Paradigmas perdidos que tal vez convendría reencontrar.
En la sociedad en la que vivimos a este lado del mundo, cumplir más de sesenta años, además de recordarnos que ya dejamos de ser personas jóvenes y atractivas, supone una pérdida de oportunidades: priman la productividad, el beneficio, el éxito, la belleza, la juventud, la salud. Las imágenes que se proyectan a través de la publicidad y que se potencian en el mercado laboral muestran a personas jóvenes, con unos cuerpos perfecta y gimnásticamente esculpidos, impecablemente vestidas, encantadísimas de haberse conocido y todas en actitudes triunfales, en entornos idílicos y de ensueño. Ser joven se ha convertido en una máxima económica y social. La persona que deja de serlo, queda relegada a ser aparcada y silenciada y, poco a poco, olvidada.
En culturas como las asiáticas —de entre ellas la japonesa, la india y la de Corea del Sur quizás sean las más conocidas—, las del África Subsahariana y las de las comunidades originarias de América, tener más de sesenta años supone ser respetado, considerado y valorado socialmente. Se concibe como la consecución de una vida vivida plenamente. Las personas mayores aportan luz en cuestiones materiales, existenciales, emocionales, morales y espirituales. Contribuyen a mantener la armonía y la memoria colectiva —su historia, de la familia y de la sociedad—. Se convierten en referentes comunitarios e individuales. Se cuenta con ellas...
Volviendo a nuestro rincón, con la llegada a sus sesenta de la generación de baby boomers (personas nacidas entre 1946 y 1964, aproximadamente), el número de las componentes de este grupo supone en España más de un cuarto de la población total. Más de una de cada cuatro. El entramado productivo y financiero, cómo no, ha visto un jugoso nicho a explotar: la llamada Economía Plateada (Silver Economy) dispuesta a, previo pago —y sobre la premisa de que este colectivo, i-n-d-i-v-i-d-u-a-l-m-e-n-t-e, tiene un alto poder adquisitivo y una gran capacidad de consumo—, ofrecer servicios gerontológicos de atención personalizada para el cuidado, la movilidad, la salud, el ocio, etc.
Tengo serias dudas en cuanto a que esta moderna economía sea capaz de emular mínimamente la actitud que en otros continentes tienen hacia sus mayores. ¿Qué pasará con quienes no tengan recursos suficientes? ¿Quién se ocupará de estas personas?
Quizás sea el momento de volver a pensar cómo viviremos esta etapa de nuestras vidas.








