Ikram es una joven de Tlemcen, oeste de Argelia, musulmana, licenciada en Civilización Hispanomusulmana, comprometida en proyectos de paz, soñadora de un mundo mejor.
Hace unas semanas, viví una experiencia humana intensa, exigente y profundamente transformadora. Durante diez días, embarqué en el velero Bel Espoir, en el marco de la iniciativa MED 25, una travesía por la paz en el Mediterráneo.
Lo que me impulsó a vivir esta aventura fue, ante todo, una búsqueda personal. Soy una joven del sur del Mediterráneo, musulmana, ciudadana del mundo sedienta de unidad y fraternidad, comprometida desde hace años en acciones de diálogo, educación y solidaridad. Sentía la urgencia de hacer más que de hablar de paz. Necesitaba confrontarme aún más con la realidad del convivir, no en debates ni solo en la escucha de experiencias ajenas, sino en la vida concreta. Buscaba por tanto un compromiso concreto, simbólico y valiente. Quería ponerme al servicio de un proyecto lleno de sentido, de paz y de esperanza. Quería experimentar en mi cuerpo, en mi corazón, en mis silencios y también en mis heridas, que la unidad humana es posible. Era evidente para mí que no basta soñar un mundo mejor; había que atreverse a dar el paso, grande o pequeño. Así que navegué hacia un mar pacífico, en las profundidades de heridas y guerras.
Vivíamos al ritmo del mar, del viento, de las tareas a bordo: cocinar, guardias nocturnas, limpieza, maniobras de las velas… Pero, sobre todo, vivíamos al ritmo del otro.
Y ahí es donde comienza la experiencia de paz: no en grandes conferencias internacionales, sino en la mirada que dirigimos a la persona que tenemos al lado. Es cuando comprendemos que, a pesar de las apariencias, a pesar del idioma, entendemos lo que el otro siente. Y también cuando me doy cuenta de que alguien me entiende a mí: en mi fe, en mi historia, en mi lucha.
A bordo del Bel Espoir éramos jóvenes de nueve nacionalidades, con horizontes muy diferentes y con identidades múltiples: Francia, Italia, España, Armenia, Grecia, Egipto, Líbano, Siria, Túnez, y yo de Argelia. Algunos eran creyentes, otros no. Algunos habían sobrevivido a la guerra, otros habían crecido en contextos confortables. Cada uno llevaba sus heridas, sus convicciones, sus miedos. Sin embargo, en ese pequeño velero, aprendimos a respirar juntos, a existir juntos. Y en esa diversidad, a veces vertiginosa, descubrí una unidad más profunda que cualquier etiqueta: la del corazón humano.
Navegamos haciendo escalas no solo en tierra firme, sino sobre todo en el corazón del otro. Juntos, aprendimos a vivir como una tripulación, a confiar, a apoyarnos. El velero era pequeño, pero el espacio de diálogo era inmenso.
Algunos recuerdos me acompañan y me marcarán por mucho tiempo.
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El primero: una noche en vela, frente al cielo cubierto de estrellas, el silencio absoluto, la luna llena, y yo sola con mis pensamientos: el mundo podría parecerse a esa noche si cada uno de nosotros viviera este tipo de experiencias. Una paz tan profunda…
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El segundo: una conversación sincera con una joven que me confió: “Nunca había hablado tan abiertamente con alguien creyente. Me abriste un mundo”. Ese día comprendí que el simple hecho de ser yo misma, auténtica, podía contribuir a derribar muros invisibles.
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El tercero: un círculo de palabra a bordo, donde cada uno compartió lo que más le pesaba de su país o de su experiencia. Esos momentos crearon un vínculo fuerte, casi sagrado, entre nosotros. Tocamos la vulnerabilidad de cada uno sin juzgarla, simplemente acogiéndola. Comprendí que nuestros sufrimientos son distintos, pero nuestras búsquedas de dignidad son las mismas.
Claro que no ha sido fácil; lo más difícil no era el mareo ni la falta de intimidad. El verdadero desafío era estar verdaderamente presente. Escuchar sin juzgar. Acoger sin querer corregir. Desaprender los reflejos del miedo para dar paso a la confianza.
Después de esta travesía, si tuviera que dar un solo consejo a las personas que quiero sería: no dejéis de intentarlo y no tengáis miedo de caminar junto a quienes ya han optado por ese camino y han escuchado los gritos mudos de la paz. No esperéis el momento perfecto. No llegará. Sois vosotros quienes debéis convertiros en el momento perfecto.
Existen lugares donde se aprende la paz, no en teoría, sino en el aliento, en la mirada, en la mano tendida. MED 25 es uno de esos lugares. En un mundo devastado por las injusticias, los conflictos, los repliegues identitarios, he visto signos de esperanza: en el canto compartido entre dos lenguas, en el abrazo entre dos creencias, en un silencio que dice «te respeto, aunque no te entienda». Vivir con jóvenes tan diferentes me enseñó que la paz no es la ausencia de conflictos, sino la presencia de relaciones verdaderas.
Hoy, para mí, comprometerse con la paz en el Mediterráneo es atreverse a crear vínculos donde otros quieren dividirnos. Es preferir la escucha al juicio. Es construir puentes, incluso cuando eres el solo que pone la primera piedra. No fue solo un viaje marítimo. Fue un viaje hacia uno mismo, hacia el otro, hacia un sueño más grande.
La paz no nace solo en los tratados ni en los discursos oficiales. Nace cuando decidimos, nosotros, abrirnos a alguien que aún no comprendemos. Nace en los gestos sencillos, en las conversaciones sinceras, en los silencios compartidos. Lo que importa no es el lugar, sino la intención, la honestidad del corazón. Es el coraje de enfrentarse consigo mismo, de vivir lo que se quiere transmitir y de tender la mano al otro.
Lo que viví durante esta experiencia fue una escuela de paz, una escuela de vida, y sé que otras iniciativas, por tierra o por mar, pueden ofrecernos esta misma posibilidad. Así que seguiré caminando por este sendero con más fuerza, más dulzura, más convicción. Porque lo que vivimos en Bel Espoir no fue un sueño. Fue el mundo tal como podría ser. Ahora nos toca a nosotros hacerlo crecer.








