Las amenazas arancelarias de Donald Trump han sacudido los mercados estadounidenses y globales. Sin embargo, más allá de las provocaciones políticas, es importante recordar que muchos de los cambios en el comercio mundial y las cadenas de suministro llevan tiempo gestándose y responden a tendencias más profundas.
De la integración al repliegue
La globalización, entendida como la creciente interconexión económica mediante el flujo de bienes, servicios, inversiones, tecnología e información, ha atravesado diversas etapas. Desde la Revolución Industrial hasta la consolidación de la Organización Mundial del Comercio en 1995, el mundo avanzó hacia una mayor integración económica, impulsada por la reducción de barreras comerciales y avances tecnológicos en el transporte y comunicaciones (cómo, por ejemplo, la aparición del contenedor marítimo por el estadounidense Malcom McLean en 1956).
Sin embargo, esta expansión también generó desafíos. La reorganización de la producción global permitió mayor eficiencia y crecimiento, pero no sin costos sociales. En varios países, los trabajadores menos cualificados vieron desaparecer sus empleos o reducirse sus salarios debido a la creciente competencia externa y la automatización de sus tareas. Además, la liberalización financiera hizo que la economía mundial fuera más vulnerable a crisis financieras y desequilibrios.
A pesar de estos efectos secundarios, la globalización tuvo un impacto positivo en la reducción de la pobreza. Entre 1980 y 2010, la tasa global de pobreza cayó del 47 % al 16 %, coincidiendo con una mayor integración de las economías en desarrollo en las cadenas de valor globales. Un ejemplo destacado es China, donde, desde finales de la década de 1970, cuando el país inició sus reformas económicas y se abrió al comercio global, más de 800 millones de personas han salido de la pobreza, según datos del Banco Mundial.
Grietas en el sistema
Hoy, la globalización se enfrenta su mayor desafío en décadas. La pandemia, la injustificada agresión rusa a Ucrania y el recrudecimiento de las tensiones entre grandes potencias han llevado a muchos países a priorizar la seguridad nacional sobre una mayor apertura comercial.
Desde 2018, las restricciones al comercio y la inversión extranjera se han triplicado, afectando al menos a una quinta parte del comercio mundial en 2023. Lejos de resolver problemas estructurales, estas medidas han intensificado las tensiones comerciales y debilitado el sistema multilateral de comercio.
Otro fenómeno es la reorientación del comercio hacia socios geopolíticamente alineados. Por ejemplo, las economías europeas han reducido sus intercambios comerciales con Rusia debido a las sanciones y han fortalecido sus relaciones con Estados Unidos.
¿Un nuevo paradigma?
Las políticas comerciales ya no responden únicamente a cálculos económicos, sino que están cada vez más guiadas por estrategias de seguridad nacional. La gran incógnita es si nos dirigimos hacia un mundo más fragmentado y proteccionista o si se logrará un equilibrio entre seguridad y cooperación económica. Lo que está en juego es el futuro modelo de globalización que definirá el siglo XXI.
En este contexto, las recientes restricciones comerciales impulsadas por el presidente Donald Trump podrían acelerar la fragmentación del comercio global, profundizando las divisiones geoeconómicas y encareciendo las cadenas de suministro. Sin embargo, ¿tiene realmente EE. UU. el poder de desmantelar la globalización?
Una razón para huir del pesimismo
A pesar de las tensiones, la globalización sigue su curso. Estados Unidos, aunque continúa siendo el mayor importador del mundo, ha visto reducirse su peso en el comercio global: actualmente representa el 13 % de las importaciones mundiales de bienes, lejos de la quinta parte que controlaba hace dos décadas.
Un reciente análisis del profesor Simon Evenett refuerza esta idea. Según su estudio, si EE. UU. dejara de importar bienes por completo, 70 de sus socios comerciales podrían compensar esa pérdida en solo un año, y 115 lo harían en cinco años, manteniendo sus tasas actuales de crecimiento en otros mercados.
El motor del comercio mundial ya no está en "la ciudad brillante en la colina". Europa y, más recientemente, China han asumido el liderazgo como principales impulsores del crecimiento comercial. Mientras estos actores sigan apostando por la interconexión económica, la globalización no solo persistirá, sino que continuará transformándose.








