Hemos tenido la ocasión de viajar a Costa Rica invitados por la Embajada española en ese país para participar en un ciclo de conferencias sobre el exilio español, en especial para hablar de la figura de Antonio Jaén Morente, un político republicano que se asentó en Ecuador y en los últimos años de su vida se trasladó a Costa Rica al contraer matrimonio con una costarricense. Allí desarrolló una importante labor, sobre todo el proyecto de crear un gran centro de estudios sobre los diferentes países iberoamericanos y sus vínculos con España, sin olvidar tampoco las raíces propias de cada uno de ellos, indigenismo, mestizaje, aporte hispano, encuentros y desencuentros. Allí falleció en 1964, justo un año después de la Conferencia de San José, donde el presidente Kennedy presentó al mundo su Alianza para el Progreso, que descartaba las intervenciones militares norteamericanas en esos países y proponía un flujo económico más justo y solidario entre el Norte y el Sur. Mucho ha llovido desde entonces, poco queda ya de ese espíritu profundamente cristiano que quiso cambiar el mundo y fue el mundo el que no cambió. Kennedy asesinado, intervenciones en Panamá, Granada y otras tantas que culminan con la reciente del presidente Trump en Venezuela. Apropiación de recursos naturales por parte de los de siempre, dictaduras, populismos radicalizados y ausencia de verdadera democracia.
Llama la atención en Costa Rica la frescura de sus gentes, la amabilidad y gentileza. El lema que han adoptado en el país, “pura vida”, lo utilizan para saludar, para desear lo mejor, para expresar la riqueza del sabor de los manjares que ofrece la tierra… para todo. Ni siquiera las continuas lluvias son capaces de entristecer a la población, porque al final siempre vuelve la luz.
Al pasear por las calles de la capital, San José, se advierte la presencia del mundo globalizado. Tiendas de las marcas que puedes encontrar hoy día en cualquier parte del mundo, el uso de anglicismos… Y uno se pregunta: ¿estamos perdiendo la esencia de nuestros pueblos? Para este pequeño país centroamericano, la dolarización es una realidad y con un simple paseo uno se da cuenta de cómo el american way of life se hace patente. Por ejemplo, en el acogedor Café del Teatro Nacional pedimos un pastel y nos recomendaron un manzana pie (un pastel de manzana).
Por otro lado, cuando visitas los Museos del Jade y el del Oro, puedes conocer las culturas precolombinas y te sorprende que la organización de la vida en esos pueblos no se diferencia mucho de lo que podemos ver en cualquier museo arqueológico o prehistórico de Europa. Civilizaciones en las que un grupo de personas son más influyentes por su sabiduría, experiencia o por su poder económico. Empiezan a diferenciarse las personas, los grupos sociales, por categorías y, en general, aquellos que tienen mayor poder o control sobre el resto suelen ser los más poderosos económicamente. Los caciques que reinaban en las tribus, apoyados por los chamanes y hechiceros y convertidos en una casta dominante.
Luego la ocupación española, que supuso la evangelización y la creación de una nueva identidad fundada en el mestizaje. Un país que no rechaza el aporte hispano, como está ocurriendo en otras partes del continente, empeñados en reavivar la leyenda negra de la conquista y colonización española obviando los aspectos más enriquecedores de la misma.
Hay en Costa Rica grandes contrastes sociales pero también nos percatamos de la paz social que se respira, donde no hay ni siquiera un ejército regular. Es verdad que tiene la fortuna de la biodiversidad que lo está convirtiendo en un atractivo lugar de turismo, también la exportación del café, cacao y bananos, todos ellos de gran calidad. Un buen nivel educativo, varias universidades públicas y privadas, instituciones culturales de gran prestigio como la Biblioteca Nacional y derechos sociales conquistados a través de un largo proceso.
Pero también vimos la cara de la pobreza, la de los migrantes nicaragüenses que se ocupan de los trabajos más pesados del campo, la de unos pocos indios que piden limosnas por las esquinas. Y sin embargo el país ofrece unos estándares de calidad de vida por encima de sus vecinos centroamericanos.
Construir así una identidad nacional propia no resulta fácil, y sin embargo hay algo que les particulariza y por eso queremos dejar constancia de cómo nos ha sorprendido el trato que hemos recibido de cada uno de los costarricenses o ticos que hemos conocido, desde el profesor universitario al taxista, desde las empleadas del hotel a los comerciantes, desde los estudiantes y público interesado que acudió a nuestras charlas a los camareros de los restaurantes. Paz social, paz espiritual que percibimos en las misas en la catedral, paz con la naturaleza que los rodea, armónica relación entre la selva y el cafetal, entre los montes y ríos con las plantaciones de frutas. País de la primavera eterna, donde solo hay dos estaciones, la seca y la lluviosa, serena dulzura tropical, belleza simpar. Quizá ésta sea su principal seña de identidad.








