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El lugar del corazón en el Oriente cristiano
PUBLICADO

08 de marzo de 2024

Mervat Kelli, cristiana siro-ortodoxa, se licenció en física y química y se unió al Movimiento de los Focolares en 1984. Enseñó y participó en proyectos humanitarios en todo Oriente Medio, graduándose con una licenciatura en filosofía y teología (Universidad de Babele, Irak, 2017) y recibiendo un doctorado en patrística (2020). Trabaja en el "Centro Uno" de los Focolares y enseña en la Pontificia Universidad Lateranense y en el Pontificio Instituto Oriental de Roma.

El corazón en la Escritura

La palabra «corazón» aparece unas 500 veces en la Biblia, tanto en el AT como en el NT, en sentido alegórico, para significar la sede de diversas funciones: el corazón piensa, reflexiona, asume responsabilidades, es sede de la vida moral y religiosa, prueba el temor de Dios, en él reside la fidelidad a él (1R 11, 3-4). El corazón encierra en sí la plenitud de la vida espiritual que debe abrazar al ser humano entero, con todas sus actividades. Los comportamientos de una persona: el rostro (Si 13, 25), los labios (Pr 16, 23), los actos (Lc 6, 44), manifiestan lo que tiene en el corazón. 

Como la pupila del ojo es el punto de contacto entre los dos mundos, el exterior y el interior, así debe haber en el ser humano un punto misterioso por medio del cual Dios entra en la vida de la persona con todas sus riquezas, un «órgano del espíritu» y, puesto que el corazón es ya el lugar del amor, sigue siendo el lugar de la vida religiosa y de la experiencia espiritual. De hecho, los términos «corazón» y «afectos» a menudo se acercan entre sí. 

En los autores espirituales de Oriente

Los autores espirituales del Oriente cristiano consideran el corazón la «sede del Espíritu». Hablan de la custodia, la atención, la pureza del corazón, los pensamientos, los deseos y la resolución del corazón. Pavel Petrovich Ivanov[1] en su folleto La paz en Cristo[2] escribe: «Buscar el alimento para el corazón es volverse hacia Dios, porque Dios mismo es un corazón que lo abarca todo. Solo con el corazón se puede conocer el secreto del universo, quien tiene el corazón percibe a Dios. Solo el corazón es capaz de dar la paz al espíritu». «El hombre "sin corazón" es un hombre sin amor, sin religión, porque a fin de cuentas el ateísmo es el estado sin corazón»[3].

La función del corazón «consiste en probar todo lo que toca a nuestra persona. Por consiguiente, el corazón siempre y sin cesar experimenta el estado del alma y del cuerpo, así como las impresiones multiformes que producen las acciones particulares, espirituales, los objetos que encontramos y nos encuentran, nuestra situación externa y, de manera general, el curso de la vida»[4].

A veces se objeta que el corazón conduce a la irracionalidad y al sentimiento. Pero como afirman algunos Padres el Señor ha ordenado al fiel que permanezca en su habitación y esta habitación en la que rezar es el corazón. Pero la oración nunca será perfecta si no baja «de la cabeza al corazón»: «La oración es, en el verdadero sentido de la palabra, un suspiro del corazón hacia Dios; si este impulso falla, no hay oración»[5]. Debe ser como la respiración natural del corazón que aspira espontáneamente a la unión con Dios y con una intuición natural siente la presencia del Espíritu Santo en todo lo que la persona hace, piensa y desea. Una oración así es la conciencia de nuestro estado de hijos de Dios, de nuestra divinización, en la medida en que es posible sentir y gustar la presencia del Espíritu en esta vida.

Pero el corazón es tan misterioso como Dios mismo y es totalmente accesible solo a él. Dice el profeta: «El corazón es lo más retorcido... ¿quién lo conoce? Yo, el Señor, escudriño la mente y pruebo los corazones» (Jr 17, 9-10).

La mística del corazón

Si el corazón es el impulsor vital de toda actividad, será también el principio de unidad de la persona humana e, identificado con la persona misma, indica su integridad. El corazón mantiene la energía de todas las fuerzas del alma y del cuerpo.  «Por eso la formación del corazón tiene una gran importancia desde el inicio de la vida espiritual»[6].

La obra más importante y primordial en la vida espiritual es «el arte de gobernar los movimientos del corazón», cosa sobre la que los Padres llaman la atención, sobriedad, actividad interna. 

Tal atención consiste en alejar todo pensamiento malvado que viene de fuera. Regocijarse por lo que está dentro para conducir la vida paradisíaca en coloquio con Dios. La atención a lo que aportan los sentimientos del corazón prepara el camino para la contemplación.  Es en el corazón que los fieles ven a Dios. Entonces el corazón se convierte en fuente de revelación. Si se concentra en él toda la fuerza del espíritu, el fiel queda deslumbrado por un gran esplendor espiritual, contempla al Señor en su corazón. 

«Los sentimientos del alma son los sentimientos del corazón que surgen en ella como consecuencia de los cambios que se producen en el alma por su propia operación. Se distinguen en sentimientos teóricos, prácticos y estéticos, por lo que se deduce que provienen del entendimiento, de la voluntad o que son consecuencia de la reflexión del corazón sobre sí, de su retorno a la propia riqueza»[7].

El corazón es un parámetro espiritual

Por lo tanto, el progreso de la vida espiritual se manifiesta en la constancia de las buenas disposiciones del corazón. Las realidades celestiales no se pueden sentir con el corazón, debido a la impureza de este último. En consecuencia, la victoria final sobre el pecado solo se gana cuando se empiezan a sentir sentimientos contrarios a la tentación, en el momento en que nos volvemos insensibles a las llamadas del mundo, cuando solo disfrutamos de lo divino.

Pero en esta vida el sentido de lo divino está sujeto a múltiples variaciones. La gracia divina está presente desde el principio como una sola sustancia con el alma. Al inicio de la vida espiritual la sentimos a menudo como un consuelo, una recompensa por el trabajo. Más tarde Dios frecuentemente se esconde y deja a los santos en el sufrimiento, en las desolaciones, para probarlos y purificarlos. Al final, cuando se cumple el período de purificación, él otorga de nuevo su consuelo y la plenitud del Espíritu Santo. Se sienten el calor, la paz, la alegría y las lágrimas.



[1] Pavel Petrovich Ivanov, un historiador y orientalista ruso que se ocupó principalmente de la historia de Asia Central en los siglos XVI-XIX. Nació en Siberia en 1893 y murió en Leningrado en 1942. Fue autor de numerosos estudios y traducciones de fuentes persas y turcas. También fue amigo de Vjačeslav Ivanovič Ivanov, un poeta y filósofo ruso que vivió en Roma desde 1924 hasta 1949.

[2] P. Petrovich Ivanov, Smirenie vo Khristi͡e, Paris 1925, p. 97. 

[3] Citado según V. Serdce, El corazón en la mística cristiana e india, en Centro Aletti (ed.), La inteligencia espiritual del sentimiento, Ed. Lipa, Roma 1995, p. 25.

 [4] P. Petrovich Ivanov, Čto est’duchovnaja žizn’, Moskva 1897, cit. ibid., p. 26.

[5] Id., Colección de cartas, Moskva 1898, t. I, cit. ibid., p. 205.

[6] Id., Put' ko spaseniju, Moskva 1908, cit.  ibid. p. 238.

[7] T. Špidlík, La oración, Ed. Lipa, Roma 2008, p. 326.

34 91 725 95 30

Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura