Esta es una versión editada de una entrevista entre Margaret Karram, presidenta del Movimiento de los Focolares, y Avrum Burg, antiguo presidente en funciones del Estado de Israel. El encuentro fue grabado originalmente para el pódcast Jerusalem Talks, producido por Notre Dame Jerusalem. Se han seleccionado y editado fragmentos de la conversación en aras de la claridad y se han incluido epígrafes para identificar los temas tratados.
Infancia en Haifa
Avrum Burg:Margaret, naciste en Haifa. Una vez, un amigo me comentó que Haifa es, quizá, la ciudad más significativa de Oriente Medio; precisamente porque es un lugar donde ni Moisés, ni Jesús, ni Mahoma pusieron jamás un pie. Por eso, allí las cosas funcionan. Cuéntame cómo fue la Haifa de tu infancia.
Margaret Karram: Es una ciudad del norte de Israel, en la región de Galilea. Mi familia es árabe católica, de origen palestino. Tengo dos hermanas y un hermano, y nuestro hogar estaba entonces en un barrio judío. Mis vecinos eran judíos, mientras que yo asistía a una escuela dirigida por religiosas católicas.
En el colegio, todos los alumnos eran árabes, pero había católicos, cristianos de diversas confesiones y musulmanes. Crecí, por tanto, en un ambiente multirreligioso y multicultural. Sin embargo, al volver a casa, mi entorno cotidiano era el de los jóvenes judíos de mi barrio.
A los catorce años, unos jóvenes vinieron a nuestra escuela para hablarnos del Movimiento de los Focolares. Yo nunca había oído hablar de ellos; era algo muy nuevo en nuestro país. Al principio no me interesó, porque ya vivía mi fe y mis padres nos habían educado en un catolicismo sincero. Íbamos a misa todos los domingos y yo me consideraba una buena cristiana; no sentía que necesitara nada más. Pero al escuchar a aquellos jóvenes... estaban tan entusiasmados con lo que contaban y desprendían tanta alegría, que me cautivaron.
Una identidad compleja
Avrum Burg: Te has definido como palestina católica. En realidad, posees una triple identidad. ¿Tienes documento de identidad oficial israelí?
Margaret Karram: Sí, lo tengo.
Avrum Burg: Un documento que entra en conflicto con tu identidad nacional palestina. Y, además, eres cristiana. Guíanos por este laberinto: ¿cómo se gestiona ese choque de identidades? ¿Quién eres? Si te detuviera en un puesto de control y te pidiera tu identificación, ¿cuál me darías?
Margaret Karram: Bien, yo nací después de 1948, cuando el Estado de Israel ya existía. Mis padres obtuvieron la ciudadanía israelí porque permanecieron en su tierra. Otros miembros de la familia —mis abuelos, tíos y primos— huyeron al Líbano con la esperanza de regresar algún día. Por parte de mi padre, nosotros fuimos los únicos que nos quedamos. Así obtuvimos la ciudadanía.
Debo ser franca: durante mi crecimiento, mi realidad era el Estado de Israel, aunque en casa habláramos árabe. Esa era mi lengua materna. Pero en la escuela aprendía hebreo, pues era la lengua del Estado; lo estudiábamos como segundo idioma. En aquel entonces, ni siquiera sabía cómo era la bandera palestina. Me sentía árabe y, al mismo tiempo, vinculada a Israel por el hecho de vivir allí. Crecí conociendo a fondo la fe judía y la identidad de Israel como país, pero mis raíces estaban profundamente hundidas en mi cultura árabe.
Sin embargo, más tarde me mudé a Jerusalén.
Avrum Burg: Que es una ciudad radicalmente distinta.
Margaret Karram: Completamente distinta. No era como Haifa, donde las tres religiones coexistían en armonía. Para mí era normal ir a la estación de autobuses y hablar en hebreo o convivir con judíos. Pero Jerusalén me causó un gran impacto, porque era una ciudad fracturada.
Avrum Burg: Un lugar de conflicto en vez de armonía.
Margaret Karram: Exactamente. Lo opuesto a mi experiencia en Haifa. Por darte una imagen: en Haifa está el mar y todo es armonioso y bello. Jerusalén está construida sobre piedra, no tiene mar. Cada vez que regresaba de Jerusalén a Haifa para ver a mi familia, sentía que volvía a respirar. No era solo un alivio físico; sentía que en Jerusalén me faltaba el oxígeno. Fui consciente del conflicto de mi identidad cuando empecé a frecuentar el sector este de la ciudad. Jerusalén estaba dividida: el este y el oeste.
Avrum Burg: El oeste, mayoritariamente judío; el este, predominantemente árabe palestino.
Margaret Karram: Así es. Cuando iba a la parte este a comprar o a reunirme con conocidos —con los cristianos de allí o para ir a la iglesia—, hablaba en árabe, mi lengua materna. Y los palestinos de Jerusalén me decían: «Margaret, tu acento es distinto; eres árabe del norte».
Y si iba a la zona judía por trabajo o para tomar el autobús, hablaba en hebreo (un hebreo muy fluido). Allí los judíos me preguntaban: «¿De dónde vienes?». Yo respondía que de Haifa, y ellos replicaban: «Pero no suenas como una judía, no lo eres». Era como si dijeran: «Entonces, no eres israelí». Fue en ese momento cuando me pregunté en mi interior: «¿Quién soy entonces? ¿Soy israelí?».
Avrum Burg: ¿Y quién eres?
Margaret Karram: ¿Cómo resolví este dilema? Decidí, ante todo, que soy cristiana y que pertenezco a ese pueblo. Pertenezco a Dios. Tener una patria es fundamental; estar arraigado en una tierra es lo que te otorga una identidad. Pero como cristiana, me identifico con mi fe y con una patria que trasciende este mundo. Puse mi mirada en ese mundo mejor con el que sueño y por el que trabajo.
Aprendí que cada ser humano ha sido creado a imagen de Dios. Si creyéramos esto de verdad, seríamos capaces de construir relaciones humanas auténticas.
Focolar: El primer puente
Avrum Burg: «Focolar» significa «hogar» o «fuego del hogar». Es un movimiento que busca, entre otras cosas, tender puentes entre los seres humanos. ¿Cuál fue el primer puente que el Focolar construyó en tu interior?
Margaret Karram: El primer puente fue mi vínculo con Dios. Ese es el paso esencial. Yo deseaba vivir mi vida cristiana con coherencia. A pesar de la complejidad de mi identidad, lo primero fue estar verdaderamente unida a Dios. Y, a través de él, pude conectarme de forma auténtica con los demás.
El Focolar me ayudó a descubrir la impronta de Dios en cada persona. Eso marcó la diferencia. Antes podía pensar: «A este judío puedo respetarlo u odiarlo; a este musulmán, lo mismo». Dependía de cómo se portaran conmigo. Pero aprendí que todo ser humano es imagen de Dios. Si partimos de esa base, el cambio es real.
También cambió mi deseo de transformar la sociedad. Yo sentía que el entorno en el que vivía no era pacífico y quería hacer algo. Pero con el espíritu del Focolar comprendí que no tengo que cambiar a los demás, sino empezar por cambiar mi propio corazón.
Avrum Burg: Te trasladas de Haifa a Jerusalén, de la armonía al conflicto. Al no sentirte plenamente aceptada ni perteneciente a ninguna de las dos partes de la ciudad, en lugar de ir hacia el este o hacia el oeste, decidiste mirar hacia arriba.
Margaret Karram: Exactamente, miré hacia arriba.
Estudiando el judaísmo
Avrum Burg: En lugar de acudir, por ejemplo, al Pontificio Instituto Bíblico o a una facultad de teología en el Vaticano, fuiste a una universidad judía estadounidense. Explícanos cómo tendiste ese puente.
Margaret Karram: El Focolar se centra en la unidad y la fraternidad. Sentí que quería dedicar mi vida y mis energías a esta causa. El movimiento trabaja por el diálogo entre religiones, personas e Iglesias. Por tanto, si quería conocer de verdad al «otro», debía estudiar su realidad. A menudo, es la ignorancia la que alimenta el miedo.
Así que decidí cursar estudios judíos, algo que no fue fácil al principio porque chocaba con mis esquemas previos. Fue en la Universidad Judía Americana en Los Ángeles. La mayoría de los alumnos eran judíos; fue una experiencia intensa y enriquecedora. Estudiar allí durante esos años me permitió comprender la narrativa de otro pueblo. Y lo hice sin filtros: no estudié el judaísmo desde una perspectiva católica, sino puramente judía.
Avrum Burg: ¿Y cómo te ayudó eso a comprender mejor tu propia identidad?
Margaret Karram: Yo ya estaba muy arraigada en la Iglesia católica por la educación de mis padres y de mi colegio. Pero cuando regresé de Los Ángeles a Jerusalén, estudié teología cristiana para equilibrar ambas visiones en mi interior. Ambas dimensiones.
Sobre el diálogo
Avrum Burg: Hablemos del diálogo. ¿En qué consiste? ¿Son dos monólogos paralelos o es algo en lo que uno entra dispuesto a un intercambio real?
Margaret Karram: En un diálogo auténtico, uno debe estar dispuesto al intercambio. De lo contrario, solo habla una parte. Esa es la esencia: encontrar la manera de dejar que el otro entre en tu corazón y sea acogido, y dejarse acoger por él. Si eso no ocurre, yo no lo llamo diálogo, sino conversación o conocimiento mutuo. No es constructivo. Para mí, dialogar implica silenciar mis propios pensamientos para escuchar de verdad.
Avrum Burg: Si entro en este diálogo contigo, con el corazón y los oídos abiertos, y te escucho... ¿esperas que me convierta?
Margaret Karram: En absoluto.
Avrum Burg: ¿Por qué no?
Margaret Karram: Porque el diálogo sincero no busca que el otro cambie de religión o de convicciones. Si lo buscara, mi conversación contigo sería interesada. El diálogo consiste en respetarte y amarte sin esperar nada a cambio. Si hay una agenda oculta, es puro egoísmo.
Avrum Burg: ¿Existe alguna línea roja que no cruzarías jamás?
Margaret Karram: Depende. Si es algo que puedo aceptar, digo: «Nunca lo había pensado así, me has abierto una perspectiva nueva; debo profundizar en ello». No suelo decir de inmediato: «De acuerdo, estoy con usted». Prefiero decir: «Déjeme reflexionarlo». Bajo las revoluciones, lo pienso y volvemos a hablar.
Avrum Burg: ¿Con quién no dialogarías? ¿Hay alguien en este universo con quien digas: «Con esta persona no hablo»?
Margaret Karram: ¿Sinceramente? No, no existe nadie. No pongo límites. Es una respuesta de corazón.
Tal vez sienta miedo al conocer a ciertas personas, o piense que no me van a aceptar. Pero, por mi parte, estoy lista para encontrarme con cualquiera. Al menos, para intentarlo. Si sale mal, salió mal; pero hay que intentar no levantar muros.
Normalmente, alzamos vallas y nos llenamos de prejuicios: «Este es un terrorista», «aquel tiene ideas políticas opuestas», «este no es católico». Ponemos etiquetas que nos separan. A mí me gustaría estar siempre dispuesta a conocer al otro, aunque no estemos de acuerdo y podamos discutir. Al menos, habremos tenido la oportunidad de mirarnos a los ojos.
Las mujeres en la Iglesia
Avrum Burg: Eres la tercera mujer en presidir el Movimiento de los Focolares y, según vuestros estatutos, la presidencia debe ocuparla siempre una mujer. ¿Qué significa el liderazgo femenino en un movimiento tan relevante dentro de la Iglesia católica?
Margaret Karram: Nuestro movimiento cuenta con hombres, mujeres, familias, jóvenes y personas de diversas religiones. Que la presidencia sea femenina es muy significativo. Indica que las mujeres tienen mucho que aportar a la sociedad y a la Iglesia; que poseen talentos y caracteres distintos a los de los hombres.
No digo que las mujeres tengan algo de lo que los hombres carezcan, sino que nos completamos mutuamente. Actualmente, hay mujeres dirigiendo dicasterios en la Iglesia. Durante los tres años del Sínodo en el Vaticano, por primera vez hubo cincuenta y cuatro mujeres participando con pleno derecho, y yo fui una de ellas. La Iglesia está descubriendo cuánto pueden aportar las mujeres a las instituciones eclesiales.
Avrum Burg: ¿Veremos algún día a una mujer papa?
Margaret Karram: No lo sé. Pero sí puedo decir esto: hoy en día, en la elección del papa solo participan cardenales. Mi esperanza es que, en unos años, en esa elección también participen mujeres y laicos, porque ellos representan a toda la Iglesia. ¿Por qué limitarlo a los cardenales? Esa es mi aspiración.
Los efectos del diálogo interreligioso
Avrum Burg: Entre tus múltiples tareas, mantienes una comunicación constante y diálogos con diversas culturas religiosas: budistas en Japón, musulmanes en Indonesia, el patriarca ecuménico en Estambul... ¿Hay un hilo común en todos esos intercambios o son todos diferentes?
Margaret Karram: Hay diferencias, lógicamente, pero también muchos puntos en común. Lo que realmente compartimos es, ante todo, la dimensión espiritual. Y, en segundo lugar, el deseo de trabajar juntos por el bien de la humanidad.
Avrum Burg: Aterricemos esto un poco. Cuando regresas de un diálogo con un budista, por ejemplo, ¿qué poso te deja?
Margaret Karram: De los budistas aprendí el valor de los momentos de silencio. Al regresar y analizar mi vida, me di cuenta de que soy una persona muy activa: asisto a muchas reuniones, hablo mucho, rezo... pero no practicaba el silencio. Ellos me enseñaron lo crucial que es tener esos espacios.
Ahora, en mi meditación diaria, a veces dejo el libro a un lado y simplemente permanezco en silencio. Incluso en las reuniones del Focolar, cuando tenemos que tomar decisiones y todos hablamos y pensamos a la vez, estamos empezando a practicar esto: guardar unos instantes de silencio interior para procesar lo dicho y comprender qué es lo que realmente queremos expresar.
Un deseo y una oración
Avrum Burg: Margaret, para terminar: si tuvieras el poder omnipotente de cambiar una sola cosa en el mundo, ¿cuál sería?
Margaret Karram: El corazón de cada persona.
Avrum Burg: Regálanos una oración. ¿Por qué rezas tú?
Margaret Karram: Dios, Padre nuestro: quiero darte gracias por esta oportunidad de conocer a estos jóvenes, a mis colegas y a quienes me entrevistan. Quiero pedirte, junto a todos ellos, que cambies nuestro corazón de piedra por un corazón de carne; un corazón que reconozca en cada persona tu imagen, para que allí donde haya odio, podamos llevar amor verdadero.
Hago mía la oración de San Francisco: que donde haya división, pongamos unidad y armonía; donde haya rechazo, pongamos acogida. Te pedimos, Dios, que traigas la paz ante todo a nuestros corazones, porque la paz en el mundo solo comenzará si tenemos paz en nuestro interior. Confiamos en que escucharás nuestra oración y prometemos poner todas nuestras energías e iniciativas para que esto sea pronto una realidad. Amén.
Margaret Karram fue elegida presidenta del Movimiento de los Focolares el 31 de enero de 2021. Nacida en Haifa (Israel) en 1962, en el seno de una familia católica palestina, conoció la espiritualidad de los Focolares a los catorce años. Su compromiso con el diálogo la llevó a Estados Unidos, donde se graduó en la Universidad Judía Americana. En 2002 fue corresponsable de la comunidad de los Focolares en Tierra Santa y en 2013 recibió el Premio Monte Sión para la Reconciliación. Miembro del Consejo General del Movimiento desde 2014, fue galardonada en 2016 con el Premio Internacional Santa Rita por su labor en favor del diálogo entre cristianos, judíos, musulmanes, israelíes y palestinos.
Fuente: Focolare Media








