La mayor parte de la ciudadanía piensa que los grandes cambios políticos, económicos, sociales... están fuera de su alcance; es como vivir bajo el signo de la impotencia. Es como si no reconociéramos la capacidad que tenemos para cambiar estructuras e inercias cuando decimos: ¿para qué actuar?, ¿para qué hacer?, si todo seguirá siempre igual. Es lo que Nietzsche llama «la moral de la renuncia», que plantea: ¿para qué hacer, si nada va a cambiar?
El cambio, si lo intenta una persona sola, como mucho podrá mejorar su entorno más inmediato. Para que sea efectivo, ha de ser una acción comunitaria: han de ser muchos los que miren y actúen de una forma renovada en todos los ámbitos: en la educación, en la sanidad, en la cultura, en la empresa, en la banca. Pero, para lograr eficacia, hace falta una buena difusión de las ideas rectoras. Ahora bien, las instituciones del sistema son las principales interesadas en que nada cambie, porque así preservan sus intereses políticos y económicos. También los medios de comunicación frenarán cualquier indicio de cambio, publicando unas cosas y ocultando otras.
Pero ¿de qué cambio estamos hablando? ¿Qué habría que cambiar? Fundamentalmente, se trataría de aflojar el individualismo y reafirmar la sensibilidad hacia los demás. Ser sensible con los demás es tener en cuenta lo que esperan, lo que necesitan, lo que quieren. Es una actitud radicalmente opuesta al egocentrismo. La forma de vida colectiva es muy insensible a las necesidades ajenas. Las vemos, pero miramos hacia otro lado... como si aquella necesidad no nos interesara lo más mínimo. Digamos también, en clave positiva, que, aunque las crisis conllevan dificultades y sufrimientos, cuando tenemos que vivir en primera persona contratiempos que nos han tocado muy de cerca, se comprende con más facilidad el sufrimiento de los demás.
Pero a menudo ponemos barreras al cambio con el fatalismo. La fatalidad conduce a la parálisis, al «no hay nada que hacer». Hay que recuperar el grito a favor de la empatía. Empatizar es identificarse con la situación de los demás, ponerse en su lugar, para comprender cómo piensan y cómo actúan. También es importante entrar en relación con otras culturas, otros países, otras religiones, con una diplomacia orientada al entendimiento y a la consecución de la paz.
La tarea de contribuir a pacificar el mundo nos afecta a todos los seres humanos. Así como hay palabras, gestos, acciones, silencios que propician el enfrentamiento y el conflicto, también hay palabras, gestos, acciones, silencios que generan procesos de pacificación. ¿Qué camino elegimos? La paz es mucho más que la ausencia de guerra. Es el fruto del respeto a la dignidad de la persona, es la plenitud de la vida humana.








