreciando y destrozando a seres humanos que ya no ven como tales. Se han quedado en la primera etapa, no se han desarrollado como personas y son causa de mucho sufrimiento.
Ante estos escenarios que se repiten en la historia, Chiara Lubich comentaba que “para cualquiera que intente hoy mover las montañas del odio y la violencia la tarea es enorme, ardua. Pero lo que es imposible para millones de seres humanos aislados y divididos parece que se vuelve posible para personas que han hecho del amor recíproco, de la comprensión recíproca, de la unidad el motivo esencial de su vida”[i]. Lo que ella propone es atreverse a realizar la experiencia de la unidad. Si no se ha probado es difícil de saborear, pues no es algo teórico sino real, que hay que vivir, hay que aplicar. El Evangelio es una forma de vivir que transforma la realidad personal y colectiva. Ponerlo en práctica es una decisión que depende de nuestra libertad, de nuestra voluntad.
Podemos escoger el egoísmo o el amor verdadero hacia los demás, es una elección que marca nuestra vida, y que hay que tomar cada día. En este instante vuelvo a respirar hondo y asumo la responsabilidad de elegir la forma de relacionarme con cada persona a mi lado. No alcanzamos a cambiar el mundo global, pero sí el cercano, donde nuestra actitud mantiene la esperanza en una humanidad nueva, unida, que busca la paz, porque yo decido escoger el amor como razón, tarea y finalidad de mi existencia.








