Tiempo, el gran idolatrado del siglo XXI. Vivimos con prisa, corriendo, de urgencia en urgencia, apagando fuegos. ¿Nuestro mejor aliado? Las “checklist” en las numerosas aplicaciones que nos ofrecen nuestros smartphones. O, para los más analógicos, cualquier cuaderno del cajón. La cuestión es ir de tarea en tarea. Son tantas, que ni si quiera tenemos la capacidad de retenerlas. El mayor de los placeres es tachar. ¡Una menos! Aunque inevitablemente en las próximas dos horas se nos ocurrirán otras tres que añadir a esa lista.
Tantos “hayque” llenan nuestra vida de actividad: “hay que limpiar…”, “hay que ir a …”, “hay que comprar…”. “hay que rellenar…”, “hay que enviar…”, “hay que…”. Tanto que a veces no queda tiempo para contemplar. Contemplar la vida que pasa, despacio, frente a nosotros, pero que, con esa infinita lista de obligaciones autoimpuestas, dejamos pasar. Hasta lo que más nos gusta y con lo que a priori disfrutamos llega a convertirse en una de estas obligaciones. Pasa de ser tiempo de disfrute y desconexión a algo que hago porque lo debo hacer, “es mi afición, tengo que dedicarle tiempo”, pero no deja de ser otra cosa más, no algo que llena mi vida de vida.
No nos permitimos parar, dejar de ser productivos, estar quietos, descansar. Si lo hacemos, nos llega ese sentimiento de culpa, de “perder el tiempo” sin percibir que realmente estamos ganándolo, ganando tiempo de calidad. ¿Acaso no es productivo estar en casa sin hacer aparentemente nada?
A veces parece sinónimo de éxito encontrarse ocupado, sin tiempo, sacrificando el descanso y el ocio, por un trabajo que me aporta más holgura económica, un compromiso, un sueño. Admiramos al más productivo, al que más cosas hace en el menor tiempo posible. Pero ¿no deberíamos admirar más a quién sabe distinguir lo urgente de lo importante? ¿Al que pone a la persona en el centro, sabe parar a escuchar y escucharse?
Con frecuencia caemos en la idea de equiparar el sacrificio con la felicidad. Cuanto más tiempo dedico, más horas invierto, y logros y más éxito consigo, más feliz soy. ¡Qué equivocados! Ese sacrificio nos lleva en numerosas ocasiones a la frustración, al sentimiento de que nada es suficiente, siempre se puede un poco más… Así perdemos la oportunidad de disfrutar de los pequeños logros cotidianos, tantos y tantos que conseguimos cada día. El alegrar a otro con tu llamada, la comida tan rica que hiciste hoy, o algo tan simple como lo feliz que fue tu vecino esta mañana durmiendo un rato más porque no hiciste tanto ruido al despertarte.
Invirtamos, invirtamos nuestro tiempo en aquello que nos haga feliz de verdad, despacio, sin prisas, sin autoexigencias. Parándonos en cada detalle que la vida nos regala. Mantengamos viva la ilusión. Miremos a los ojos. Digamos “no” a todo aquello que nos quite la paz. Regalemos tiempo, a los demás, a Dios y a nosotros mismos. Pero no el que me sobra después de esa lista infinita de la que hablábamos, sino el único que tenemos realmente, que son 24 horas al día, ni una más ni una menos.
Que lo urgente no reste tiempo a lo verdaderamente importante.








