En esta época de vacaciones, donde tantos van y vienen, donde solemos estar más relajados, tranquilos, a veces también relajamos la mirada y nos cuesta ver la necesidad del que tenemos cerca.
Personalmente, veo cómo, desde que tenemos internet y redes sociales, aprovecho los trayectos en tren, autobús o las esperas en aeropuertos para contestar WhatsApp, ver una serie o hablar por teléfono.
Me parece una herramienta de entretenimiento maravillosa, que nos permite hacer las esperas mucho más amenas y optimizar nuestro tiempo, pero, como todo, tiene una parte negativa: nuestro foco en la pantalla nos hace menos sensibles a la realidad que nos rodea.
El otro día, en el control de seguridad de un aeropuerto, delante de mí iba una chica viajando sola con tres hijos: un bebé, uno de no más de dos años y otro de unos cuatro. Tras haber dejado mi mayor distracción, el móvil, en la bandeja del escáner, levanté la cabeza y pude observar la escena.
Primero pasaron solos los dos “mayores” por el arco y, después, como no la dejaban cruzar con el bebé en brazos, tuvo que dejarlo un momento en una pequeña y desgastada alfombra del suelo para volver a cruzar el detector y recogerlo.
Tras apreciar su expresión de agobio, me acerqué a preguntarle si necesitaba ayuda, puesto que, para más inri, le había tocado control aleatorio de maletas y estaban revisando todos los potitos, zumos, purés y biberones del bebé. Al preguntar y ofrecerme, se echó a llorar. No hice nada extraordinario: solo guardé de nuevo todas sus cosas en la mochila y fui por el pequeño de dos años que se estaba alejando de forma curiosa, en busca de alguna aventura. Pero fue suficiente para que esta persona se sintiera profundamente agradecida de que alguien se percatara de su realidad.
Esta situación fue un recordatorio claro de la importancia de levantar la vista, de estar atenta a la realidad que nos rodea, de estar presentes en el mundo real, no solo en el virtual, y de poner la mirada en quien tengo al lado. No pienso que la gente sea indiferente al sufrimiento o a los problemas ajenos, sino que, simplemente, vamos con el piloto automático y no nos detenemos a observar.
Así que, desde este lugar, os animo —y me comprometo también— a quitar ese piloto automático, a mirar alrededor con atención y a estar disponibles para esas pequeñas alertas que a veces apenas se oyen, pero que gritan necesidad. Porque ayudar no siempre es resolver grandes cosas; muchas veces, basta con estar, con mirar y con ofrecerse. La realidad la tenemos delante, solo necesitamos enfocar un poco.








