El forastero: «hermano», «hermana»
El corazón de la Torá…
El tema del extranjero en la Biblia se suele abordar desde una perspectiva predominantemente ética, debido al énfasis que ambos testamentos[1] ponen en la solidaridad con él. Ya las partes legales de la Torá atribuyen una gran importancia a la protección de quien reside en Israel como forastero.
● En el libro del Éxodo, Dios amonesta repetidamente a su pueblo a no oprimir al extranjero: «No maltratarás ni oprimirás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en tierra de Egipto» (Ex 22, 20; cf. 23, 9).
● El libro del Levítico reitera el mismo mandamiento, pero añade: «Al forastero que reside entre vosotros lo trataréis como a uno de vuestro pueblo; lo amarás como a ti mismo, porque también vosotros fuisteis forasteros en tierra de Egipto. Yo soy el Señor, vuestro Dios» (Lev 19, 33-34). Este precepto, situado en el corazón del Pentateuco, puede considerarse central en la Torá[2]. Dios ama al extranjero, como demostró al liberar de Egipto a Israel, donde los israelitas eran forasteros. El pueblo está llamado a imitar a su Dios y, por tanto, a amar al extranjero del mismo modo que al «prójimo», es decir, al conciudadano (cf. Lev 19, 18).
● El libro del Deuteronomio también repite el mandamiento del amor al extranjero (Dt 10, 19), pero en un contexto de ética de la fraternidad. Aunque el forastero no es «hermano» en el sentido estricto de no formar parte plenamente del pueblo de Dios, debe ser tratado como tal. De hecho, ningún libro del Antiguo Testamento utiliza con más frecuencia la palabra «forastero» (hebreo: ger) que el Deuteronomio. No menos de siete veces se les recuerda a los israelitas que ellos mismos fueron forasteros en Egipto.
Se pueden distinguir tres motivos para este amor al extranjero[3]:
○ Reciprocidad: al llegar a Egipto como refugiados en tiempo de hambruna, Jacob y sus hijos con sus familias fueron inicialmente acogidos y tratados bien por los egipcios; por lo tanto, los israelitas están llamados a devolver el favor, amando a todo aquel que viva como forastero entre ellos.
○ Imitación de Dios: Así como Dios liberó a Israel de la opresión, el pueblo debe evitar toda forma de opresión hacia los más vulnerables.
○ Inversión: La explotación sufrida en Egipto debe transformarse en generosidad hacia los forasteros.
En síntesis, según la Torá, el amor al extranjero es un aspecto central no solo de la ética, sino de la identidad misma de Israel, pues el amor de Dios por los extranjeros es el fundamento de la liberación del pueblo de la esclavitud.
… y el amor materno de Dios
El Nuevo Testamento retoma y densifica los preceptos sobre el extranjero. Destacan dos pasajes:
● En el discurso sobre el juicio final (Mt 25, 31-46), Jesús afirma: «Era forastero y me acogisteis» (Mt 25, 35). Al igual que Dios en la Torá, Jesús se identifica con el extranjero. E invita a sus discípulos a identificarse con él-extranjero. Jesús, el Verbo encarnado, se hace extranjero, porque deja su cielo y, al ser tratado como forastero, acoge toda extrañeza y la supera con un amor radical y sin reservas. En consecuencia, para los discípulos que han acogido a Jesús, el amor al extranjero no es más que una continuación de la relación con su maestro.
● En la parábola del buen samaritano (Lc 10, 25-37), ni el hombre que es víctima de los bandidos, ni el samaritano son extranjeros en sentido estricto: la víctima de la violencia en el camino es un judío, y también los samaritanos conocen y siguen la Torá y, por tanto, forman parte del pueblo de Dios. Recordemos, sin embargo, que Jesús cuenta la parábola en el contexto de la pregunta sobre la interpretación del mandamiento de amar al próximo de Lev 19, 18. El doctor de la Ley y Jesús están de acuerdo en que la Torá se resume en el amor a Dios y al prójimo (cf. Lc 10, 25-28). A la pregunta provocadora de su interlocutor sobre la identidad del prójimo (v. 29), Jesús responde precisamente con la parábola. El contexto literario del mandamiento de amar al prójimo en Lev 19, 18 es, como hemos visto, el amor al forastero: según Lev 19, amar al prójimo (v. 18) significa amar también al forastero (v. 34), Jesús explicita esta correspondencia entre el prójimo y el forastero con la narración de la parábola del samaritano: se ama al prójimo haciéndose prójimo del necesitado. La clave, por tanto, para cumplir el mandamiento del amor al prójimo está en «tener compasión» (Lc 10, 33), porque es la compasión con la víctima de la violencia lo que distingue al samaritano del levita y del sacerdote que «ven», pero luego «pasan de largo» (Lc 10, 31 y 32). El verbo griego usado aquí para la compasión del samaritano es splanchnizomai, un término que a su vez recuerda la palabra hebrea rachamim: «misericordia». Literalmente, rechem denota el seno materno (Job 3, 11; Is 49, 15), pero en el Antiguo Testamento el término se usa a menudo para la misericordia de Dios (Sal 25, 6; Is 54, 7, etc.). El amor de Dios por el extranjero es, por tanto, expresión de su amor más íntimo, divino-materno: un amor que todos nosotros, que hemos sido creados a imagen de Dios, encontramos inscrito en nuestro corazón.
Todos somos extranjeros
La temática del extranjero en la Biblia tiene también un importante aspecto antropológico. Según el libro del Génesis, nuestra patria originaria, el lugar de donde somos verdaderamente nativos, es el «jardín en Edén» (Gen 2, 8), plantado específicamente para el hombre. El término hebreo para hombre, adam, denota de hecho su relación estrecha y fundamental con la adamah, el suelo del cual fue modelado. Fuera del jardín, el hombre se encuentra extranjero, lejos de su patria. La alienación se refuerza con el primer homicidio en la historia de la humanidad, cometido por Caín, que mata a su hermano Abel. La sangre –en hebreo dam– del asesinado clama desde la adamah, desde el suelo. La tierra, con la cual el hombre está estrechamente conectado, le recordará siempre su culpabilidad. La existencia de Caín, por tanto, es la de un «vagabundo y errante» (Gen 4, 14), una persona que se siente extranjera y fuera de lugar dondequiera que vaya.
En esta perspectiva, la historia de la salvación se presenta como una reconducción del hombre a su patria. Desde este punto de vista, la identidad étnica del pueblo de Dios no está tanto constituida por la descendencia común, sino por la experiencia colectiva de haber sido devueltos por Dios a su propia tierra. Esta tierra está en posesión de Dios y es confiada a Israel como un don. La experiencia fundante del pueblo de Dios es, por tanto, la de la repatriación donada; los Israelitas ‒expulsados de la Tierra Prometida y finalmente retornados a ella‒ establece el gran paradigma del ser humano salvado: el extranjero que regresa a casa. Desde esta perspectiva, todos somos extranjeros que viven con la promesa divina del retorno.
En conclusión, y dentro de este marco antropológico, propongo considerar a los extranjeros de nuestro tiempo bajo una doble luz: como mensajeros y como testigos.
– Los extranjeros nos traen el mensaje de otra patria, nos recuerdan que todos somos extranjeros;
– Son testigos de un paso, de una transición de un lugar a otro.
Los extranjeros, por tanto, nos revelan de algún modo nuestra identidad como extranjeros, exiliados, y de esta manera nos recuerdan la necesidad de tratar de superar toda extrañeza para progresar hacia la patria prometida.
[1] Cf. M. Zehnder, Bibel und Migration. Eine kritische und empirische Neubewertung, Bibel und Ethik
8, LIT Verlag, Berlin 2023.
[2] Cf. G. Braulik, «Der blinde Fleck – Das Gebot, den Fremden zu lieben. Zur sozialethischen Forderung
von Deuteronomium 10, 19», en: I. Klissenbauer y otros, Menschenrechte und Gerechtigkeit als bleibende Aufgaben. Beiträge aus Religion, Theologie, Ethik, Recht und Wirtschaft, Vienna University Press, Göttingen 2020, pp. 41–64.
[3] Cf. M. Awabdy, Immigrants and Innovative Law. Deuteronomy’s Theological and Social Vision for the
gēr, Forschungen zum Alten Testament II, 67, Mohr Siebeck, Tübingen 2014, p. 162.








