Quisiera compartir, de manera amistosa y sencilla, una reflexión que me acompaña desde hace tiempo y que está relacionada con la siguiente cita de la famosa primera carta del apóstol San Pablo a los Corintios: “(…) Porque ahora vemos como en un espejo, borrosamente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de modo imperfecto, entonces conoceré como soy conocido (…)” (1 Co 13, 12). En un momento de mi vida, me llamó la atención ese espejo que nombra San Pablo. Lo asocié con mi sensación creciente y recurrente de no conseguir conectar con el exterior, de no poder “ver”, de encontrarme atrapada en mi forma subjetiva de percibir el mundo. Justamente, como si un espejo se interpusiera entre mí y la persona o la situación con la que interactúo.
¿Qué veo en ese espejo? Por un lado, veo mi imagen. No me refiero a mi aspecto físico, sino a la imagen que tengo de mí misma, basada, por ejemplo, en mi interpretación de experiencias vividas y de adjetivos calificativos recibidos. Se trata de una imagen borrosa, usando el término que emplea el apóstol, quizás porque es el resultado de mis interpretaciones y no del encuentro con la verdad de mi ser. Por otro lado, el espejo refleja lo que llevo detrás de mí, como una sombra (a veces más y otras menos oscura): mi pasado, mi historia, lo que me antecede. También ahí veo borroso, porque interpreto de nuevo y porque no tengo todos los datos para reconstruir con exactitud mi recorrido vital. En ambos casos, mi mirada al frente se enreda en interpretaciones mentales y no me aporta una imagen nítida de lo que veo.
Resumiendo, para no enredarnos demasiado: veo mi imagen y mi pasado. ¿Y, qué? En sí, podría no suponer un problema. Supongo que forma parte de la vida el hecho de confrontarse con uno mismo y quizás hasta cierto punto es inevitable que rodemos interiormente una película en la cual somos los protagonistas. Se convierte en un problema cuando me creo que esa película es la realidad y que mi ser verdadero es esa protagonista. De esa manera me distancio de la realidad fuera de mí y de mi ser, lo cual hace que experimente una dualidad entre “mi mundo interior” y “el mundo exterior”. Me inclino a pensar que aumento o disminuyo esa sensación según cómo vivo, es decir, según las decisiones que tomo, según mi forma de relacionarme con las personas y con lo que me rodea. Si centro mi atención en “mi mundo interior” corro el riesgo de perderme la vida que está sucediendo y, además, si mi mundo interior no me gusta, me hago daño.
¿Cómo distanciarme de esa película interior para poder acoger lo que la vida me pone delante en cada momento? Comparto algunas ideas que me han ido iluminando los trechos oscuros del camino. En primer lugar, sonreír. Descubro que si sonrío (con la boca y con los pensamientos) el reflejo del espejo es más amable. Para mí, esto significa dar el paso de aceptar lo que veo, lo que no veo y lo que me ocurre, en lugar de intentar cambiarlo a toda costa, a menudo con distracciones desesperadas o reprendiéndome por mi incapacidad de cambiarlo. Es como dar un abrazo en vez de zarandear o dar una bofetada.
En segundo lugar, fantaseo con la posibilidad de tranformar el espejo en ventana. Quizás es inevitable sentir, al menos gran parte de las veces, una separación entre lo que percibo “dentro” y lo que percibo “fuera”. Sin embargo, me han dicho y me recuerdo a mí misma, que puedo decidir dónde quiero enfocar mi atención. Creo que esta es una estrategia poderosa, aunque nada fácil, porque implica quererlo y practicarlo. Me hace pensar en un pescador que lanza sus redes en el mar, fuera de la barca. Tal vez confrontándome una y otra vez con el exterior, decidiendo querer recibir lo que me encuentro fuera, puede ir disminuyendo la brecha sentida entre ambos “mundos”, descubriendo, ojalá, que en realidad sólo hay uno, del cual formo parte.
En tercer lugar, diría que el final de la carta de San Pablo desvela un secreto, que puede ser la base capaz de sostener todos mis intentos y mi búsqueda: “(…) Ahora permanecen la fe, la esperanza y la caridad: las tres virtudes. Pero de ellas la más grande es la caridad” (1 Co 13, 13). Este pasaje no deja de sorprenderme en diferentes situaciones, aportando una luz siempre nueva a mis reflexiones y mi forma de enfocar la vida. Intuyo que la caridad puede ser el ingrediente motor de mi sonrisa y la razón por la que decidir lanzar, siempre de nuevo, mi atención al afuera.








