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El poder educativo de creer
PUBLICADO

30 de marzo de 2026

Gotas educativas

Padres, madres y educadores ejercemos una influencia profunda —muchas veces invisible— sobre el modo en que los jóvenes se perciben a sí mismos y sobre lo que estos creen ser capaces de lograr. No se trata solo de lo que enseñamos, sino también de cómo los vemos.

Desde el momento en que un niño llega al mundo, comienza una historia propia. No es una prolongación de sus padres ni una propiedad familiar. Es una persona distinta, con rasgos físicos, emocionales e intelectuales propios, digna de respeto y consideración.

Comprender esta idea supone un cambio profundo en la forma de educar. Significa dejar de pensar en los hijos como algo inacabado o como proyectos personales, que deben reproducir nuestras expectativas, y, en cambio, empezar a acompañarlos como personas únicas, con su exclusiva individualidad y su propio camino por recorrer.

Una de las bases de la educación consiste en confiar en las capacidades del niño o del adolescente.

Esto implica permitirle experimentar, equivocarse y que vuelva a intentarlo, siempre que no esté en riesgo su seguridad o su dignidad. El error forma parte natural del aprendizaje; en realidad, es uno de sus motores más importantes.

La historia está llena de ejemplos que lo ilustran. El inventor Thomas Edison realizó miles de intentos antes de conseguir que la bombilla eléctrica funcionara. La escritora J. K. Rowling recibió numerosas negativas antes de que una editorial aceptara publicar el primer libro de la famosa saga de Harry Potter.

Estos ejemplos nos recuerdan algo esencial: el éxito suele construirse sobre muchos intentos fallidos.

Cuando permitimos a los jóvenes enfrentarse a los desafíos sin miedo excesivo al error, les estamos ofreciendo algo más valioso que cualquier resultado inmediato: la oportunidad de desarrollar perseverancia, confianza y resiliencia.

La psicología social ha estudiado durante décadas un fenómeno conocido como profecía autocumplida, también llamado efecto Pigmalión.

Este principio describe cómo las expectativas que los demás tienen sobre una persona pueden influir en su comportamiento hasta el punto de favorecer que esas expectativas se hagan realidad. Las palabras de aliento, el reconocimiento y la fe en sus posibilidades actúan como un poderoso estímulo.

Y estas influencias son todavía más fuertes cuando proceden de personas significativas como padres, profesores o figuras de autoridad afectiva.

Educar no consiste solo en corregir errores o señalar defectos. Sobre todo, implica saber descubrir y potenciar lo mejor que hay en cada persona.

Cuando un adulto es capaz de ver en un niño o joven sus talentos, incluso aquellos que aún permanecen muy ocultos, contribuye a que esos talentos florezcan. La confianza actúa entonces como un fertilizante invisible para el crecimiento personal.

«El error es el precio del acierto».

Antoni Bolinches (1947). Terapeuta y escritor. Creador de la Terapia Vital

Ángel Crespo Ortega es Orientador y Pedagogo, con un enfoque centrado en la persona.

www.orientadorangelcrespo.es

34 91 725 95 30

Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura