Un amigo que trabaja en un juzgado me comentaba que, en lo que llevamos de año, habían entrado 322 peticiones de divorcio. Uno se pregunta: cuáles son las razones para que haya tantas rupturas, cuáles son los puntos vulnerables a los que se les debería prestar una atención especial.
La realidad es que cuando se forma una pareja, las dos personas que la forman traen consigo sus rutinas, sus costumbres, sus comportamientos de las familias de origen, y esta diversidad de formas de vivir puede ser fuente de conflicto. La puesta en común de realidades diferentes implica que la pareja hable, pero hable con un lenguaje inteligente. Para gestionar una discrepancia, según el tipo de lenguaje que usemos, podemos empeorar la situación o, al contrario, un lenguaje conciliador puede favorecer el entendimiento.
No es lo mismo decir: "es que contigo no hay quien se entienda", en cambio, qué diferente sería decir: "reconozcamos que no estamos de acuerdo, pero podemos buscar caminos en los que nadie salga perjudicado." Esta segunda opción abre caminos de diálogo y educa a saber convivir en la discrepancia.
Cuando la comunicación tiene la capacidad de ponernos al nivel del otro, en el que nadie se quiere poner por encima de nadie, se produce un cambio que permite afrontar cualquier situación por difícil que sea. Hay que descartar el orgullo y la desconfianza y dar paso al respeto por el otro. Es sustituir el "yo primero" por el "tú primero". Es cambiar el egoísmo por el altruismo, cambiar el interés propio por el bien común. Cambiar la cultura del tener, por la cultura del dar. Por este camino descubrimos una forma de vivir más humana, más libre y psicológicamente más sana.
Hay que tener claro que el conflicto, la discrepancia o el tener ideas diferentes no es ningún motivo para dejar de respetarnos. Cuando tratamos de mirar a los demás sin juzgarlos, si son simpáticos o antipáticos, si son de los nuestros o de los otros, ya hemos dado el primer paso hacia la universalidad, que es respetar a todos sin excluir a nadie.
Freud decía que la capacidad de amar y darse a los demás nos hace psicológicamente más equilibrados y alegres. R. Tagore lo resume de forma lúcida con esta frase: "Buscaba mi felicidad y no la encontré. Busqué la felicidad de los demás y reencontré la mía."








