Mientras evoco la escena de la entrada de León XIV en un abarrotado (y entusiasta) Parlamento, casi de improviso, me viene la del cardenal Prevost, con unas «katiuskas», visiblemente embarrado por las calles inundadas de Chiclayo (Perú).
La conexión de estas dos imágenes me sirve para hilvanar estas palabras. León XIV, de entrada, no aparece como el personaje de una fuerte personalidad, con un carácter aparentemente excepcional y un fuerte poder de atracción… Aparece como un papa tímido e introvertido, cuya imagen contrasta con el «huracán Francisco» y, sin embargo, ha logrado aglutinar (con más o menos sesgos) a personas de ideas diversas y credos dispares.
Al hilo de este pensamiento, me viene a la mente el libro Quiet, el poder de los introvertidos de Susan Cain (RBA, 2012). Habla del «líder introvertido» y lo define como esa persona reflexiva que, con su serenidad, concentra cada vez más la atención en los ambientes sociales y comienza a ejercer un liderazgo completamente nuevo.
Cuando León XIV, con rostro sereno y amable, expresaba su enérgica oposición a las «ideologías prefabricadas y las narrativas polarizantes», yo veía a ese «líder nuevo», transformador y transformativo que era tal no tanto (no solo) por sus palabras, sino por el modo de expresarlo (transformación dentro de la transformación); transformativo por el hecho de que transparentaba esas palabras con claridad y certeza… Veía a ese líder capaz de expresar ideas rotundas («La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública») con la serenidad y la acogida de quien, en palabras de Susan Cain, «privilegia la acción sobre la reflexión, la eficacia sobre la relación».
Lo he visto dejándose abrazar por Montse o Josefina en Brians, acogiendo a Khadri, inmigrante senegalés, tras regalarle su tarjeta de residencia, y por otras tantas personas. Ahí he visto la imagen real de un nuevo y más verdadero liderazgo; ese que prefiere «perder tiempo» en relacionarse con los demás en vez de buscar la eficacia a toda costa, consciente de que, a la larga, cultivar las relaciones es lo más fecundo.
Huyendo del moralismo y del adoctrinamiento, León XIV ha sabido formular preguntas para que sus interlocutores nos demos las respuestas. Expresiones que apelan a la conciencia, a la introspección y la auténtica libertad (y fatiga) de pensar y de expresarse: ¿Por qué temer que la eternidad impregne la cotidianidad? ¿Quiénes están siendo excluidos a pesar de sus virtudes y capacidades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?
Estas, junto a otras, son formas de expresión de un líder que, además de transformativo, es «generativo»; capaz de ayudar a que cada persona se sienta plena de dignidad en tanto que consciente de su propia conciencia; es decir, capaz de «generar».
Finalmente, Prevost nos ha invitado a buscar juntos el camino, a edificar juntos y a aprender a trabajar juntos. Y, así, se ha mostrado como un líder de «comunión», con los pies en la tierra, pero con todo el impulso a soñar y «generar» nuevos liderazgos: «Es cierto que dar una respuesta puede ser difícil, pero es posible si buscamos juntos la verdad… no podemos hacerlo solos».
León XIV nos ha dejado un legado y un desafío: el del líder que no se contenta con el mundo y la sociedad tal y como aparece; que nos invita a la visión, al sueño de un mundo mejor y más perfecto… Un líder «introvertido» que lidera desde el amor y la comunión… vividos en primera persona.
León XIV nos deja la imagen (y el ejemplo) de un líder poliédrico… ¿Quizás del liderazgo que hoy necesito… que hoy necesitamos?








