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El hombre que susurró a las multitudes
PUBLICADO

30 de junio de 2026

El 6 de junio de 2026 Robert Francis Prevost, Papa León XIV, aterrizó en Madrid, villa en la que estuvo tres días. El 9 viajó a Barcelona donde pasó dos y, por último, el 11 voló hasta Las Palmas de Gran Canaria y el 12 a Santa Cruz de Tenerife, dando así por finalizado su Viaje Apostólico  «Alzad la mirada»  en las Islas Afortunadas.

En estos intensos siete días, además de las actividades protocolarias de un Jefe de Estado y dos encuentros privados, León XIV dedicó su agenda al ámbito social (personas sin hogar; personas privadas de libertad; servicios de caridad y asistencia diocesanas, y a la acogida e integración de personas migrantes); al de la cultura, las artes, la economía y el deporte; al de la política; al de la Comunidad Diocesana y al voluntariado —el laicado—, y al del clero —obispos, sacerdotes, diáconos, religiosas y religiosos, seminaristas y agentes de pastoral—. En este artículo se hablará de las tres actividades en las que Prevost mantuvo un diálogo a 360º con la sociedad no vinculada ni al ámbito eclesial ni al religioso.

En todas y cada una de sus intervenciones públicas hizo gala de un discurso elegante, educado, sin aspavientos, respetuoso, empático, con un lenguaje adecuado a cada audiencia con la que se encontraba, cercano, documentado, ni evasivo ni condescendiente, ni excluyente ni dogmático, pero con contenido evangélico, conceptual y doctrinal, demostrando, además, que «lo cortés no quita lo valiente». Algo que sorprendió gratamente a muchas personas tristemente acostumbradas a discursos toscos, maleducados, irrespetuosos e insultantes de algunas personalidades públicas. Primero observó y escuchó atentamente, después dio gracias, saludó y, finalmente, habló (más bien susurró).

Desde el primer momento, a renglón seguido del discurso del rey Felipe VI, presentó el objetivo de su visita en el encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático en el Palacio Real de Madrid: «Vengo entre ustedes para confirmar, alentar e inspirar una renovada fidelidad de los creyentes al Evangelio, así como una reconciliación y una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas de esta nación. De hecho, su propia historia sugiere que no es la cultura del enfrentamiento, sino la del encuentro, la que genera estabilidad y prosperidad».

Tras mencionar a Juan de la Cruz y Teresa de Ávila, a quienes definió como místicos de gran altura, pero con los pies en la tierra, constató que en momentos como los actuales «lo que más nos asusta, lo que en muchos provoca la oscuridad de la razón y la violencia de las emociones, es lo desconocido, ante lo cual puede prevalecer la sensación de no tener ya mapas, la desorientación. Por eso se necesitan, también en la vida pública, hombres y mujeres que intuyan, en la oscuridad, la luz; en el fin, un posible comienzo, casi el irrumpir de una verdad como luz que aún ciega, pero que —si confiamos y encontramos paz— nos llevará delicadamente hacia sí misma». Y, citando a Ignacio de Loyola, para quien «en las pruebas y los fracasos es posible replantearse todo: [él] tuvo esta audacia, dando crédito a las desolaciones y consolaciones de su corazón, en un ejercicio de discernimiento e imaginación por el cual prefirió la paz a las armas y los santos a los poderosos».

En distintas ocasiones insistió en la necesidad de reorientar nuestro modo de afrontar la realidad actual: «Evitemos las palabras que humillan o enfrentan. Optemos por la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos. No bendigamos entusiasmos ingenuos ni alimentemos miedos estériles. Más bien, indiquemos criterios de discernimiento —la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la Casa común, la paz— y traduzcámoslos en prácticas: planificación responsable, evaluaciones del impacto humano y social, inclusión de los más frágiles, alfabetización digital, investigación e industria orientadas a la justicia y la paz».

En el encuentro «Tejer redes con el mundo de la cultura, del arte, de la economía y del deporte»  en el «Movistar Arena», con una audiencia de más de doce mil personas, Carlos Franganillo (Informativos Telecinco) y Lara Síscar (de RTVE) actuaron como maestros de ceremonia del evento. Tras los discursos del Cardenal Cobo —introducción—, Antonio Banderas —«víctima del hechizo de Dios»—, y José María Coello de Portugal —sobre el papel de la educación—, la bailaora Sara Baras presentó su coreografía de homenaje a Paco de Lucía. Como representantes del mundo de la economía al servicio del bien común, y del nuevo contrato social que promueve Prevost, hablaron a continuación Antonio Garamendi, CEOE; Unai Sordo, CCOO; Pepe Álvarez, UGT, y Ángela de Miguel, CEPYME. Las deportistas Carolina Marín y Teresa Perales, quienes pusieron de relieve el deporte como puente de paz y convivencia, subrayando su dimensión humana más allá de la competición, cerraron los turnos de palabra, preámbulo del discurso del Papa.

Para León XIV, la Iglesia «comparte con humildad, pero también con firmeza aquello que ha descubierto en la experiencia de la fe: que Jesucristo responde a las grandes preguntas sobre la vida humana y su plenitud. (…) Por eso, la persona humana permanece siempre como “el camino primero y fundamental de la Iglesia” y el corazón de toda auténtica vía de desarrollo humano integral. (…) No puede desentenderse de la cultura, porque a través de ella, el hombre en cuanto hombre “es” más».

Y como «cultura» y «cultivo» comparten etimología, añade que «estamos llamados a preguntarnos qué es lo que hoy sembramos, qué es lo que florece y qué se marchita silenciosamente en nuestra sociedad; qué valores estamos preservando y cuáles estamos dejando morir. Son preguntas profundas, necesarias y que no pueden ser ignoradas».

Para dar respuesta a estas preguntas, plantea un estilo de diálogo social semejante al «arte de tejer redes, que implica encuentro, escucha, diálogo y respeto». E insiste en que «debemos cuidar el lenguaje que se utiliza: escrito, oral y, en el entorno digital, también el de las imágenes; porque la comunicación nunca es neutral. Toda expresión habla, transmite; puede herir o sanar, destruir expectativas o abrir horizontes, sembrar división o despertar la esperanza en la posibilidad de construir juntos algo genuinamente humano».

Y, además, tener muy presente que «tejer redes es un diálogo entre instituciones centrado en la dignidad humana. Ello comporta, por ejemplo, que la universidad no viva de espaldas al mundo del trabajo ni renuncie a la verdad; que la actividad empresarial no vea al empleado como un factor más en la ecuación de sus intereses; que el arte no tenga como fin solo a las élites; que el deporte no sea reducido a espectáculo o convertido en mero negocio; que el progreso tecnológico tome en cuenta a los ancianos, a los pobres y a quienes no tienen voz».

La aportación al diálogo por parte de la Iglesia, desde su visión cristiana, «sabe que el Creador ha entramado al ser humano con hilos de amor; ya que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, Dios que es amor. Aquí reside el fundamento de la inalienable dignidad humana, cuyo absoluto respeto es la base del diálogo. En segundo lugar, tejer redes significa crear juntos. (…) Tejer redes significa, en tercer lugar, servir de modo desinteresado».

«Quiero preguntarme en voz alta: ¿Quiénes están siendo excluidos a pesar de sus virtudes y capacidades? No podemos ignorar que la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y a la Iglesia. (…) Esta Iglesia, “experta en humanidad”, aunque a veces camina contracorriente, insiste en que “las estructuras económicas e institucionales son justas solo en la medida en que sirven al desarrollo integral de la persona y favorecen la participación responsable de todos”».

Para finalizar, antes de dar paso a la actuación final, en la que Rozalén interpretó Y busqué, recordó que «cuántos de nosotros aprendimos el respeto por el adversario en un campo de juego más que escuchando un discurso. Cuántos deportistas nos enseñan a perder sin odiar, a ganar sin humillar o a levantarse después de caer».

Les invito a alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír

La última de las tres actividades antes mencionadas fue el encuentro con los miembros del Parlamento español en el Congreso de los Diputadosl, abierto por Francina Armengol, su presidenta.

Tras los saludos a las autoridades y la audiencia y el agradecimiento por la invitación oficial para ser recibido en el Congreso de los Diputados, se presentó como «Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica, consciente de que la misión confiada al Sucesor del apóstol Pedro como principio y fundamento de unidad de los Obispos y de los fieles coloca a la Santa Sede, de modo peculiar, en diálogo con los pueblos y con los Estados».

Añadió que su intención era la de manifestar la «cercanía hacia España, en el marco de la mutua cooperación», y ofrecer una palabra «desde el servicio a la persona humana (…) respetando la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar». Reconociendo «“la autonomía de las realidades terrenas” y “la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política”; y, precisamente desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia».

Recordó que el hemiciclo donde estaban daba «forma jurídica a la convivencia social», donde «las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida. Por eso, más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes».

Subrayó la experiencia adquirida a lo largo de la historia que ha hecho que su «identidad geográfica y política se ha[ya] ido entretejiendo con una historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición y el pensamiento ha[ya]n sabido encontrarse fecundamente (…) una herencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad, practicar la justicia y ordenar la vida común».

Citando a Cervantes, Teresa de Ávila y Unamuno reconoció que «España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa».

Subrayó que bajo el reinado de Isabel y Fernando, cuyas estatuas presiden el hemiciclo, «España quedó situada ante responsabilidades históricas de alcance universal». La Universidad de Salamanca albergó una Escuela de pensamiento en la que «hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente. Introdujeron así en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder», contribuyendo «formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional».

Señaló que, sin embargo, «hoy, los nuevos mundos que se abren ante nosotros ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social. (…) La tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza: nuestro discernimiento debe centrarse en qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones, y cómo se plantean hoy, de manera nueva, la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política social y el bien común».

Una «sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo. Cuando esta convicción permanece viva, el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares».

Y alertó de las amenazas de la «cultura del descarte», en la que los más vulnerables, los seres humanos no nacidos, los ancianos, los enfermos, quienes sufren en silencio o quienes dependen del cuidado de otras personas son «las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona». «La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización».

Prosigue advirtiendo que perder de vista que el bien común tenga que ser el objeto de la acción pública, hace que esta corra «el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos».

Y, en este sentido, enumera algunos elementos frágiles de la realidad actual: la familia, «primera escuela» de convivencia; el «derecho primario e inalienable de elegir el tipo de educación y de formación, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas»; el drama migratorio —de emigrantes y refugiados—, en el que se vulnera el principio universal de dignidad del ser humano, tanto por las razones que generan la huida, incluido el tráfico de personas, y la respuesta de los países que afrontan la acogida y que es de tal envergadura que requiere una respuesta internacional coordinada; la profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca; los conflictos bélicos que afectan a dos tercios de los países del mundo; el uso de la IA y las nuevas tecnologías al servicio del ámbito militar…

Y concluye afirmando que «la verdadera seguridad nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra (…) y de una vigilancia ética rigurosa, para que las decisiones sobre la vida y la muerte nunca sean descargadas sobre automatismos ni sustraídas a la responsabilidad moral de la persona humana. (…) La comunidad internacional está llamada a redescubrir el valor indispensable del diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso a la fuerza. De ahí nacen la confianza y la esperanza».

A modo de reflexión previa a su epílogo, León XIV cita el lema de la Unión Europea, In varietate concordia, «la unidad verdadera no uniforma, sino que cohesiona en la diversidad, haciendo de las culturas, sensibilidades y tradiciones una ocasión de enriquecimiento mutuo».

Y, una vez más, insiste en que «dentro de las propias sociedades es urgente construir una cultura de la reciprocidad. La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos». La paz no es solo «una realidad política o institucional. Nace en la conciencia, se instaura y se protege también a través del lenguaje. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para "desarmar el lenguaje". La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación. (…) De este respeto al otro nace también el deber de custodiar el espacio donde maduran sus convicciones, su conciencia y su relación con Dios. La atención a ese ámbito interior permite comprender mejor una cuestión decisiva para toda sociedad verdaderamente democrática: la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas. La libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe».

Y, como epílogo, señaló que, sin confundir lo jurídico con la moral, «conviene recordar también que la libertad necesita una comprensión plena de sí misma. Ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. (…) La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública.

Que, reconocedores de la historia, sin confundir el orden político con el religioso, esos signos [que adornan esta Cámara] invitan a reconocer que la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana. En esa escuela interior, los pueblos aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía».

Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse.

Les invito a alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír. Porque la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral».

Se podría decir más alto, pero no más claro. Prevost eligió el cálido susurro.

Casi la totalidad de señorías y personas invitadas, puestas en pie, aplaudieron calurosamente por más de siete minutos la intervención de León XIV.

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Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura