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LA MIRADA DE LA SEMANA
Antonio Rejano
El mundo tiende a la unidad a pesar de nuestros límites
PUBLICADO

02 de marzo de 2026

Sería atrevido afirmar que existen tiempos mejores o peores; cada época tiene lo suyo. En mi caso, diría que me siento afortunado, a pesar de los numerosos sinsentidos que acontecen en tantos escenarios del Occidente posmoderno; un Occidente que parece haber perdido la cabeza hace ya algunos años.

Es cierto que me ha tocado vivir una Europa envejecida y, hasta cierto punto, pusilánime. También diría que no me ha hecho falta viajar por todo el planeta para entrever la vitalidad de las periferias del mundo que, con menos recursos, parecen gestionarse mejor. Hablo de lugares donde sus gentes y culturas —aun con sus múltiples contradicciones— conservan un sentido común y unas ganas genuinas de construir un mundo nuevo. Unas ganas que quizá perdimos en Europa hace tiempo.

No obstante, hemos exportado sin duda un rico elenco de valores culturales y filosóficos que hoy vagan por el mundo de manera desigual: como pensamiento, principios jurídicos, arte o técnicas. Han sido y son civilización; han aportado a otras culturas. Pero es cierto que, desde el siglo XX, la forma en que las distintas naciones y civilizaciones interactúan y se organizan ha cambiado a un ritmo vertiginoso. Vivimos en un mundo interconectado, pero dividido en bloques civilizatorios que, en ocasiones, se miden en pulsos de poder.

En este torbellino de cambios aparecen contrastes evidentes. Por un lado, existen mayores facilidades y acceso a la tecnología, al ocio, a los viajes y a múltiples placeres. Por otro, se cronifican los problemas de precariedad en generaciones que pierden derechos respecto a las de sus padres y abuelos.

En esta misma línea, las dinámicas individualistas del neoliberalismo cultural que rigen nuestras sociedades posmodernas han generado necesidades artificiales difíciles de sostener dentro de una quimera infinita de consumismo. Una cruel paradoja que produce vidas solitarias, sin ideales, sumidas en un nihilismo existencial donde tantos padecen ansiedad, depresión y, en los casos más extremos, el suicidio.

Esta es la estratagema de la "cultura de la muerte" que ya denunció el papa Francisco. Nos dijeron que la familia y la comunidad eran cosas del pasado; que no teníamos por qué soportar nada que supusiera un obstáculo para la felicidad individual. ¿Para qué comprometerse? ¿Para qué ir más allá en el conocimiento de uno mismo y de los demás?

Hoy me atrevo a decir que he despertado y que he tenido la oportunidad de contemplar las heridas que dejó en mí una sociedad intoxicada. Me doy cuenta de lo equivocado que estaba, del engaño, de cuántas cosas hemos dado por normales cuando, en realidad, no lo eran.

Esta es la catequesis del mundo que no cree en el Amor, sino en las emociones del instante, tan alejadas de la verdadera libertad interior. Es la que nos susurra: consume, vive sin límites, no te comprometas, no te cases. ¿Para qué tener hijos si puedes tener un perro? ¿Para qué construir una familia y echar raíces cuando puedes ir de mochilero por el mundo acumulando lo que hoy se llaman “experiencias”?

Pero ¿qué tipo de experiencias? ¿A dónde nos conducen realmente?

En este proceso percibo una forma sutil de ingeniería social que, en el fondo, no es tan nueva si recordamos la fórmula clásica del poder para mantener al pueblo sumiso e inconsciente: pan y circo. Llámense viajes constantes, adicción al ocio, consumo de drogas, plataformas de entretenimiento, espectáculos de masas, sexo mercantilizado o música alienante que reproduce valores inofensivos para el poder político y económico. Todo ello sirve para rellenar el vacío que deja este modelo de sociedad.

El pretexto es ser productivo, ser mejor, abrazar una meritocracia enfermiza en la que, hagas lo que hagas, nunca estarás a la altura. Siempre habrá que innovar en planes, estilos de vida, hábitos de consumo o en el último modelo adquirido. Y, aun así, nunca será suficiente, porque en el fondo mendigamos atención y cercanía; anhelamos amor y autenticidad.

La diversión, en sí misma, no es mala. Sin embargo, el dogma del consumo como fundamento social encontró en el ocio y en la cultura de la "no seriedad" a un aliado formidable. Nada es serio porque todo —absolutamente todo— se vuelve relativo y mercantilizable. Por eso, como decía Francisco, “esta economía mata”.

Mientras tanto, por el control del crudo y por la explotación de las bajas pasiones humanas se proclaman guerras; se consolidan imperialismos depredadores; se mata en nombre de Dios tergiversando la profundidad de los mensajes religiosos. Ocurre con los cristianos asesinados en Nigeria a manos del terrorismo islamista, y ocurre también con el exterminio de civiles en Gaza, justificado desde una lectura ideológica y racista de textos sagrados, propia del sionismo.

Todo ello se produce en el contexto de una Europa cada vez más cínica, alejada de sus ideales fundacionales, que incita a la beligerancia de una juventud a la que nunca quiso educar en el sacrificio ni en el sentido del deber. A esto se suman los desafíos que plantean los movimientos migratorios, con sus historias, dramas, intentos de integración, incomprensiones y diferencias culturales que, en ocasiones, resultan difíciles de conciliar.

Y, sin embargo, a pesar de que el mundo parezca caótico, existe un “Tú” que nos saca del “yo”. Porque mientras el “yo” es autorreferencial, el “Tú” es encuentro, relación e interpelación constante. Un “Tú” que habita nuestras calles y nos invita a construir un nuevo paradigma comunitario. Un tiempo de unidad con uno mismo, con la conciencia y con los otros: aquellos a quienes la vida ha golpeado, los que cargan con una historia, los indiferentes, los que buscan diálogo y los que lo rehúyen.

Vivimos también un tiempo de resurgir espiritual. Algunos lo buscan en el islam, otros en iglesias evangélicas o dentro del mundo católico, donde emergen experiencias como Hakuna, los retiros de Effetá y otros espacios de primer anuncio que apelan a la sanación del corazón y al encuentro personal con Jesús. Estos encuentros se dan en comunidades, en redes sociales, en grandes canales de comunicación, y también en gestos históricos como el encuentro entre el papa León XIV y el patriarca ecuménico Bartolomé con motivo del 1700 aniversario del Concilio de Nicea.

Se abre así una brecha hacia un tiempo nuevo. Un tiempo amenazado por la polarización y la inestabilidad global, pero también marcado por avances discretos y esperanzadores. La unidad aparece como una llamada a una forma nueva y transformadora de ser y estar en el mundo. Un horizonte desde el que construir una civilización distinta y culminar un mensaje de carácter profético. Como todo tiempo histórico, este también arrastra incertidumbres y desafíos, pero no carece de misión.

La llama de aquellos tiempos llega hasta nosotros y nos sitúa en una tarea concreta dentro del hilo de la historia. Tal como anunció Chiara Lubich: “El mundo tiende a la unidad”. En definitiva, el Espíritu guía este proceso a pesar de nuestros límites. Y no importa tanto la denominación o la pertenencia a un grupo concreto, porque resuena con especial lucidez aquella cita evangélica: “Y no presumáis diciendo en vuestro interior: ‘Tenemos por padre a Abraham’, porque yo os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abraham incluso de estas piedras” (Mt 3,9).

Hoy diríamos que no es una opinión: son “factos”.

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Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura